Esa noche del quince de septiembre de mil novecientos ochenta y seis era de esas jornadas jodidas, porque un ambiente de inestabilidad e inseguridad seguía dominando las calles. Los pasajes de tierra en el barrio se veían desolados, y una leve ventolera elevaba el polvo del callejón, intentando penetrar en aquellas casas atrincheradas en el silencio. Al mismo tiempo, y de manera frecuente, continuaban transitando a su total antojo los camiones militares y las furgonetas policiales que, sin mediar obstáculo alguno, iban exhibiendo pletóricamente su arsenal de guerra.

Eran los días posteriores al siete de septiembre, en que el barrio había padecido una serie de allanamientos a sus moradas y las detenciones de varios vecinos: enardecidos militares y policías registraban el interior de las casas, dejando a su paso devastación y destrucción… Equipados con dagas, destruían los muebles en búsqueda de supuestos arsenales subversivos. Superados por la impotencia ante lo infructuoso de la búsqueda, violentaban a sus moradores exigiendo información sobre eventuales militantes de organizaciones revolucionarias. En esos días, una sensación de miedo y pánico se apoderó de los vecinos, impidiéndoles transitar libremente por sus calles… el temor a ser presa fácil de los irascibles militares se acrecentaba con las desgracias de pobladores muertos, que en más de una ocasión fueron las víctimas predilectas de sus fusiles.

Hacía dos años atrás, los militantes jóvenes del barrio habían constituido una brigada muralista. Participaban todas las corrientes de la izquierda joven, y su propósito era pintar todas las paredes posibles del barrio con mensajes y lemas de la lucha política y social contra la dictadura pinochetista. Desde su creación, la brigada había pintado una serie de murales en las principales avenidas del lugar, y sus pinturas se constituyeron en un corredor de arte callejero, imprimiéndole una cierta estética popular al paisaje barrial. La brigada era encabezada por un joven militante de las Juventudes Comunistas, quien recientemente había integrado grupos muralistas de su partido, y poseía cierta experiencia en este tipo de acciones. La brigada disponía de un plan de murales a ejecutar durante el año, representando algún contenido o causa significativa para cada mes. En aquel septiembre, estaba dentro de los planes pintar un mural alusivo a los pobladores muertos producto de la violencia institucional en los tres años de protestas nacionales.

Aquella noche del quince de septiembre –como era habitual durante el año–, la brigada se constituyó en uno de los domicilios donde se encontraban los materiales y las herramientas para pintar el mural programado con antelación. Una de las militantes jóvenes, integrante de la Juventud Rebelde Miguel Enríquez, entregó un boceto del dibujo que debía estamparse en el muro de una casa cercana a la reunión. En aquel encuentro, el joven comunista sugirió suspender la actividad pues estimaba que no estaban “dadas las condiciones” para llevar a cabo la operación muralista. Según él, era un acto temerario exponer a los brigadistas a una situación de extrema inseguridad, en que la frecuente presencia de furgonetas policiales hacía inviable el proyecto. Después de una acalorada discusión, la brigada decidió realizar igualmente el mural y desestimar las aprensiones planteadas por el joven comunista.

Como a la una de la mañana del día dieciséis de septiembre, la brigada se constituyó en aquel muro dispuesto a ser pintado. Un grupo de cuatro militantes procedieron a trazar las líneas del boceto plasmado en el papel. Junto a ellos, dos militantes acarreaban los baldes con pintura y en cada una de las esquinas colindantes al muro, se ubicaron estratégicamente dos militantes atentos a una eventual presencia de policías en el lugar: a estos militantes se les llamaba loros y su labor era de vital importancia para que los brigadistas pudiesen pintar con absoluta tranquilidad. Una vez trazado el mural, a eso de las dos de la madrugada, el joven comunista insistió nuevamente en que “las condiciones no estaban dadas” y solicitó expresamente paralizar el trabajo muralista. Los brigadistas no tomaron en consideración las advertencias y, por el contrario, uno de los muralistas –militante de los socialistas comandantes– le dijo: “si tienes miedo, retírate… todavía estás a tiempo de hacerlo”. Otro de los muralistas le gritó: “si no están dadas las condiciones ahora, ¿para cuándo serían, compañero?”. Una risotada se apoderó de los cuatro militantes, que le enrostraban su cobardía al joven comunista mientras se retiraba.

Cerca de las dos y media de la madrugada, los brigadistas estaban en la última etapa del mural, y se encontraban terminando su trabajo en absoluta oscuridad: a eso de las dos de la mañana la luz eléctrica se había suspendido y tanto los domicilios como las calles se encontraban sin iluminación. En ese momento, se escucharon disparos muy cerca del trabajo de los brigadistas y los loros no daban señales de estar atentos a la vigilancia de las esquinas encomendadas. Los cuatros brigadistas, sin tomar nota del peligro inminente que los acechaba, seguían inmersos en una contagiosa adrenalina para terminar el controvertido mural. En ese instante, y sin percatarse del todo, vieron aproximarse a cuatros individuos de civil que premunidos de armas, intentaron detenerlos; raudamente, dejaron las brochas en el suelo y escaparon velozmente en direcciones diferentes. Tres de los brigadistas lograron huir exitosamente del perseguimiento policial y encuentran un lugar donde refugiarse. El cuarto fue alcanzado por dos balas que impactaron en la parte trasera del muslo izquierdo, lo que lo hizo perder fuerza para seguir huyendo. Sin visibilidad posible, el joven militante se introdujo entre medio de unos matorrales aledaños al patio externo de una casa, y se mantuvo inmóvil por cerca de tres horas, hasta que los civiles armados desistieron de su búsqueda.

Al amanecer del dieciséis de septiembre, el joven militante de los socialistas comandantes se encontraba recluido en su casa, con dos balas en el cuerpo y sin información sobre la fortuna de sus otros compañeros brigadistas. Todo ese día se mantuvo en su casa e intentó contener la infección de la herida, con el uso de gasa quirúrgica y alcohol doméstico. Al día siguiente, sus amigos brigadistas fueron a visitarlo y constataron que se encontraban a salvo de la pesquisa de los policías civiles, y sólo era de preocupación la herida que exhibía en el muslo izquierdo su compañero. Sin embargo, a estos brigadistas los movilizaba la actividad social y la acción política, y aquella avería no era impedimento suficiente para que los cuatro militantes se dirigieran ese día a colaborar con campañas de solidaridad de las organizaciones sociales del barrio. El joven militante herido participó sin evidenciar molestias, disimulando perfectamente las balas que aún tenía alojadas en su cuerpo.

Tres días después, el joven militante no podía mover su pierna izquierda y desde la parte interior de su muslo se desprendía una gran costra que le impedía desplazarse. Se requería con urgencia trasladarlo a un centro médico, pero eso implicaba ser detenido inmediatamente para aclarar el por qué de las balas en su muslo. Ese día, un dirigente barrial de izquierda ofreció su ayuda para trasladar al joven herido a una clínica clandestina que operaba en el sector de la Gran Avenida; y esa tarde el joven militante fue operado de urgencia para extraer las balas alojadas en su cuerpo. Tras la intervención médica, el joven militante no podía permanecer más tiempo en el lugar, y se le pidió al dirigente político que lo acompañaba llevarlo de vuelta a su domicilio. Por las calles aledañas a la clínica, el joven caminaba casi desvanecido por los efectos de la anestesia, al mismo tiempo que transitaban furgonetas policiales buscando a los culpables del atentado a Pinochet. El dirigente político que lo ayudaba a caminar, no soportó el estrés del momento: dejó al joven militante sentado en un paradero del trasporte público, y se fue.


Sociólogo y profesor universitario