Solo después de la muerte que sigue al sueño de encontrar un trabajo que permita la vida, algunos se detienen para estremecerse un momento. La muerte de un ciudadano haitiano que llegó a Chile para buscar una mejor existencia y ayudar a los suyos se produce en medio de la indiferencia de nuestra sociedad y se suma a otras muertes, por ejemplo en el desierto, de trabajadores y trabajadoras de nuestra América Latina, que intentan entrar a esta tierra para trabajar a cualquier precio, o en el sur contra mujeres dominicanas y colombianas que tratan de resistir a sus pobrezas. El capital, atado al neoliberalismo que nos caracteriza, ha conseguido entrar en lo más hondo del ser y se convierte en una terrible discriminación permanente que se naturaliza para dejarse ver tanto en las risas de los chicos “bien” que orinan a una trabajadora peruana que espera micro, en la mano del profesor que castiga a un niño haitiano en su escuela porque no le obedece, en los insultos proferidos cotidianamente contra mujeres colombianas o en los arrestos de otawaleñas que venden en nuestras calles.

Hoy, esta discriminación ha caído sobre Benito para darle muerte. Solo ella consiguió que se supiera su nombre y su apellido. Porque antes de que la muerte llegara, Benito no era más que un haitiano. Un negro. Un extranjero negado para los chilenos que se han querido sacar de encima el mestizaje que solamente descubren cuando son mal mirados en otro país, trajinados en las fronteras europeas o despreciados por ser latinos en Estados Unidos.

Benito Lalane nos señala con su mano desde arriba para decirnos que nada hicimos por él. Para recordarnos que no tenemos ley y que probablemente pasamos por su lado cuando tiritaba, sin verlo. Nos indica y nos roza para que no olvidemos que tenía 31 años, que murió en la comuna de Pudahuel, que su pieza no tenía techo y que había llegado solo en abril para recolectar fruta con el propósito de ayudar a sus hermanos en Gonaives.

Pero no se trata exclusivamente de la indiferencia de Chile. Sino también de las instituciones haitianas, pues en Haití están las causas de su emigración y las responsabilidades de un Estado que no se hace cargo de lo que le ocurre a un trabajador pobre, a un joven que podría estar inventando de otro modo su vida. Acá, donde se dice que se “recibe al forastero”, como inmigrante, no consiguió cumplir con el envío de remesas que había prometido a su gente.

El dolor haitiano en Santiago es un dolor complejo de entender. No sólo porque se repita tanto que se trata de lenguas distintas, sino porque hace mucho que parece no hablamos aquella lengua que sale del corazón y atraviesa toda piel, para mirar desde este supuesto blanco del “nosotros” hacia adentro del “otro”, de la “otra”, que hemos inventado desde nuestro modo de ser racista.


Académica, Universidad de Chile