Hace unos días se conmemoró el día de la libertad de expresión y, de hecho, en este mismo medio se publicó una nota sobre cómo la Comisión Interamericana de DDHH advierte sobre enclaves autoritarios en Chile.

No me voy a meter en ese tema en particular, pero sí me sirve para una reflexión que hace rato mastico en la soledad de mis cavilaciones personales y que tiene que ver con cómo, a través de la construcción de una mirada que se ha naturalizado, la televisión vive en un constante sesgo respecto a las temáticas a tratar y se construye en una suerte de censura solapada. No es evidente, pero existe en definitiva. De manera encubierta podría ser que este medio fuera una especie de enclave autoritario en cuanto a las formas de observar y establecer un relato de cómo vemos o ella nos hace ver la sociedad chilena.

Este fenómeno que existe en nuestro país no es excluyente de otras naciones incluso más desarrolladas socialmente que la nuestra. Ya lo decía Pierre Bourdieu en su texto “Sobre la Televisión”, donde vislumbraba el mismo fenómeno al que quiero referirme en este pensamiento que propongo hoy. De hecho Bourdieu incluso plantea preguntas relacionadas con si efectivamente todas las temáticas deben ser tratadas en este medio o si hay efectivamente cabida y capacidad para desarrollar ciertas ideas que de pronto no vale la pena observar y escuchar en los canales de televisión.

En general vemos en los actos de censura aquello que es evidente al ojo y que, caricaturizando, se establece en la imagen de señores vetustos y conservadores que velan por nuestras precarias mentes en una sala oscura, donde se solazan observando aquellos contenidos que pueden dañar nuestra sensibilidad o interferir con aquello que se quiere que pensemos y naturalicemos como verdad absoluta.

Sin embargo, la idea de censura también se da de manera solapada e invisible y en muchos aspectos hasta inconsciente. Esta última modalidad, quiero creer, es el caso de la televisión – en general las teorías conspirativas me tienen un poco harto y por lo mismo evito esas ideas persecutorias-. El mundo televisivo estructura su quehacer en constantes formas de censura de las cuales no son ni somos conscientes. El tiempo que se dedica a ciertos temas o la exclusión de otros porque no marcan rating es en sí una forma de censura, no necesariamente ideológica, pero sí social y por supuesto cultural/moral. También la hoy en día evidente falta de creatividad televisiva es otra forma de establecer una sola mirada y línea editorial frente a lo que se muestra en pantalla. Sobre todo el manoseado -y para mi gusto obsoleto- rating es quizás la forma más clara de censura, ya que aquello que no marca no se vende y por ende no va al aire.

Otra forma clara de censura es aquella que no da cabida a voces disidentes o se burla de ellas. Una de la trampas más claras de lo que estoy planteando es lo que pasa en el programa de farándula de canal 13 “Vértigo”, donde el personaje construido por el actor Daniel Alcaíno y su socio creativo, el libretista Jorge López, dan rienda suelta a través del humor a supuestas críticas sociales en un marco donde estas no se pueden discutir y menos cuestionar, pues hacerlo denotaría una fuerte falta de sentido del humor por parte de aquellos que lo hacen.

Creer que porque un bufón -no lo digo peyorativamente- habla o bromea sobre el dueño del canal donde trabaja hay libertad editorial es un error. Creer que porque se ríe del hijo de la presidenta o de ella misma también lo es, sobre todo si es que esto se hace sin mediar una conversación posterior frente a lo planteado en la rutina. No se da cabida a un continuo discursivo que permita profundizar los temas y, por lo mismo, no se desarrolla una masa realmente crítica por parte de las audiencias. Hay que entender que históricamente los bufones eran los que ponían la mirada crítica en aquello que nadie se atrevía a decir por ser políticamente incorrecto, llegando a burlarse de la corte misma que los acogía, pero tampoco generaban cambios ya que estaban protegidos y cuidados por aquellos a los cuales aparentemente criticaban. Eran, por decirlo de alguna manera, la trampa para hacer creer que habían ciertas libertades.

Seguir creyendo que la entretención sólo funciona si es superficial también es una forma de límite en la construcción de una masa crítica. Pero esto pasa incluso con mayor fuerza en los noticiarios donde no sólo hay sesgos editoriales sino que límites evidentes en los hechos que se nos muestran en pantalla o la forma en que dichos hechos se nos presentan. En definitiva, creo importante entender o comenzar a observar que la supuesta libertad de consumo también limita, también amarra y también engaña. Creer que el mercado y los números son la única respuesta, desde mi humilde opinión, es un error garrafal que puede terminar convirtiéndonos en una sociedad limitada y cada día menos evolucionada respecto a los contenidos y sus respectivos análisis.

Como pueden ver, el límite al pensamiento y a la tan ansiada tolerancia a la diferencia se da de manera más compleja que la evidente. Ese límite, que no constatamos pero que esta ahí, no es otro que la censura.