Una de las ventajas de los medios de comunicación de masas –sobre todo tras la expansión de Internet– es que permiten acceder a contenidos e informaciones a partir del comentario que las mismas plataformas hacen de los llamados hechos noticiosos. Dicho de otro modo, no es necesario ver la noticia “original” en su totalidad para enterarnos de ella. Por el contrario, a veces es mejor ver la síntesis y sus muchas repeticiones antes que el material primario; el meme bien puede superar a su referente. Así llegamos a tener noticia de los escándalos por las olas que generan: primero la indignación (o el apoyo, lo mismo da, son medidas casi simétricas de la euforia digital) y, un buen rato después, la causa de esa indignación.

Estoy en una pausa –hago como si estuviera en una, pero en realidad es esa microevasión de responsabilidades laborales que todos practicamos, conocida en el vernacular como “sacar la vuelta”– y noto tonos de alarma por redes sociales involucrando a José Miguel Villouta. No entiendo mucho, intento averiguar qué ocurre, a causa de un cierto placer morboso frente a la expectativa de ver al símbolo indiscutido del liberalismo gay en un nuevo impasse político [1]. Nada de eso. Sólo doy con referencias a un conflicto con el Pastor Soto y, finalmente, con el video que lo muestra en el set de El Interruptor, de Vía X, orando y pisando una bandera de arcoíris. Corte rápido de una productora tras la reacción desarticulada de Villouta y fin de la escena.

Han pasado algunos días desde este acontecimiento y a los comentarios de diversa índole, en su abrumadora mayoría condenatorios, se han sumado algunos otros videos de Soto en gestos similares: la bandera como alfombra o como pañuelo. Su inventiva es casi inexistente, y el recurso se agota bastante rápido, pero es indudable que la acción de pastor evangélico tiene objetivos claros. El discurso de odio que vehicula se encuentra tan a la vista que obscurece otro hecho que resulta potencialmente más ominoso: con la aparición televisiva frente a Villouta, el Pastor Soto parece haberse apropiado de la performance como estrategia política del feminismo y la disidencia sexual.

Tanto el medio local como en otros países, las acciones e intervenciones artísticas han producido cruces dinamizadores con las luchas políticas de sujetos oprimidos y violentados por el patriarcado heterosexista [2]. Desde el transformismo hasta hitos que hoy forman parte de la memoria colectiva, como las Yeguas del Apocalipsis, el Che de los Gays e Hija de Perra, incluyendo también a varias agrupaciones secundarias y universitarias, las prácticas performáticas integran un repertorio ampliamente difundido entre espacios de militancia y figuras individuales. Ellas han sido reivindicadas desde hace largo tiempo por la disidencia sexual como una vía para cuestionar y deconstruir los mandatos sexuales y de género, e imaginar, a su turno, nuevas posibilidades, identidades y formas de existir en un mundo marcado por la violencia.

Ahora bien, hay que reconocer en la esfera pública [3] ya había existido cierta suspicacia frente a la asociación automática entre transformismo [4] y liberación del heteropatriarcado tras varios episodios que involucraron a Stephanie Fox, conocida como La Botota. Sin embargo, percibo que aquí se abre una coyuntura de otra índole. Las acciones de Soto obligan a replantear de manera radical nuestra confianza irrestricta en la performance como sinónimo de ruptura y, por ende, como condición suficiente para el cambio político. Si gran parte de las luchas de la disidencia sexual se han basado en una apropiación subversiva de los mecanismos usados para violentar simbólicamente –la inversión del sentido del insulto–, parece que el evangelismo patriarcal nos está desafiando con nuestra misma estrategia.

El pasmo de Villouta no sólo nos habla de un sector de la oficialidad LGBT y su disposición acomodaticia, feliz de “provocar” mediante la programación de contenidos cuya lógica sigue una agenda alineada con los intereses del establishment gay del Norte [5], también obliga a reflexionar sobre las limitaciones del embelesamiento con –y la fetichización de– lo performático. Antes que apresurarnos y condenar la supuesta “profanación” de un símbolo –justamente la reacción que busca Soto para confirmar sus tesis sobre los efectos perniciosos del “lobby gay” que reivindica la “ideología de género”–, deberíamos hacer una pausa y someter a revisión crítica este exceso de confianza en lo que es, a fin de cuentas, sólo uno de los posibles recursos simbólicos que tenemos a disposición para luchar. Una práctica cultural no tiene su sentido social y político definido de antemano, inherente a sus formas, y es un medio más que utilizamos en los procesos de disputa por la modificación o mantención de las relaciones de poder.

¿Quiere esto decir que debería abandonarse cualquier tipo de acción performática por ser esta, ahora, una metodología contaminada por el enemigo? Para nada. Por el contrario, habría que tomar este infeliz affaire como un punto de inflexión para un nuevo ciclo que deshaga los maniqueísmos. El conflicto con las fuerzas sociales que representa Soto no se decidirá únicamente en el plano simbólico, aunque tenga en él una de sus aristas. Si algo demostró el pastor es que tiene calle, algo que a la reacción evangélica le sobra. No podemos, entonces, caer en el espejismo liberal bienintencionado de Villouta y valdría la pena recordar un viejo adagio de izquierda: “Al fascismo no se le discute, se le combate”.

[1] Hace no poco, Villouta entró en una diatriba twittera a propósito de la imposibilidad de comprar una copia de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, en librerías locales. Su rabia se dirigió primordialmente hacia el feminismo local y su deficiente relación con un texto que consideraba canónico, sugiriendo de paso que el canon “de acá” sería por ende deficiente o, al menos, cuestionable.

[2] Una obra de referencia para los cruces más generales entre performance y política es Diana Taylor, El archivo y el repertorio. La memoria cultural performática en las Américas (Santiago: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2015). En el plano local, los trabajos de Nelly Richard han significado un punto gravitacional sobre esta materia.

[3] Uso el término con bastante laxitud: hablar de esfera pública en sentido lato ya es un salto de confianza para el plano nacional. Pensar que existe una esfera pública feminista/disidente sexual es exigirle demasiado optimismo a la voluntad.

[4] O drag, como se le ha designado en años recientes, en parte como consecuencia de la difusión de RuPaul’s Drag Race, reality televisivo estadounidense que ha llevado esta práctica a un nivel global, mercantilización y consumo cultural identitario mediante.

[5]  Nunca olvidar a Lemebel: “Lo gay se suma al poder”.


Historiador, docente de la U. Alberto Hurtado