El debate de Chile Vamos fue el combate final de “El Bueno, el Malo y el Feo”. El bueno, Felipe Kast –“rubiecito”-, el malo, Sebastián Piñera, malvado inescrupuloso, y el feo, Manuel José Ossandón, furioso y mal educado. El tesoro enterrado, Chile, una nación completa siendo testigo de la avaricia de la centro derecha nerviosa, centro derecha anotando con sigilo cada falla del bandido aliado para sacar la pistola, matar y quedarse con la riqueza que sienten que les pertenece por derecho propio. Pero a diferencia de la película, en el peor debate en la historia política de Chile, el bueno no mata al malo, ni el feo se queda mirando cómo se terminan sus sueños. En esta versión del “bueno, el malo y el feo” mueren todos, atrapados en un espectáculo de ambición del que no pueden salir y que nosotros en las casas aún no podemos creer.

Muere el Malo, Sebastián Piñera, sin alma, despiadado. Muere bajo los disparos de odio de Ossandón, muere al quedarse sin respuesta cuando le preguntan por qué le pagó con platas de Aguas Andinas a Jaime de Aguirre. Muere al segundo disparo del feo, Ossandón, quien lo desenmascara cuando le enrostra que es mentira que los liceos de excelencia son sin selección. Piñera, el malo, muere cuando le mencionan el nombre de Mónica Madariaga ayudándolo a salir de su estatus de encargado reo. Muere al usar las balas equivocadas para defenderse cuando Matías del Río le pregunta por el alza en la delincuencia según Paz Ciudadana, a quien le respondió lo que le dio la gana. Muere cuando defiende dos veces a un bandido que tiene más pruebas en contra que el Tila, Pablo Wagner. Muere al pensar que va a ganar vistiéndose como el bandido defensor de la naturaleza en el lejano oeste, omitiendo que mientras salvaba a Punta de Choros de una termoeléctrica lo contaminaba invirtiendo con plata de su bolsillo en un proyecto minero igual de dañino. Piñera, el malo, el traidor, el que no se resiste apretar el gatillo de las inversiones que traen conflicto de interés, muere al presentar como ametralladora una pistola de fogueo, la del tratar a todos de ignorantes y estúpidos, la de mandar a leer cuando se encuentra acorralado y sin respuestas para defender a sus amigos delincuentes que ya murieron en la búsqueda del tesoro.

En el combate final de “el bueno, el malo y el feo”, ese de Chile Vamos que vimos en cadena nacional, también murió Felipe Kast, el bueno, “rubiecito”, el caza recompensas, a quien el feo le espetó su verdadero interés detrás de esta cruzada: la recompensa de exponerse en unas primarias que lo dejarán último para quedarse con el cupo de candidato a senador. El bueno, el “ministro penca”, que en la historia original sabía que sin él no se llegaba al tesoro, sabe a lo que está jugando, a validar unas elecciones en las que ganará el que haga más disparos, y también sabe que sus disparos, los que ponen la libertad de una mujer al nivel de la de un cigoto, los disparos que ponen “primero a los niños en la fila” en lugar de los que marchan, no bastan. Lo sabe. El bueno, ese rebelde que enfrenta al malo, a Piñera, diciéndole que se equivocó pasando por sobre la institucionalidad cuando era su jefe, muere al comprobarse que no es más que la excusa para el verdadero enfrentamiento, el del malo y el feo. El bueno se extingue por sí solo.

En el debate de Chile Vamos murieron todos, porque el que más balas impactó en sus adversarios, el feo, Cote Ossandón, terminó disparándose a sí mismo, mostrando otra vez ignorancia sobre cuánta plata tiene el tesoro que quiere conquistar, cayendo ante sus propias balas cuando le recuerdan que integrantes de su familia involucrados en el fraude tributario del siglo le aportaron $20 millones a su campaña senatorial, muere cuando rompe todos los códigos del enfrentamiento sacando al baile a la esposa del bueno, muere cuando luego de matar a todos se da cuenta que ha quedado solo, y que no podrá gobernar un tesoro tan grande sin ningún aliado al lado. Es ahí cuando Ossandón se mata y cuando al país completo lo invade una sensación de pérdida total. Porque el de Chile Vamos fue un enfrentamiento que no nos dejó nada en limpio, salvo la convicción, la claridad de que en la derecha son capaces de sacarse los ojos con tal de manejar el tesoro que es de todos: los dineros, las leyes y los destinos de la República.

Como en las mejores escenas de las películas del western, la derecha que quiere retomar el poder quedó en evidencia como un grupo de cuatreros capaces de quedar en absoluta soledad, convertidos en cadáveres en medio del desierto, con tal de quedarse, por la vía de la violencia, con lo que asumen que les pertenece.


Director Noesnalaferia