En el programa Mentiras Verdaderas del martes 13 de junio, Ignacio Franzani tuvo como única invitada a la hija de Raúl Iturriaga Neumann, ex militar sentenciado por crímenes de lesa humanidad.

Raúl no era un funcionario cualquiera dentro del aparato represivo de la dictadura. Como Krassnoff, estuvo en la Escuela de las Américas, llegó a ser director asistente de la DINA y su prontuario es tan extenso que se hace difícil seguir la pista de los casos por los que está procesado y por los que ya ha sido condenado. Los crímenes que le dieron mayor notoriedad pública fueron el asesinato de Carlos Prats y Sofía Cuthbert y su participación en la Operación Colombo.

Fue jefe de la Brigada Purén, sórdidamente célebre por las aberraciones sexuales a las que sometían a sus prisioneras y cuyos centros de operación fueron Villa Grimaldi y la “Venda Sexy”. Sobre él también pesa una orden de captura internacional, ya que fue sentenciado a 18 años de presidio en Italia por el intento de asesinato de Bernardo Leighton en Roma. Por su historial, no es de extrañar que en 2007 se sintiera capaz de desafiar a la autoridad y darse a la fuga cuando debía comenzar a cumplir su pena por el secuestro calificado de Luis San Martín. Su captura demoró 52 días, lo que obligó a sospechar de una amplia red de protección que nunca fue dilucidada.

Los crímenes de Raúl han sido acreditados por víctimas, testigos y “camaradas” como Michael Townley. En su caso, como en tantos otros, hoy no existen dos versiones de lo que ocurrió en Chile a partir de 1973. Las acciones del aparato represivo del gobierno de Pinochet son hechos históricos establecidos con evidencias contundentes y cualquier versión alternativa no ha sido capaz de resistir el menor análisis. Si consideramos la fuerza con la que durante más de 40 años se ha tratado de nublar los acontecimientos de ese periodo por parte de algunos de los sectores más poderosos y privilegiados de la sociedad que participaron como cómplices activos y pasivos de la dictadura y que aún gozan de poder político y económico, la realidad de las monstruosidades se hace aún más elocuente: están tan afuera de cualquier duda razonable que nada ha podido acallarlas.

No obstante, un chileno que encendiera su televisor la noche del martes y sintonizase la señal 4 de televisión abierta, podía escuchar a Loreto Iturriaga contando su versión alternativa de los hechos, la versión que le contó su padre o que ella se imaginó, y a la que un conductor con poca preparación prestaba oídos, tribuna y un insólito respeto. Junto con ella, volvía al horario estelar un lenguaje propio de la dictadura y de los primeros años de la Concertación del que los medios han logrado librarse poco a poco. Se escuchó que el golpe de Estado no era tal sino que en 1973 “Chile le pide a los militares que intervengan”, que lo que había era una “guerra civil” y, por supuesto, que las víctimas de la represión “no eran blancas palomas”. Desde luego, también se dijo que los condenados por crímenes contra la humanidad son “prisioneros de guerra” y que están castigados “por haber vestido un uniforme”, no por otra cosa. A lo largo de la extensa entrevista fue tal la tergiversación del lenguaje y el uso de los viejos lugares comunes que hasta el entrevistador terminó ocupando esa siniestra terminología y en un momento llamó “excesos” a las acciones de terror ejecutadas por agentes del Estado.

Las teorías que esgrimió en pantalla Loreto Iturriaga hoy en día no son compartidas por nadie, excepto quizá por unos pocos desequilibrados y algún bot de Twitter. Han sido refutadas por los investigadores y por la justicia y son sumamente dañinas, ofensivas y rozan lo delictual. Navegan entre el negacionismo respecto a crímenes demostrados y el revisionismo delirante de la historia reciente del país, plagado de conspiraciones marxistas internacionales, de “testimonios inventados”, “desaparecidos falsos” gozando de su fortuna en el extranjero y de heroicos oficiales transformados en chivos expiatorios y cuyo único delito fue su amor a la patria. Imprecisiones, mentiras y flagrante ignorancia, de todo hubo en esa sopa, por lo que no es de extrañar que indignara a tantos televidentes.

Detrás de Mentiras Verdaderas hay un grupo de periodistas, editores, productores, etcétera. ¿Acaso ellos no deberían tener ciertos estándares éticos respecto a lo que ponen o no en pantalla? ¿Es esto algo que debemos exigir o esperar de la televisión? ¿O acaso el único fin de su trabajo es ser capaces de escalar décimas de rating? Sin duda, darle tribuna a Loreto Iturriaga genera suficiente morbo como para atraer a curiosos a ver una función que quizá de otro modo dejarían de lado (¿qué disparate irá a decir ahora? ¿qué memes irá a generar?) y en ese sentido los profesionales detrás de Mentiras Verdaderas cumplen con el trabajo que les ha encomendado el ente privado en el que trabajan. Muchos otros programas se han arriesgado con invitados similares en otros momentos, quizá buscando el morbo o la risa del televidente o intentando sinceramente mostrar y contraponer formas de pensar. Pero hay dos faltas éticas patentes por parte del programa del martes sobre las que es importante detenerse porque sirven para articular una reflexión necesaria en televisión.

La primera y más evidente: poner a alguien a defender mentiras en televisión sin un interlocutor con la suficiente preparación para rebatirlas en pantalla. Con ello se comunica una mentira como una verdad, como una versión válida de los hechos, a sabiendas que es una falsedad. Se hace pasando por sobre la sensibilidad de las víctimas y en este caso específico las víctimas no son sólo los torturados y asesinados por el señor Iturriaga Neumann y sus secuaces, ni son los miles de casos de violaciones a los derechos humanos acreditados en los informes de las comisiones Rettig y Valech. Las víctimas somos todos los chilenos que hasta el día de hoy llevamos sobre nuestros hombros, de forma simbólica pero también muy concreta, la carga de haber vivido en una dictadura represiva, sangrienta y eficaz. Todos, de derecha e izquierda, fuimos secuestrados por un grupo de personas que nos impuso un régimen de terror y sospecha, de incertidumbre y oscuridad, de shock, para instalar un sistema económico en cuya constitución e implantación, con independencia de los beneficioso o ruin que lo consideremos, no tuvimos ni arte ni parte y que ha demostrado ser un lastre del que es difícil deshacerse o si quiera modificar.

En segundo lugar, hay una falta que es un poco más sutil pero no menos relevante. En televisión hay que tener un cuidado extremo al presentar y dar tribuna a alguien que probablemente sufre un trastorno de la personalidad o de algún grado de disociación de la realidad, porque la exposición no hace más que profundizar dicha brecha. Existen muchas personalidades para quiénes aparecer en pantalla constituye un fin en sí mismo y la notoriedad que adquieren, por pequeña que sea, representa un vuelco definitivo en sus formas de plantearse ante el mundo. Tanto los ataques como los gestos de apoyo que comienzan a recibir de forma masiva no hacen más que confirmar sus presunciones erróneas. La presencia en pantalla de estas personas trastornadas valida en otros sus propias apreciaciones erráticas del mundo. Personalidades como la de Loreto Iturriaga, con sus desvaríos megalomaníacos (suponer que tiene una línea directa con Donald Trump), su paranoia desbocada (hay un plan de persecución contra su persona y contra su familia donde nombra al gobierno, al ejército y a políticos con nombre y apellido) y sus características físicas y de clase (habla y se ve como una señora de clase alta, tiene asaltos de vitalidad y es capaz de repetir una y mil veces lo mismo) la hacen un personaje perfecto para la televisión de entretenimiento. Las producciones de televisión se ven enfrentadas permanentemente a este tipo de personajes y al dilema de ponerlos o no en pantalla, ¿debe un equipo dedicado a hacer televisión de entretención velar por la salud mental de una persona que está dispuesta a exponerse? ¿O sólo debe hacer su trabajo, que es presentar un contenido que el público quiera ver?

Estos mismos problemas se pueden plantear al discutir la conveniencia o la ética de poner en pantalla a un charlatán de la adivinación. Se trata de personajes que defienden ideas por completo falaces, pero que por otro lado generan morbo en ciertos televidentes. Así mismo, muchas veces se trata de personalidades a todas luces trastornadas. También ocurre esto en un tramo un poco más grave: cuando se le da tribuna a esos personajes que se quieren lucir como “políticamente incorrectos” y son capaces de elaborar inconexos discursos en torno a sus sentimientos xenófobos, homófobos o de odio en general, como es el caso de la señora María Luisa Cordero. En lo que respecta a Loreto Iturriaga se avanza hasta otro nivel dentro del mismo fenómeno, pero el riesgo aquí es demasiado grande, la mentira muy perversa y la inestabilidad del personaje, su grado de paranoia, peligroso para ella y para el público.

Lo ocurrido la noche del martes en Mentiras Verdaderas es sólo la punta del iceberg de un problema que la pequeña mass media nacional ha ido arrastrando por años: la disociación que existe en los profesionales de las comunicaciones entre sus obligaciones con la empresa, que en un medio reducido, donde las audiencias se encogen y cambian cada día, necesitan mostrar números en alza para sostenerse con avisadores, y sus deberes con la sociedad, por la influencia y visibilidad que ostentan. Y aquí se plantea un complejo juego de contradicciones, porque nadie, o muy pocos, ingresan a trabajar en televisión completamente conscientes del rol de comunicadores que su trabajo les entrega, estén delante o detrás de las cámaras, o del poder de instalar ideas y pautas sociales que tienen, por minúsculo que sea su espacio de influencia. Estos profesionales, sobre todo aquellos que están detrás de las cámaras, tienen derecho a no estar de acuerdo en asumir esa pesada carga sobre su trabajo. Ya tienen suficiente con las exigencias de empresas que siempre están en números rojos, que no pagan horas extras pero las exigen y dónde los controles editoriales se manifiestan de formas misteriosas y sorpresivas.

Pero a medida de que un programa tiene mayor audiencia y visibilidad, dicho poder y dicha responsabilidad se hace más patente y asumirla se hace más imperioso, porque los errores tienen consecuencias más graves e inmediatas, atraen a más y más feroces críticos y pueden llegar a golpear la imagen de marca de un programa exitoso o hasta a la empresa en su conjunto. En contraposición, cuando un programa es minoritario, tiene poca audiencia y no gran repercusión, puede y tiene que atreverse a tomar más riesgos. Más aún cuando se trata de un programa franjeado, es decir, que tiene que rellenar un espacio en pantalla todos los días, o de lunes a viernes. Este es el caso de Mentiras Verdaderas.

Los riesgos en televisión (y en cualquier ámbito) han dado lugar tanto a desastres como a genialidades, pero los responsables de dichos riesgos deben intentar que las luces no les impidan distinguir la farsa, que siempre es constitutiva de la televisión de entretención, de la tragedia. Por supuesto, ante todo tipo de exabruptos televisivos siempre se podrá alegar que si a alguien no le gusta, puede simplemente cambiar de canal o apagar el televisor. Desde luego, eso se puede hacer y se hace bastante (de hecho, la televisión abierta pierde indefectiblemente cada los año puntos de rating que no regresan nunca), pero lo planteado aquí no es una exigencia como espectador sino un llamado a los profesionales de la televisión a la reflexión. Como en todo ámbito de cosas, en la selección, creación y edición de contenidos para TV no es posible separar las aguas, y así como para un conductor es imposible ejecutar su rol sin la venia permanente de la empresa que lo pone en pantalla, éticamente tampoco es posible que sólo se preocupe del rating o de tener estabilidad laboral, ya que todas sus acciones conllevan compromisos y renuncias. Para las personas encargadas de poner en pantallas contenidos, es decir, periodistas, editores, guionistas, productores, editores, directores, etcétera, no es posible optar por no discutir las decisiones editoriales que sólo buscan el rating a expensas de la ética y luego considerarse personas con ética fuera del trabajo. Cualquier intento por separar las cosas en este tipo de trabajo es hipocresía. Hay trabajos más pesados que otros en términos de la reflexión permanente que requiere su ejecución y estar en posición de tener injerencia sobre los contenidos que se transmiten por televisión es uno de esos trabajos. O al menos debería serlo.


Antropólogo y Guionista de televisión