En el citado inserto se mencionan todas las ocasiones en que Israel hizo generosísimas ofertas de paz a los palestinos y que, según la Comunidad Judía, recibieron un sonoro portazo de parte de los supuestos beneficiarios, comenzando por la resolución de partición de Palestina de 1947 (nótese, se llama “de Palestina”, lo que guarda directa relación con el nombre de los dueños de esa tierra).

Al respecto, mirándolo desde un punto de vista personal, supongamos que un grupo de personas llegadas desde otro país se apodera de mi casa por la fuerza y me echa a la calle y después de un tiempo me ofrece, por gracia y como una dolorosa concesión de su parte, cederme un espacio mínimo en el subterráneo o en la bodega de lo que era mi casa, pero en todo caso, conservando sólo para ellos las llaves de la vivienda.

¿Debería yo aceptar tal oferta? ¿Qué títulos pueden exhibir los usurpadores para arrebatarme mi casa, excepto el haberla obtenido a través de medidas de fuerza? ¿El que supuestamente (porque no tienen cómo demostrarlo) ancestros suyos vivieron allí hace más de 2000 años? Los míos también estaban allí en esa época, pero en mi caso no se cortó en ningún momento la sucesión ancestral en la tierra donde se localiza la casa. Por último, ¿porque un dios particular de ellos, según su propia mitología, les prometió la propiedad de esa tierra en exclusiva, por el solo hecho de profesar una determinada religión?

Expuestos estos antecedentes, que constituyen un símil a escala mínima de lo que le ha tocado sufrir al pueblo palestino, no puede extrañar que todas esas ofertas hayan sido rechazadas, excepto aquella en que el afectado acepta quedarse con tan sólo el 22% de la que fuera su casa (Acuerdos de Oslo, 1993), y la cual la Comunidad Judía convenientemente omite en su comunicado. Quedaban pendientes para posterior resolución, temas tan importantes como quiénes tendrán derecho a portar las llaves de la casa (control de las fronteras); si al nuevo copropietario, ahora minoritario, se le permitirá utilizar parte del living (Jerusalén Este) y si algunos o todos los familiares que también fueron erradicados junto con el propietario podrán volver a la vivienda (hoy, 7 millones de refugiados). ¡Esa sí que es una concesión dolorosísima!

El inserto de la Comunidad Judía de Chile en El Mercurio

Pero ya conocemos la respuesta de Israel: hoy día hay casi 600.000 colonos judíos instalados en ese 22% de territorio, con viviendas definitivas y de buena calidad, no mediaguas ni campamentos, donde se supone se instalaría el Estado palestino. ¿Alguien en su sano juicio podría aceptar construir un Estado en una serie de pequeñas islas de territorio, separadas por poblaciones extranjeras, y sin poder controlar las fronteras ni su espacio marítimo y terrestre? ¡Esa es la clase de “paz” que ofrece Israel: sumisión total o nada!

Por otra parte, en el inserto se habla de las “actuales negociaciones” (que ya se arrastran por 24 años), caracterizadas con un “NO” árabe en el documento. Pero ¿qué podría resultar de esta verdadera burla sangrienta constituida por esas negociaciones, entre una potencia ocupante con todo el poder y un pueblo bajo ocupación, sin ningún poder? Los resultados están a la vista. Mientras supuestamente se discute acerca de cómo conformar el futuro Estado palestino, para lo cual es indispensable contar con un territorio, dicho territorio está siendo colonizado en forma ininterrumpida por el ocupante, al punto que cuando se cumplan 50 años de “negociaciones” (sí, al paso que vamos no sería extraño que se llegue hasta esa extensión), ya no quedará ni un centímetro cuadrado sobre el cual negociar.

La situación hoy es bastante clara: Israel ha creado de hecho y por la fuerza un solo país, lo cual ya presenta algunos tintes de irreversibilidad, con dos regímenes diferentes para su población: uno plenamente democrático para los judíos y otro discriminatorio y de apartheid, o bajo el yugo israelí, para los árabes. Dado que hoy no existe en el mundo ninguna fuerza que sea capaz de poner fin a esta situación, ni por medios políticos ni militares,  tan sólo falta que  se produzca una transformación hacia  un Estado realmente democrático, en el cual todos sus habitantes, sin distinción alguna por etnia, religión u origen, posean los mismos deberes y derechos. Ya no se trata de paz, sino que de un dilema entre el apartheid, la limpieza étnica y la ocupación militar por un lado, y la democracia genuina por el otro.


Federación Palestina de Chile