Hace un par de semanas atrás no vivimos un 1º de mayo como cualquier otro. Se trató del primero con una nueva institucionalidad laboral, la que no sólo evitó deshacerse de la estructura forjada en dictadura, sino que acentuó las dificultades del mundo sindical y debilitó la posición de las trabajadoras y los trabajadores ante las empresas, cada vez más fortalecidas en esta desigual balanza que elaboraron antes la Concertación y la Alianza, hoy Nueva Mayoría y Chile Vamos.

Esta no puede ser una temática a abordar sin la perspectiva de necesidades concretas y sin la claridad de que es un campo de disputa fundamental para los ciclos que vienen, incluyendo las elecciones del 2017. Ahí es posible establecer una base de las ideas que se propongan deconstruir sin miedo los marcos impuestos con la fuerza y luego maquillados con la falsa pretensión de reformar algo que simplemente se quería mantener para su gobernabilidad.

En esa ruta de la construcción de alternativas sociales, este punto suele quedar a la espera de definiciones previas, las consideradas más políticas y partidarias, obviando la relevancia que posee en la necesaria correlación de fuerzas para generar transformaciones reales y sustentables. Es ese mundo de las y los trabajadores el eje primario de cualquier proyecto que pretenda ser concebido sin la perspectiva de ser disuelto a la primera de cambio en el juego de los votos.

Para refrescar la memoria sobre esto, las últimas semanas en Argentina y Brasil -para mirar de cerca nuestra región- dan cuenta de que sin el mundo laboral no hay pasos concretos por dar. La enseñanza es que no existe alternativa posible si no hay correlato directo en quienes dan vida al día a día en los territorios, no hay sueños sin anclaje efectivo entre las y los que mueven la historia.

Sin los y las trabajadoras no hay futuro para la generación de cambios que perduren con los años, toda vez que está en ellos la ejecución de esas modificaciones sociales, pero también el sostenerlos cuando las fuerzas del capital y los sectores que lo administran, intenten evitar o impedir la promoción de nuevas estructuras que les quiten sus espacios de renta y control social.

En tal teatro, es tarea fundamental de las nuevas visiones políticas el dar un giro en las formas tradicionales de entender el mundo del trabajo, que supera lo sindical y requiere más fórmulas de organización, más aún en este Chile neoliberal que ha construido la riqueza de unos pocos a costa del esfuerzo y las dificultades de una mayoría. Esa misma que aún no logra encontrarse con sus identificaciones de clase, ni agruparse para detener su desplazamiento de la toma de decisiones.

En ese escenario deteriorado que elaboró a gusto el ciclo de la transición, bien puede el naciente Frente Amplio asumir como propio el desafío de otorgar un lugar constituyente del proyecto transformador a las trabajadoras y los trabajadores. Ya no sólo representarlos, sino que asumir la tarea colaborativa de organizarles, de levantar como propias sus miradas de sociedad, entregándole a ellos -en sus dinámicas internas de coalición- un espacio privilegiado donde forjar una ruta hacia el control de los medios de producción y que logre reemplazar las lógicas actuales que empujan a la fuerza trabajadora a sumirse en un esquema desigual como el capitalista.

Para esto, se vuelve imperativo acordar objetivos, tareas, estrategias y tácticas para avanzar en la reconstrucción de una fuerza sindical de cambios, con un frente común que pueda dialogar y encontrar claridades para empoderar a la clase trabajadora. Para esto se requiere una nueva forma de sindicalismo, que dé un giro que vaya más allá de lo reivindicativo, que termine con el clientelismo y las promesas de inherencia, que hacen retroceder sus posiciones. Ejemplos concretos son la derrota de la negociación por el reajuste del sector público 2016 o la negativa a profundizar la democracia en la Central Unitaria de Trabajadores.

Hoy se requiere superar las posturas de que la política está sobre lo sindical y encima de las demandas de los trabajadores. Se necesita politizar y profundizar las posiciones y demandas de la clase trabajadora, dando énfasis a un programa de ruptura con el código laboral y las trabas del estatuto administrativo, que incorpore metas concretas como la reducción efectiva de la jornada laboral, además de la creación de alternativas para que las y los trabajadores construyan los espacios de autodeterminación económica y productiva, los que finalmente serán las estructuras que logren reemplazar en la práctica el actual esquema neoliberal.

Si se logra promover ese Frente Amplio desde el mundo laboral, se podrá dar un paso adelante respecto a lo que ha venido ocurriendo este siglo en Chile, superando las lógicas pactadas de la política vieja y forjando una vía democrática hacia las transformaciones, con uno de los sectores más desatendidos del duopolio. Ese sencillo y vital logro de reordenar sus orientaciones -a partir de una base que está en muchas capas sociales- le otorgará la posibilidad de observar el futuro con una infinidad de alternativas de construcción política, al mismo tiempo que le concedería gran ventaja de desarrollo en un campo fértil para forjar un país más equitativo, justo y de derechos.