¿Qué pensarían Fernando Lugo y sus senadores a la hora de reunirse una y diez veces con quienes hasta ayer parecían sus enemigos irreconciliables? ¿Quizás creerían, desde el desprecio hasta de sus propios seguidores, que todo iba a pasar sin que el pueblo paraguayo no reaccionara? ¿Tan ciego y ambicioso de poder está el ex presidente -que para colmo contaba con gran apoyo en las encuestas- como para no entender que hay límites que no conviene traspasar?

Ni estas ni otras preguntas entran en la cabeza de alguien que se equivocó de cabo a rabo generando con el presidente Horacio Cartes y su banda derechista un acuerdo vergonzoso y nauseabundo, para de esa manera poder presentar -ambos- su candidatura. Con Cartes, léase bien, ni más ni menos, con el responsable de convertir al Paraguay en una neocolonia donde portavoces y asesores de EE.UU, Israel y hasta de los ingleses, son parte del quehacer político del oficialismo. Un territorio donde la militarización del norte campesino es moneda corriente y las cárceles de alta seguridad son el antídoto para quienes se rebelen.

Solo 25 senadores luguistas y cartistas asistieron al conclave y como si hubieran sido aliados “de toda la vida” violaron una Constitución que ya estaba muerta desde hace años. Lo hicieron a puertas cerradas pero no se negaron a entregar una foto patética donde se los ve votarse a sí mismo. Desde esa instancia solitaria aprobaron el proyecto de enmienda para incluir la reelección y supusieron que el gran ausente, el pueblo paraguayo, iba a tirar fuegos de artificio de alegría. Lo hizo, pero como un acto de salud pública apuntó precisamente hacia esa clase política corrupta y despojada de todo sentimiento patriótico. Como en otras ocasiones trascendentales, Lugo no se hizo presente y operaba desde las sombras.

Cartes, su socio, también arrullado por la codicia, suponía que todo iba a andar entre ruedas y que con el apoyo del Frente Guasú del padrecito Lugo, su camino hacia la reelección iba a ser una pista de hielo sobre la que solo faltaba era deslizarse.

Sin embargo el glorioso pueblo paraguayo de Francisco Solano López y Gaspar de Francia, pero también de tantos mártires asesinados por su corazón insurgente, decidieron parar la mano a tanta miserabilidad politiquera y salieron en masa hacia la calle, demostrándole al mundo y a ellos mismos que ya están cansados de que los engañen. Primero llegaron -hace 48 horas- decenas de miles de campesinos y campesinas reclamando reforma agraria y repudiando la enmienda de la reelección, pero luego miles de jóvenes (25 mil por lo menos) de todas las condiciones sociales, abandonaron sus barrios y se dirigieron al centro de Asunción a gritar, como en el 2001 en Argentina: “Que se vayan todos”.

Todos: los que se burlan de los de abajo y entregan el país a Estados Unidos. Todos: los que hacen de la política una farsa insoportable de tolerar y se llenan la boca de la palabra “democracia” pero abonan el autoritarismo y la represión. Todas y todos los que están en el Congreso, dándole la espalda a las mayorías. Congreso al que la bronca popular incendió e invadió, dando una señal transparente de enfrentamiento con esa “institución sacrosanta” de la democracia burguesa.

Las calles se convirtieron en un pandemónium, y la policía brava de Cartes, como hiciera décadas atrás su padre putativo, el dictador Alfredo Stroessner, tiraron a matar a los manifestantes. Estos no se arredraron y una y otra vez embistieron contra los uniformados obligándolos a retroceder.

Mientras tanto, la pueblada se extendía a otras zonas del país, se cortaba el estratégico “Puente de la amistad” y más manifestantes exigieron la renuncia de Cartes y a Lugo le dedicaban gruesos epítetos.

Para quienes imaginaron que encerrándose en una oficina del Congreso y levantando la mano para la foto, ya tenían todo resuelto, la situación se vuelve a partir de ahora casi sin retorno. Ni Cartes ni Lugo pueden esgrimir como argumento que la decisión de imponer la enmienda va en consonancia con lo que el pueblo quiere. Todo lo contrario, de esta manera aceleran y potencian aun más la radicalidad con que los paraguayos y paraguayas de a pie están decididos a enfrentarlos.

Lugo, el gestor de la ley antiterrorista y el hombre que perdió la gran oportunidad por sus debilidades y falencias ideológicas, hoy queda expuesto como un traidor al mandato popular y un correveidile de las ambiciones del actual mandatario.

Cartes, mientras tanto, quiere negar la realidad y sigue echándole la culpa a “cuatro revoltosos” y a los medios, sin querer darse cuenta que esos medios son los que él mismo alineó verticalmente. Lo mismo ocurre con su visión estrecha sobre lo que piensan las mayorías populares.

En Paraguay el problema no pasa por la reelección de ninguno de los que ya arruinaron el país sino por reivindicar un camino diferente a los de esta partidocracia que pacta por detrás de la población. En un país, en que la realidad golpea a diario, cuando se toma conciencia de que solo el 2,5% de los propietarios son los que poseen el 90% de la tierra. Es por ello, que en las calles se aboga por el retiro forzado de ambos jefes de componenda y se plantea la necesidad urgente de una nueva Constitución.

Entre las barricadas y las llamas de los incendios, entre el rumor ensordecedor de “que no vuelva ninguno” se confirma que cuando un pueblo se dispone a decir ¡Basta! se convierte en imparable. O por lo menos, opta por no arrodillarse ante los que habitualmente lo maltrata.

* Original en Resumen Latinoamericano.


Periodista. Director Resumen Latinoamericano