Desde hace ya un tiempo que la palabra igualdad comenzó a ser definida como “oportunidades” en Chile. Bien podríamos pensar que esta definición de la igualdad adjetivada con la voz “oportunidades” es un detalle. Y, sin embargo, no lo es. Esta definición implica comprender la justicia, principalmente, como responsabilidad personal. La igualdad como oportunidades, entonces, quiere decir que las condiciones en las que los sujetos se encuentran no son, en el fondo, injustas sino que lo que hace la diferencia entre el bienestar de unos/as y la pobreza de otros/as radicaría, principalmente, en las habilidades personales que cada quien porta o, simplemente, en la suerte de haber nacido en tal o cual situación económica.

De tal modo que mantenerse en la pobreza no sería otra cosa sino que falta de trabajo, energía, ganas o “flojera”. En esa dirección iban los consejos de un ex presidente de derecha que en su gobierno instaba a “levantarse más temprano y trabajar más”. Y otro antes que él, perteneciente a la Democracia Cristiana, terminaba cada uno de sus lacónicos discursos con un escueto “sigamos trabajando”. Una vez definida la igualdad como “oportunidades” todo recae en el sujeto, lo bueno y lo malo.  En este sentido, si debo esperar seis meses por una atención médica en un hospital público es mi “culpa” por no haber trabajado lo suficiente. No sólo no parece haber estructura económica-social sino que es obligatorio generar y fortalecer la ficción de un “individuo aislado” que sólo tiene su propio esfuerzo como garantía de éxito o fracaso. Bajo esta ficción, por ejemplo, han funcionado el mercado de las universidades privadas y su lógica de endeudamiento.

La igualdad como oportunidades nos obliga elegir, cada vez, entre la responsabilidad personal y la responsabilidad social. La primera tiene que ver con el trabajo, esfuerzo y ganancia; la segunda queda relegada como mal “asistencialismo”. Sin duda,  la igualdad como oportunidades plantea una elección imposible: no podemos decidir por la responsabilidad social; si lo hacemos, de acuerdo al dogma económico imperante, lo que queremos es “recibir” sin  trabajar.

No obstante ello, no podemos dejar de observar que cada vez que se invoca la responsabilidad personal lo es en términos de la “responsabilidad de los menos favorecidos”, éstos deben ser responsables en sus decisiones para mejorar en su vida. La responsabilidad personal no es algo que se le pida a los que con éxito han surfeado la ola del neoliberalismo ¿Acaso han sido responsables los que se han coludido, los que han desfalcado o los que han estafado? Si tomamos como índice las condenas por estafa o colusión de sujetos “exitosos”, en la competencia neoliberal, deberíamos admitir que la categoría de responsabilidad personal no es una que se les aplique. O dicho de otro modo, el discurso de la responsabilidad personal no es uno que reconozca los diversos modos en que las personas de la élite económica son irresponsables.

En pocas palabras, la igualdad como oportunidades al estar basada en un concepto de responsabilidad personal no sólo no presta atención sino que, decididamente, combate la idea de la existencia de condiciones estructurales de desigualdad. En segundo lugar, ésta establece un falso escenario para la justicia entendida, antinómicamente, entre lo personal o lo social; y tercero, desplaza —como irrelevante— las prácticas tendientes al desarrollo de una responsabilidad colectiva que ponga atención, por ejemplo, al cuidado de los mayores, la educación y la salud de niñas y niños y el trabajo cooperativo en dirección a la eliminación de la pobreza.

Es por ello, necesario hoy, quizás obligatorio, volver a pensar la igualdad como justicia distributiva, pero también como responsabilidad política, esto es, poniendo en escena un ideario igualitario, de derechos y garantista.