‘Me dan ganas de poner una bomba’, esta frase la conozco de memoria, me la he dicho en distintos momentos, en X circunstancias, como un mantra, como si no fuera yo quien la  dice: en la década de los 80 fueron las barricadas llameantes, reales; en los 90 las ganas de poner una bomba ante tanto desvarío, incluido el feminista de militantes de partidos en su mayoría y unas cuantas ‘autónomas’, un paisaje estéril que se decantó.

Era comprensible querer poner una bomba en los años 70 y 80, algo más había que hacer entre todo lo que hacíamos contra una dictadura sangrienta, queriendo algo distinto (democracia en el país y en la casa), si no bomba, al menos una barricada. En los 90 y en los dos mil los motivos parecen distintos pero son los mismos en su raíz: la injusticia rampante, la desigualdad potenciada por razones que la multiplican (clase-raza-etnia-edad-género- etcétera), más allá de donde se enfoque o enfatice. Es lo que me removió Mala Junta, de Claudia Huaiquimilla, una película que expresa y refleja el Chile de hoy, donde ‘lo local es global’ (los conceptos o palabras explicativas tupen los sentidos cuando van solas).

Querer poner una bomba es un deseo real, legítimo; sabemos que la violencia genera violencia, decir esto ayuda a entender los por qué de tal deseo. No lo hago, no instalaría bombas porque no quiero cargar sobre mí ninguna muerte violenta ni causar un dolor de esa índole a nadie. Hay distintas maneras de poner bombas, cada cual tendrá que encontrar las propias, si lo siente necesario.

Pesar y regocijo sentí al ver Mala Junta: pesar por lo que sabemos que ocurre día a día en nuestro país, y que continúa sucediendo como si fuera normal, reproduciéndose cotidianamente, por años, décadas, siglos (cómo no van a dar ganas de poner una bomba, y no solo una). Regocijo porque la directora de esta excelente película es una joven mapuche, cómo no regocijarse con que a su edad, siendo mujer y mapuche pueda expresar y realizar de manera contundente y sensible lo que hasta hace poco era inexpresable, inenarrable, así los efectos de la opresión, la dominación, el daño. Me refiero a adolescentes como los dos protagonistas, Tano y Cheo, cuyas vidas difíciles los vuelve ‘desadaptados’, ‘rebeldes’, entrelazados por conflictos y dolores en sus respectivas familias -padres ausentes -y la violencia histórica que se ejerce sobre el pueblo mapuche.

Pesar y regocijo sentí al ver esta obra que alumbra lo que difícilmente pueden transmitir informes de derechos humanos, estudios y diagnósticos como los que conocemos, o las ‘noticias’ frecuentes en los medios, con sus imágenes de la ignominia: cada persona vejada en esta historia de 500 años es la punta de un iceberg, un universo al parecer poco audible (‘se hace lo que se puede’ decía un profe de yoga en relación a dificultades en la práctica corporal: siempre se puede un poco más si se persevera).

Es necesario ver esta película que ya cuenta con varios premios, si se quiere estar al día con lo que somos como país, con lo que hemos perdido y ganado.

Felicitaciones a la talentosa directora que no parece ser lo joven que es por el oficio desplegado, y a quienes actúan/representan de manera verosímil lo que nos duele por real, por irresuelto, así como al equipo completo que hizo posible esta obra potente, incluidos integrantes de la localidad de San José de la Mariquina, donde se filmó.

Vi este primer largometraje de Claudia Huaiquimilla en la Cineteca Nacional, bajo la Plaza de la Ciudadanía junto al Palacio de La Moneda, casi una paradoja.


Feminista, Licenciada en Antropología