(Y, de pasada, por qué no es liberal la posición de Felipe Kast sobre el aborto)

¿Qué es lo que se dice cuando se dice liberal? Hay un primer equivoco que es geográfico que lo podríamos ilustrar de la siguiente forma: cuando se dice liberal en Chile y en gran parte de Latinoamérica, no se dice lo mismo que cuando se dice en Inglaterra, aunque el sentido que adopta en Chile es más cercano, aunque no completamente igual, a lo que se dice cuando se dice liberal en Francia o Italia, sentido que sí es ciertamente distinto a lo que se dice cuando se dice liberal en Estados Unidos o Canadá. Usando los ejes izquierda-derecha para no entrar en más amenidades, decir liberal en Chile se asocia más “fácilmente” con la derecha, como en Francia o en gran parte de Europa continental, mientras que en Inglaterra se asocia más “fácilmente” con la izquierda, probablemente por oposición a la larga y robusta tradición que tienen los “conservadores” como clase política. Pero este sentido de izquierda también existe en Estados Unidos, Canadá, o Australia dónde además se le agrega un sentido “valórico-ético” al término, sentido que, por ejemplo, en Chile, no concedemos tan mecánicamente, aunque lo pudiésemos aceptar en segundas reflexiones. Mi punto al decir esto es sencillo: La tradición de pensamiento político que llamamos liberalismo no se agota en un sentido único ni siquiera si adoptamos, probablemente de forma arbitraria, la generalidad izquierda-derecha. La razón es principalmente histórica, aunque -para insistir- los comienzos históricos no son tampoco completamente claros, a pesar que algo sabemos: que el liberalismo toma fuerza en ese periodo en Europa, en la que la burguesía, socialmente dinámica y económicamente activa, aunque sin títulos de nobleza, empieza a demandar más prerrogativas económicas y mayores representatividades políticas ante una aristocracia cada vez más política y económicamente inútil, inmóvil e inerte. Y esto es lo que históricamente es verdaderamente relevante a la historia de la tradición liberal, y de lo que cada liberalismo, a la derecha o a la izquierda del espectro, busca apropiarse: que el liberalismo surge como una lucha por igualdad política, lucha que envolvió un largo proceso intelectual, tanto en la Inglaterra de Locke como en la España de las Cortes de Cádiz, para identificar y reconocer aquellos poderes, prerrogativas, regímenes y privilegios que son políticamente injustificados, injustos y socialmente inaceptables.

Así frente al poder político injustificado ya sea del rey, la monarquía o las cortes, los liberales invocaban el derecho de las personas a su integridad frente a ese poder arbitrario e ilegitimo tanto de reyes absolutistas como de aristocracias plutócratas. Pero, pronto también surge como defensa frente al poder de otro tipo de tiranías como las de las mayorías contra las minorías, o la de los hombres contra las mujeres. Y, ciertamente, como los modos de entendimiento también están determinados históricamente, la integridad que se buscó defender frente a estas tiranías injustificadas fueron primero la integridad física, y para asegurar la integridad física, aquello que garantiza un sustento básico: un techo, agua, comida, es decir, la capacidad de “poder tener” ciertos bienes y medios básicos para subsistir, necesidad que se adopta como derecho a la propiedad, tanto para el rico burgués primero como para el pobre aldeano después. Luego vino la demanda por la capacidad de decidir libremente en qué creer, en qué pensar, qué hacer, en qué trabajar. Y vale la pena decirlo, estas capacidades eran importantes o relevantes políticamente porque, en la práctica, había sentidos comunes, sanciones sociales, y penas legales impuestas ya sea por la aristocracia contra los comunes, las mayorías contra las minorías, los hombres contra las mujeres, los blancos contra los negros, que impedían el ejercicio libre de esas capacidades de primer orden. Y esto entiéndase en términos históricos, porque si bien esta lucha liberal por igualdad política es históricamente distinta en el Tengo un Sueño de Martin Luther King, en la práctica es la misma que está en el Locke que arremete contra la monarquía: una concepción política de libertad que se basa, en principio, en la igualdad, en el rechazo a la discriminación injustificada.

Me parece que queda ya sugerido cual es el punto principal de esta columna: Porque liberalismo es una tradición de pensamiento político que está comprometida con una concepción de libertad política que se basa en una igualdad y que el valor de esa igualdad justifica el rechazo a los privilegios y tiranías inaceptables, debemos recuperar en Chile el liberalismo para la izquierda. Así, no estoy de acuerdo cuando Cristobal Bellolio sostiene que el liberalismo es algo así como un “domicilio partidario” y visualiza una especie de “coalición de liberales de Chile”, algo que tiene más que nada sabor a “centro político”, en un país que tiende a los tres tercios . No me imagino a alguien como insigne liberal como Francisco Bilbao, por ejemplo, cómodo en ese centro político que le gustaría a Bellolio. Y es que es difícil ver el liberalismo como un partido o instituto político sino como una filosofía política que puede ser abrazada por diferentes sectores, y en constante construcción histórica, pues las tiranías de ayer no son las mismas que las que impone el neoliberalismo hoy.

El Liberalismo y la Derecha

Ahora, claro, la derecha puede seguir enarbolando las banderas del liberalismo, pues, como ya se mencionó en el primer párrafo, el liberalismo es un concepto que, como todo concepto político, está en constante lucha de apropiación. En ese sentido uno podría decir, con bastante seguridad, que la derecha está simplemente más interesada en la libertad de los mercados, de la empresa, de asociaciones de la sociedad civil, en suma, de ciertos tipos específicos de interacciones sociales, y se rehúsa sistemáticamente -salvo agudas excepciones por supuesto- a revisar la concepción política de libertad con la que están comprometidos. Y uno esperaría ese ejercicio de reflexión política no porque exista una concepción “correcta” de libertad. Al contrario, porque tenemos el deber moral de construir acuerdos sociales sobre los deberes que la sociedad tiene respecto a sus miembros, deberes que sean compatible con la “docta” ignorancia o escepticismo sobre cuándo, cómo y por qué la libertades de esos miembros, nosotros mismos, son legítimas. Hay una discusión interesante en la derecha a propósito de esto. Como botón de muestra, sirva esta discusión entre Felipe Schwember, por la parte de una derecha más libertaria , con Pablo Ortuzar, que representaría una más comunitarista.

Pero, en general, uno no le cree mucho a la derecha cuando se quiere apropiar de la tradición liberal. Por ejemplo,  Felipe Kast argumentaba un par de semanas atrás que en tanto liberal se opone al aborto porque “defiende la libertad de nacer al no nacido por sobre la libertad de la madre a decidir”. O sea que, frente a dos libertades igualmente legítimas, admite Kast, se debe priorizar por la libertad de vivir del feto. Llamémosle a este enfoque, para no repetirlo tanto, la perspectiva de la prioridad. Y uno no le cree a Kast porque en realidad bajo la perspectiva de la prioridad no queda muy claro qué libertad se defiende. Cuando explica por qué una libertad es prioritaria a la otra, sostiene simplemente que porque es “más fundamental el derecho a la vida que el derecho a la elección”. Es intuitivamente cierto, concedámosle a Kast, que para tomar decisiones una condición sine qua non es estar vivo, qué duda cabe. No obstante, esa manera de concebir el problema no captura la particularidad del aborto. Porque una madre no está en un conflicto entre si priorizar el derecho a vivir o priorizar el derecho a decidir. Una madre está en un conflicto entre el derecho o no a vivir del feto que ha sido concebido. No hay ninguna tensión con ningún correspondiente derecho a elegir. Kast se enreda porque lo que está realmente en tensión es si debemos castigar o no a una madre que decida abortar, ya sea con la coacción de la ley o negándole acceso y medios para un aborto clínicamente controlado. En el fondo, Kast piensa que debemos perseguir a esa madre, aunque no lo dice abiertamente porque lo oculta con la retórica de las “libertades en pugna”. Kast, con su perspectiva de la prioridad, en la práctica afirma que se debe obligar a la sociedad a perseguir penalmente a una madre que aborta, que una sociedad tiene la obligación de hacerlo por sobre la obligación de defender su libertad de elección.

Aclaremos una posible objeción. Supongamos que Kast nos objeta que su perspectiva de la prioridad no debe entenderse desde la posición de la afectada, sino que es una perspectiva que debe adoptar el legislador. En esa lectura, es la sociedad, a través de la institucionalidad legislativa, y no la afectada, la que debe priorizar la libertad de vivir por sobre la libertad de la mujer de decidir y legislar en consecuencia.  Tampoco en ese caso, el argumento de la prioridad funciona y menos hay un enfoque liberal que lo sustente. Porque si fuese cierto que el legislador adopta la prioridad de la libertad de vivir del feto, lo hace, si seguimos el razonamiento de Kast, resolviendo una tensión entre dos libertades legítimas: o priorizar la libertad de vivir o la de decidir. Pero si esta priorización resuelve en favor de la libertad de vivir y en la practica la coerción legal del estado recae sobre aquellas mujeres que priorizan la libertad de decidir, entonces la sociedad se vería en la extraña necesidad de perseguir penalmente una “libertad legítima”, a saber, la del derecho de decisión de un miembro adulto de la sociedad. Tampoco luce muy liberal esta posible objeción y es sobre todo un sinsentido jurídico, si es sincero Kast cuando declara que ambas libertades le parecen legítimas.

El Liberalismo y La Izquierda

Pero lo que parece más sorprendente es la desconfianza de la izquierda por el liberalismo. Una prueba de ello es la columna de Rodrigo Karmy (RK*) publicada en el Desconcierto hace unas semanas. En un giro al menos sorprendente y más cercano a un divertimento, el objetivo de la columna de RK consiste en reafirmar lo mismo que ya ha dicho Kast: que siendo anti-aborto es un liberal. Pero a RK le interesa afirmarlo por otras razones. En el fondo, lo que quiere decir RK es que el liberalismo estaría conceptualmente “conectado” con la perspectiva de la prioridad de Kast. Voy a tratar de reconstruir el argumento de la columna de RK para mostrarlo como una buena ilustración de la desconfianza injustificada de la izquierda con el liberalismo.

Lo que le interesa a RK es mostrar que no tiene sentido mostrar que Kast es antiliberal cuando defiende la penalización del aborto. Sostiene RK que el liberalismo es una forma de dominación sobre la mujer, dado que el liberalismo es ante todo un régimen de propiedad del hombre blanco europeo sobre el cuerpo de la mujer. Así, la tesis de RK es que es irrelevante, da lo mismo, asignarle el mote de liberal o no a Kast. Creo que RK está profundamente equivocado y voy a mostrarlo aludiendo a ciertos problemas que presentan las ideas de su columna. El primer problema es que la columna, para explicar qué es lo relevante del liberalismo, propone una tesis conceptual, es decir, una conjetura respecto de cómo se relacionan ciertos conceptos entre sí. Esto no es un problema en sí mismo. El problema comienza cuando quiere extraer una tesis normativa práctica desde una tesis conceptual. Veamos.

RK sostiene que el liberalismo en sus inicios fue compatible con la esclavitud, lo que implicaría una cosificación del cuerpo de los otros, una cosificación de la vida. Esto lo lleva a afirmar que, en último término, se trata de una cosificación como propiedad. Esta es la primera parte. Luego infiere que el liberalismo al operar por medio del mercado -dueños transando propiedades- básicamente funciona por un mecanismo de exclusión, puesto que lo que se transa en el mercado debe seguir ciertas reglas que discriminan qué se transa y que no. Esta es la segunda parte de su razonamiento. Así, como el liberalismo originalmente identifico a la propiedad con una cosificación de la vida y se sirvió del mercado para transar la vida como mercadería, agrega un tercer elemento a su razonamiento: el eurocentrismo que tiene, por norma antropológica, una caracterización blanca y masculina. Así se completa, de acuerdo a RK, el régimen de la exclusión: Si el liberalismo históricamente fue compatible con la esclavitud, esto implicó la cosificación de la vida, que a su vez, se transa en el mercado, y si esto fue así ello se logró por medio de las estructuras de lo europeo, lo blanco y lo masculino. En consecuencia, alguien como Kast repite lo mismo, pues como hombre, blanco (y uno supondría eurocéntrico) sanciona que las mujeres no pueden decidir abortar. Esto hace del cuerpo de las mujeres esclavas, y así se replica la operación que ha hecho el liberalismo desde sus inicios. Conclusión: Kast al sancionar la prohibición del aborto repite el gesto histórico liberal: el control del cuerpo de la mujer.

Las tres partes que describí arriba son plausibles y sus elementos podrían sustentarse en sí mismos. Porque es cierto que el liberalismo de Locke fue compatible con la esclavitud y es cierto también que el mercado suele operar bajo reglas que discrimina entre conductas y mercaderías aceptables e inaceptables, así como también es cierto que los liberales históricos actuaban bajo estándares eurocentristas.  No obstante, el problema de la columna de RK es que si bien sus afirmaciones pueden ser verosímiles en sí, el modo de relacionarlos para definir un concepto práctico como el liberalismo es, al menos, inconsistente. Asociado a esto, hay un segundo problema, a saber, una concepción más general que informa en particular la columna de RK: un controversial determinismo respecto de cómo el comienzo histórico de los conceptos define la normatividad práctica, que en la columna de RK se lee en relación al origen esclavista y mercantil del liberalismo, algo que históricamente puede ser verosímil, pero que determinaría el tipo de deberes y obligaciones con los que se compromete la tradición liberal: libertad política, igualdad, rechazo a la subyugación arbitraria. Esto simplemente no se sigue.

Esos problemas que presenta la comprensión del liberalismo de la columna de RK los voy a tratar de responder juntos. Lo que señala RK ha sucedido ciertamente en la historia y son parcialmente atribuibles al liberalismo. No obstante, que haya sucedido no implica que sea históricamente necesario. RK abandona a una narración verosímil de la historia la validez práctica de una tradición de pensamiento político. El razonamiento de RK es errado, de la misma forma que lo es aquel que nos dice que debemos abandonar la tradición socialista a propósito de narrarla desde los campos de exterminio de Stalin, pues el socialismo operaría sobre la dicotomía de “revolucionarios y contrarrevolucionarios”. Se parece también en algo al imperdonable error de alguien como Giorgio Agamben quien señala que ante el horror de los campos de concentración Nazi no queda nada por decir, o peor, que el saber humano debe callar ante lo inefable, como si lo que estuviera en juego fuera tener que decir algo, cuando nuestro deber moral es justamente todo lo contrario.

En una frase: RK transforma lo que ha sido una condición históricamente suficiente del liberalismo en una condición históricamente necesaria. Ese es su error, no porque los hechos en los que basa su definición sean históricamente falsos, sino por la conclusión práctica que extrae de esos hechos. Porque simplemente no es necesario que la tradición liberal históricamente deba desplegarse en luchas políticas que impliquen exclusión de quienes no caben en el estándar masculino, blanco y europeo. Las luchas por los derechos civiles de afroamericanos en el norte americano y europeo lo mismo que las reivindicaciones por los derechos de las mujeres han sido fundamentadas históricamente bajo ideales y reivindicaciones que uno puede asociar con la tradición liberal.

Uno no espera que un columnista identifique todos los matices de una tradición de pensamiento político en 1000 palabras. Pero al menos, se espera que se describa críticamente su aspecto central. RK no obstante, reduce la fuerza práctica y política de la tradición liberal a una historia conceptual de la que extrae una conclusión que no se sostiene: da lo mismo que alguien como Kast sea liberal o no, pues el liberalismo es lo mismo que su contrario. Esto es diluir diferencias políticas importantes y relevantes entre una derecha libertaria y una robusta izquierda socialista y liberal, derecha que quiere apropiarse con malas artes del liberalismo.

Porque el ideal normativo de la tradición liberal es defender el valor de todas las personas, en igualdad de condiciones, frente a la discriminación o exclusión arbitraria de otros miembros de la sociedad, o el poder injustificado, ya sea del rey, el tirano, las estructuras, las normas sociales no escritas, los empresarios sobre individuos, grupos y comunidades, de las mayorías sobre las minorías, del poder económico o de la jerarquía social. Pensar que el liberalismo rechaza estos valores porque a través de la historia no se han alcanzado en plenitud es suscribir un pensamiento político basado en que las concepciones políticas son a-históricas y los conceptos fanáticamente unívocos. Otra vez, el problema está en que somos sujetos históricos, y lo que la sociedad ha entendido por pleno ejercicio de nuestra condición individual y la forma cómo pertenecemos y participamos socialmente ha estado determinado por las asimetrías históricas en la distribución de poder político, económico y social.

Si pudiésemos resumirlo en una formula simple, el liberalismo debe ser recuperado para la izquierda, porque el liberalismo es principalmente la idea de que la sociedad tiene la obligación de distribuir lo común de forma igualitaria entre sus propios miembros valorándolos de ese modo como sujetos plenos, y sin rendirse frente a ningún tipo de diferenciación y menoscabo arbitrarios. De esto se sigue que la valoración de la persona en el liberalismo no es incompatible con la valoración de las comunidades, la historia, y las particularidades interpersonales y grupales que constituyen a los individuos, sino que al contrario la complementa y la enmarca en un horizonte de justicia social.

 

*Prefiero nombrar en esta columna a Rodrigo como erreká (RK) que me parece más amigable que usar la formalidad del apellido a la que se debe una columna o a usar la informalidad del primer nombre que puede resultar incómodo para el lector que no está al tanto de la relación de respeto, y consideración que tengo por Rodrigo.


PhD Student School of Politics, Economics and Philosophy Research Centre for the Social Sciences, University of York