El autodenominado “bus de la libertad”, que un grupo católico ha movilizado los últimos días, intenta replicar en Chile una táctica que varios otros grupos conservadores (de derecha y religiosos) han desplegado en otros países, tanto de Latinoamérica como de Europa. Sustentados en confusas explicaciones, tratan de acusar a activistas feministas y de diversidad o disidencia sexual de promover lo que llaman “Ideología de género”. Así, intentan deslegitimar la noción de “género” surgida en el campo de las ciencias biológicas durante la segunda mitad del siglo XX y que desde las ciencias sociales y las humanidades se ha entendido desde hace algunas décadas y grosso modo como “construcción cultural de la diferencia sexual”. Pero esta estrategia de deslegitimación apunta no sólo al concepto de género como clave de investigación académica, sino también al uso que han hecho de él los activismos feministas y de diversidad o de disidencia sexual. Los conservadores religiosos dicen luchar contra la ideología de género. Quiero argumentar aquí lo opuesto. A diferencia de lo que estos grupos dicen, el activismo feminista y LGBT (en sus múltiples vertientes) no promueve la ideología de género sino al contrario: lucha contra ella. Y son ellos, los religiosos conservadores, quienes con sus acciones y discursos la promueven. Y esto se debe a que el género, entendido como sistema cultural, es –de por sí- ideológico.

Me explico: desde el marxismo clásico, que es el campo de las ciencias políticas donde más se ha pensado acerca de las ideologías, se ha precisado que una ideología no es lo mismo que una posición política. La gran diferencia entre una posición política y una ideología, es que la posición política se explicita como tal, mientras que la ideología no. Una ideología tratará siempre de ocultar su carácter “ideológico”. En este sentido, las ideologías son ideas aceptadas por la mayoría de las personas y que terminan haciéndose parte del sentido común mayoritario. Las ideologías son aquel conjunto de ideas que se han repetido una y otra vez, traspasado de generación a generación y que por fuerza de costumbre terminan arraigándose en nuestras vidas al punto que dejan de parecer meras ideas y las terminamos considerando leyes naturales inmutables e incuestionables. En cierto sentido, son el aspecto más insidioso de lo que se llama también “sentido común”, o hegemonía cultural.

Es cierto que este mundo requiere del sentido común para existir. Se ha dicho que necesitamos de ciertas coordenadas o códigos que hagan habitable el mundo para no caer en el sinsentido social. El sentido común establece ese marco mínimo. Pero también es cierto que muchas veces ese sentido común aceptado produce o legitima injusticias, violencia y dolor. Por ejemplo, el sentido común aceptó y legitimó durante mucho tiempo la esclavitud, el racismo, la desigualdad de las mujeres con respecto a los hombres, las guerras, los genocidios. En muchos lugares del mundo lo sigue haciendo. Las ideas que sustentaban esos consensos no se cuestionaban, pues se creía que no eran meras ideas sino leyes naturales inmutables. Así operan las ideologías. El sistema de género también es una ideología. La ideología del género nos dice que nacemos como “hombres” o como “mujeres”, que sólo existen esas dos posibilidades de sujeto. Y que cada una de esas posibilidades de sujeto tiene asociadas características culturales y jerarquías sociales que les son propias. Privilegia además la heterosexualidad como norma. Es muy conocido que la ideología de género permea incluso nuestras formas estéticas, como la asociación que se hace de los niños con el color celeste y de las niñas con el rosado. Esas ideas se hacen pasar por leyes naturales, como si no fuesen meras ideas y han terminado por formar parte del sentido común mayoritario y la hegemonía cultural. Esta ideología del género y de la sexualidad se vuelve violenta contra quienes no se ajustan a ella: es el caso de las personas intersexuales, que nacen con genitales que no se ajustan a los de hombres y mujeres y son violentamente intervenidos y mutilados, las personas transgénero, las lesbianas, los homosexuales o quienes no identifican su deseo sexual con categorías sexuales estables. También las mujeres son víctimas de esa ideología. Y en general todos los sujetos, porque se nos obliga a vivir nuestras vidas en base a esos presupuestos que se nos imponen culturalmente, pues no los elegimos.

El activismo feminista, de diversidad sexual y de disidencia sexual, desde sus múltiples trincheras, posiciones y estrategias, ha llevado una lucha diaria en contra de esa ideología del género y sus consecuencias, no al revés. Lo han hecho cuestionando el sentido común y las ideas establecidas que se tienen sobre lo que es ser mujer, hombre, sujeto, etc. Han desarrollado aquella labor que se denominó “crítica ideológica”, esto es, precisamente la denuncia de esa ideología que no podíamos ver porque nos habíamos acostumbrado a que las cosas del género y el sexo eran –y debían ser- de una determinada manera. Hoy estamos en una etapa que se ha denominado postideológica, en que la crítica ideológica no presupone una verdad que deba surgir ante el engaño de la ideología. Pero eso no significa que no siga siendo importante la crítica post-ideológica que los activismos feministas y disidentes siguen realizando a diario.

Así, al contrario de lo que afirman los conservadores, grupos como el que ha financiado esta campaña del “bus de la libertad”, son paradójicamente los actuales defensores de la ideología del género. Nos quieren convencer de que las cosas relativas al género y al sexo han sido de la misma forma siempre, pretenden mantenerlas como ellos quieren que sean y para lograrlo difunden el miedo, el odio, la desinformación y la confusión. Hoy, el famoso “bus de la libertad” es el mayor portavoz de una de las ideologías más trasnochadas pero arraigadas y difíciles de combatir: la del género y de la sexualidad.


Artista visual, co-fundador del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual CUDS, actualmente realiza el Doctorado en Arte de la Universidad Politécnica de Valencia, en España