Estimado Ricardo:

¿Cómo escribirle a “¿Su excelencia”, al estadista del siglo XXI, al hombre del nuevo socialismo? Y así, tantos otros atributos para llamarte además de presidente, con “las luces” de tu mandato. Hoy prefiero llamarte Ricardo, porque, si no te has dado cuenta, los grados y estaturas son artificiales en política. Hoy no somos los mismos de ayer, ni tú, ni yo, ni muchos.

Quise pasar unos días para escribirte, madurando los hechos que evidenciaron tu retiro, desde las camarillas de la política, en donde tus compañeros socialistas optaron por otro, desobedeciendo órdenes y directrices del “partido del orden”. Aquel día, siguiendo los informes de prensa, en vivo y en directo, asistí a tu última cruzada, la que no imaginaste, la que no creíste posible, porque nunca viste más allá de tu complacencia y la adulación de los adeptos.

Leí en redes sociales los lamentos transversales frente a la llamada “traición”, manifestando una falta de comprensión por obligarte a bajar la candidatura presidencial que tú mismo enarbolaste. La adhesión de los políticos tradicionales era tu preocupación, más no el que tu nombre, “figura de Estado”, no fuera valorada por la ciudadanía, la que nunca te otorgó más que un 3% en las encuestas de opinión.

Pasaban los días, y seguía leyendo lamentos y pesar. Al parecer era muy cool llorar en 140 caracteres desde la comodidad del iPhone. Desde el llanto subyacía la falta de recepción que había tenido la invitación que le hiciste a Chile, con una plataforma programática elaborada con expertos de primer nivel, de la formación doctoral que mira al país con la aspiración del desarrollo, de las “buenas intenciones”. Sólo ellos te lloraron, y en 140 caracteres, insisto.

Disculpa caer en el testimonio, disculpa escribirte públicamente, más aún cuando no nos conocemos, y yo sea una cifra más del alto porcentaje de deudores del crédito con garantía estatal, o bien, más conocido como “Crédito con Aval del Estado (CAE)”, del que fui “beneficiario” como parte del legado de tus políticas en materia de educación superior. Sí, te escribo desde el testimonio, desde una querella madura y reflexiva.

Cuando dijiste, y nos invitaste a “crecer con igualdad” en 1999, pensé en lo próspero de los días que se venían. Voté por ti, en la primera elección donde tenía derecho a votar. Tenía 18 años. Tenía la ilusión de que contigo las cosas serían distintas, que interpretabas a Chile en su causa justa de una mejor distribución del ingreso, de sumarse al progreso y bienestar desde un Estado sólido, regulador y que dinamizara el crecimiento con rostro humano. Te creí.

Hoy te escribo como profesional, porque pude acceder a la educación superior, como quisiste. Te escribo con la claridad de redacción, ortografía y manejo de vocabulario, como quisiste. Pero también te escribo con la precariedad que aquello conlleva, sosteniendo una deuda de alto monto con la banca privada, en medio de un contrato de cláusulas abusivas, estancado para “crecer con igualdad”.

Por si no sabías, aquello que me permitió ingresar a la educación superior, y ser el profesional que querías que fuera, como instrumento carece de transparencia e igualdad de condiciones, tratándose de un crédito de consumo bancario, con una alta tasa de interés ajustada a unidas de fomento.

No te importo, ni tampoco a tus asesores, profundizar la desigualdad, contribuir firmemente a robustecer la mercantilización de la educación. Tu visión de Estado se nubló a conveniencia de la banca privada, relegando a las familias de ingresos bajos y medios a la prisión de no poder cumplir sus expectativas. Junto con eso, sentirse estafados a manos de unos pocos que hoy se apropian de nuestro esfuerzo y trabajo.

Ese día no pude más que empatizar con la decisión adoptada por el Comité Central del Partido Socialista, porque quiero pensar fue una decisión ética, más no influenciada por el oportunismo electoral que representaba tu contendor. Ética no sólo para reconocer que no supiste interpretar al Chile de hoy, sino que también porque no te hiciste cargo de los resultados más oscuros de tu mandato, que en la actualidad encrudecen la vida y proyecciones de cientos de profesionales sin empleo en su área, endeudados y enfrentados con la severidad implacable del mercado, sumidos en la frustración y pesimismo, en la inseguridad, en el temor a confiar en sus propias posibilidades.

Estimado Ricardo, no somos los mismos de ayer, crecimos con desigualdad, como tú quisiste que así fuera.