En esos años vivíamos la efervescencia del plebiscito. El partido estaba más vivo que nunca. Éramos como 4 o 5 núcleos. Nos juntábamos todos los sábados en la noche en la casa iglesia del Beño.

Manuel Bustos aun estaba relegado en Parral, por lo que era común que aparecieran notas de prensa de la ciudad o que de pronto fueran líderes socialdemócratas de Europa a visitarlo. Un día salías a caminar y de pronto te podías topar con Lech Walesa, el líder obrero polaco. También podías toparte con Paul Schafer, pero esa es otra historia. Nosotros, por nuestra parte, hacíamos mimeógrafos, esténcil, y una que otra revista que nadie leía. Habían unos chicos del partido que vivían en el centro, lo que para el resto significaba que eran del barrio alto de Parral. Estaban en la universidad, había uno de apellido Castillo que estudiaba historia, sabía mucho, era una especie de líder natural de la juventud del partido. En una de las discusiones salió la pregunta si nos íbamos a fusionar con el PS Arrate, que antes había sido Altamirano y después pasó a ser Partido Socialista Briones, luego Partido socialista Núñez, dependiendo del nombre del secretario general. En la época que yo los conocí, eran Arrate. Nosotros éramos de la corriente más antigua, éramos del PS Almeyda más ligados al Partido Comunista. En varias reuniones vimos los pro y los contra. En esa época ser de Arrate era ser renovado. El proponía quitar el concepto marxista leninista del partido. Es decir, sólo partido Socialista chileno. En esa época no lo tenía tan claro que significaba dejar de ser marxista leninista. Pero para todos sonaba como una traición.

En una de las tantas reuniones se planteó la necesidad de unirnos con el resto de las corrientes, que según entiendo eran alrededor de 22.  Éramos como una iglesia evangélica, donde cada pastor era nuestro secretario general y cada uno tenía su agenda propia. Fuimos a un par de reuniones a Linares, en la casa del Obispo Camus. Ahí ya participa Jaime Naranjo y Jaime Gazmuri. Ellos eran los Príncipes. Se vestían bien, hablaban bien, usaban perfumes. Ambos fueron expositores de los temas. Otras personas también, pero no recuerdo quienes eran. Al final, se decidió unir los partidos y se harían listas en esta nueva unión. Había que votar. A mí me entregaron una papeleta que ya venía marcada. “Es para que no se confunda compañero”. Mi labor fue sólo dejarla en la caja. Los nombres de los candidatos nunca los había escuchado en mi vida.

Luego, vendría una segunda votación. En Parral se levantó una lista con Castillo. Él iría a la directiva provincial. Nosotros estábamos my emocionados,ya que según nuestros votos, saldría electo sin ningún problema. Castillo, en cambio, se notaba medio escéptico. Había tenido un par de discusiones con el Beño. No estaba de acuerdo en varias cosas, entre ellas, el tema de ser o no ser marxista-leninista. Beño era contrario a esa renovación. Pero todos entendían que era necesaria.  Un día, Castillo dejó de ir a varias reuniones. Una vez me lo topé en el centro, andaba con sus jeans rotos. Le pregunté que porque no iba a las reuniones del Núcleo. Me respondió que estaba en época de exámenes y prefería dedicarle tiempo, ya que lo sábados tenía que trabajar para juntar dinero. Su papá arreglaba salamandras y hacía tubos de aluminio, pero en Parral, en esa época, solo algunas casas del centro tenían estufas. En Arrau Méndez, mi población, la mayoría teníamos braseros. Por otro lado, algunos ya me proponían a mí como parte del comité. Pero siempre he tenido serios problemas con el liderazgo, no creo en ellos, dudo de ellos. Mi libro de cabecera era El Lobo Estepario, lo cual era lo menos revolucionario que había. En esa época, comenzaron nuestros primeros acercamientos con la Democracia Cristiana. Mi amigo Sebastián López, el Tata, era DC. Nosotros nos reíamos de él, ya que siempre había tenido una actitud crítica y ahora estaba ligada al centro político. Le decía que eran los único que ofrecían gobernabilidad. Nos reuníamos en la sede de la DC.  Una vez fuimos como invitados a un almuerzo con Manuel Bustos. A mí me presentaron como simpatizante DC. Sí, andaba perdido en el mundo. Pero en el fondo, lo que sentía era que todos estábamos contra el régimen y eso era lo que importaba. También en esa época estaba el mito urbano que los DC “eran buenos para robar”. Pero, por lo menos a los DC que conocí, no.

Nos citaron un sábado para la votación del partido y elegir la nueva directiva Nacional, regional, y comunal. La elección fue durante todo el día, en la casa iglesia del Beño. Nos pasaron a cada uno las papeletas de votación. Esta vez no venían marcadas. El Beño se quedó en la cocina de la iglesia, toda la tarde. Se tomó una botella de vino. Había un tipo de Linares que una vez que nos pasaba la papeleta nos decía. Vota por este, vota por este otro, este también es de nuestro sector, vota por éste. Para nosotros todos eran nombres desconocidos. En la plantilla no estaba Castillo, quien tampoco fue a votar ese día.

Al final del día se entregaron los resultados. En el nacional había ganado Arrate y el regional, Naranjo y Gazmuri. Es decir, no había ganado nadie de nuestro sector. El Beño se encogió de hombros, no nos dijo nada. Esa noche nos fuimos a casa con la sensación de derrota. Habíamos dejado de ser Almeydista, Marxista y Leninistas.

Tiempo después me topé con Castillo. Vestía con un pantalón de tela, camisa y vestón, al parecer comprados en segunda mano. Me dijo que era secretario del Seremi de educación en Talca y estaba feliz, ya que con eso podía terminar la carrera. Le pregunté si seguía en el partido aún. Me respondió que no, que ahora era Demócrata Cristiano. Nos dimos la mano y nos despedimos. No lo vi nunca más.

Yo, después de eso voté por primera vez y en esa oportunidad fue por un comunista.


Escritor y guionista. Docente en Universidad de Chile y Academia de Humanismo Cristiano