El planeta tenis no se cansaba de elogiar el extraordinario regreso de Roger Federer a comienzos de año. Había ganado el Abierto de Australia, Indian Wells y Miami con un tenis renovado a los 35 años, y tras una parada de seis meses por una lesión a la rodilla. El reguero de loas, merecido, por cierto, con quien es considerado el mejor tenista de la historia había sido algo injusto con el resignado finalista en dos de esas premiaciones. Lo que nadie avistaba es que ese “segundón” estaba tramando una resurrección tan portentosa como la del suizo. Rafael Nadal, de 31, miraba de reojo, humilde, como su veterano colega volvía a reencantar con su tenis ortodoxo, de libro, pero hábilmente aprovechó el receso voluntario de Federer -que optó por no jugar torneos en arcilla, cuidar el físico y preparar  Wimbledon, su torneo favorito- para tomar el listón del protagonista y traccionar con la fuerza demoledora que lo caracteriza para encumbrarse una vez como el amo de la arcilla y avisar que es una versión hasta mejorada de sí mismo.

El domingo pasado, cuando levantó por décima vez la Copa de los Mosqueteros de Roland Garros tras apabullar por 6/2, 6/3 y 6/1 al suizo Stanislas Wawrinka en la pista central –que a esta altura ya debería llevar su nombre-  comprobó que no solo es fruto de esa fortaleza mental tan admirada. Y es que pocos se han reinventado como él. Hoy parece una caricatura de aquella bestia de 19 años que capturó la primera copa. El de ahora es un jugador más fino, más dominante, menos dependiente de esa defensa que perseguía pelotas hasta debajo de la tribuna. Ha pasado del “no me vas a ganar” al “te voy a pasar por encima”. De merodear barriendo bolas más allá de la línea de fondo, a clavarse dentro de la pista y atacar la red más a menudo. “Jugó maravillosamente. Que pudiese imponerse de esa manera es, por supuesto, un logro gigantesco”, dijo Roger Federer en la ciudad alemana de Stuttgart, donde regresa esta semana al circuito tras saltarse toda la gira sobre polvo de ladrillo.

Una vez más y casi como un revival de hace una década cuando establecían un duopolio en el circuito, la pareja que paraliza los estadios del mundo cada vez que se enfrentan y que al mismo tiempo recibe ponzoñosas señales de jubilación cada vez que encajan tropiezos, están de vuelta. El bajón profundo del serbio Novak Djokovic y el británico Andy Murray, hace un año dominadores del tour y hoy confinados a un papel más secundario con pálidas actuaciones han acentuado el morbo por ver al “dúo dinámico” peleándose los títulos mayores y apostar si Nadal alcanzará los 18 Grand Slam de Federer –el español sumó el número 15 en París y se despegó de Pete Sampras que quedó con 14- o si con casi 36 años el jugador helvético seguirá acumulando más gloria. Hasta apareció el número uno del mundo como un objetivo impensado ahora que Nadal saltó al segundo casillero -detrás de Murray- y que Federer –quinto-, no defiende puntos después de julio por lo que perfectamente  podría animarse al abordaje.

Parece que tener la vida resuelta en dinero y fama no parece conformar a estas dos leyendas que han batido todos los récords posibles, que siempre encuentran soluciones a los problemas físicos, tienen hambre y trabajan como si buscaran su primer título con un profesionalismo y determinación propia de los escogidos. Mientras al atleta jamaiquino Usain Bolt, de 31, lleva adelante su gira de despedida y el nadador estadounidense Michael Phelps, de 32, otras leyendas del deporte han dicho adiós luego de una carrera de sacrificios para estar en lo más alto, Federer y Nadal no claudican un centímetro. Ya está dicho: la presencia del otro no hace más que sacar lo mejor de sí y llevar su preparación y tenis al límite de lo imaginable brindando las más grandes batallas de todos los tiempos.

“Su nivel de compromiso es asombroso. Pasan los años y siguen ahí arriba, luchando”, opina Djokovic, otro que tercia en la historia como uno de los grandes con 12 títulos del Grand Slam y que no deja de sorprenderse del regreso de sus colegas que parecen incombustibles ante el resto del pelotón que no terminó de explotar o aún está inmaduro. El canadiense Raonic es inestable, Berdych retrocedió un paso, Tsonga y Monfils ya lo dieron todo y Nishikori es irregular. Piden paso tenistas emergentes como Thiem –que derrotó a Nadal en los cuartos de final de Roma-   y Zverev -ganador en Roma, el único Masters 1.000 que no se han llevado Rafa o Federer este 2017- aunque les queda un trecho para asentarse en la élite.

Lo cierto que en poco más de diez años de rivalidad han cambiado algunas cosas en el entorno personal, pero nada ha desviado el objetivo. Roger se casó con su novia de siempre, Mirka Vavrinec y tienen cuatro hijos, mientras que Rafa conserva a su pareja María Francisca Perelló quien lo ha visto levantar todas las copas en Roland Garros, en tanto el Tío Toni, mentor de su juego desde que tenía tres años seguirá acompañándolo hasta fin de año para luego volcarse a su academia.

Los años siguen pasando y la dupla sigue martillando éxitos, sorprendiendo y encantando a la cofradía de federistas y nadalistas que rezan por estirar hasta el infinito el fin de sus carreras. Quizás sea en este caso una frase del poeta alemán Bertolt Brecht la que mejor pueda reflejar la estatura de estos monstruos del deporte: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

Esos, de seguro, son los Federer y los Nadal.


Periodista, autor de los libros “La Historia del Tenis en Chile 1882-2006” y “Grandes Historias del Tenis chileno”