Hace un par de semanas publiqué una columna en The Clinic, en la que opinaba que el origen del Frente Amplio no se dio en el 2011. El origen del Frente Amplio chileno estaría en la resistencia que se dio desde los movimientos sociales a la Tercera Vía.

Para comprender ese origen, había que mirar el surgimiento de la Tercera Vía durante los 90, en el Reino Unido con Tony Blair, en el Nuevo Laborismo y su influencia en el gobierno de Ricardo Lagos e incluso hoy en Tabaré Vásquez.

Esa misma resistencia de las bases sociales también frenó los intentos de Tabaré Vásquez en el FA uruguayo de una “renovación” al estilo de la Tercera Vía. En la columna detallé cómo se podría entender esta resistencia a la Tercera Vía y apelé a dos principios: en primer lugar, que la Tercera Vía ha terminado significando la hegemonía del mercado en las esferas de nuestra vida en desmedro de la democracia; y en segundo lugar que el objetivo del socialismo hoy es reivindicar la democracia en oposición a las lógicas de mercado. La columna terminaba con un llamado a hacerse cargo del desafío que tiene el Frente Amplio de definir con claridad, más allá de principios generales, su alternativa a la Tercera Vía, parándose de igual a igual antes sus defensores.

Hace unos días se publicó una columna en El Desconcierto (de Roberto Pizarro) que presume que el relato descrito de algún modo significa un apoyo a las ideas de la Tercera Vía o que el Frente Amplio suscribe a esta corriente. Intentaré ser lo más explícito que puedo: la Tercera Vía -y el legado del Nuevo Laborismo de Blair- es uno de los principales adversarios del Frente Amplio. Es más, me parecería un sinsentido decir que las propuestas de esta coalición de alguna manera incorporan a la Tercera Vía. Son dos posiciones distintas en disputa. Por lo mismo, el más relevante desafío del Frente Amplio es construir una alternativa que pueda mostrar un camino distinto.

Habiendo despejado esa confusión, me gustaría ahondar en un aspecto de la crítica realizada por el autor. El principal argumento presentado por él para afirmar que la columna implica el apoyo a la Tercera Vía se daría por el hecho de haber citado a Tony Blair, presentar su postura y haber dicho que, para hablar del origen del Frente Amplio, habría que hablar de la Tercera Vía, puesto que su origen está en la resistencia a esta tendencia.

Más allá del detalle de este argumento, creo que es una oportunidad de plantear un aspecto que se refleja en la reacción descrita. En la izquierda hablamos mucho de la izquierda, pero rara vez lo hacemos de la derecha o el oponente. No tengo duda de que si se hiciera un recuento de todos los escritos publicados en los últimos 20 años desde la izquierda la enorme mayoría de ellos serían sobre sí misma. La excepción a esto se da en los mensajes que apelan al reiterado “optimismo pesimista”, esto es, solo hablar del adversario para decir que ahora sí -“esta vez sí que sí”- está al borde del colapso y la victoria de las fuerzas de izquierda es inminente e inevitable. El resultado de esto es que nuestra capacidad de responder al adversario se ve muy limitada. No le tengamos miedo a confrontar las posiciones del adversario en todos los espacios, incluyendo su cancha argumentativa.

Como muy bien plantea el autor de la columna del Desconcierto, el reciente resultado electoral de Jeremy Corbyn en el Reino Unido ha sido visto con esperanza por mucho que vemos en él un retroceso significativo del legado de Blair. En momentos en que parece que el ciclo de hegemonía de la Tercera Vía llega a su fin, más que “optimismo pesimista”, hay mucho que mirar de las experiencias exitosas y fallidas a lo largo de estas décadas en el intento de superar el Nuevo Laborismo. Es más, para nuestro caso en Chile, sería un error, si queremos desafiar el legado de la dictadura, no adentrarse hasta entender a cabalidad las posiciones de sus referentes como Jaime Guzmán o Milton Friedman. De hecho, debiésemos aspirar a entenderlos mejor que quienes los defienden, para rebatirlos con propiedad.

Si en algo me gustaría resumir esta idea es en que presentar la posición del adversario no es claudicar a rebatirlo o entregarle la razón. Todo lo contrario. Nuestros argumentos pueden y deben ser suficientemente sólidos para ganar en esa confrontación.


Licenciado en Letras Hispánicas e Ingeniero Comercial PUC. Militante de Revolución Democrática.