La novela de Claudio Rodríguez “Carrascal boca bajo” (Das Kapital Ediciones, 2017) nos sitúa en los agitados días del Santiago de principios de los años ’30. La situación puntual: el asesinato del periodista Luis Mesa Bell. Un caso y una época que ya está casi olvidada y que para muchos pertenece a ese pasado del cual simplemente no se habla. Este libro nos trae una historia real ocurrida en esta copia feliz del edén.

El periodista Luis Mesa Bell dirige el semanario Wikén, y desde sus páginas denuncia los atropellos que se cometen en esos días. Un caso será emblemático: la desaparición del joven profesor Anabalón ocurrida en agosto de 1932. Mesa Bell investigará y denunciará a quienes estaban detrás de este crimen, pero finalmente su ánimo y su actividad periodística llevarán a su asesinato, ocurrido en diciembre de ese mismo año y perpetrado por los hombres de la policía política de la época.

La novela no es la recreación fiel de lo anteriormente descrito, como una de las historias de Carlos Pinto.  Claudio Rodríguez, el autor de “Carrascal boca abajo”, organiza la historia en pequeños capítulos en los que hablan una serie de personajes: colegas de Luis Mesa, integrantes de la policía, políticos, entre otros. Algunos reales y otros ficticios. De esta forma se van armando como rompecabezas la figura de Luis Mesa Bell y los turbulentos días en cuestión: la vida en Santiago, los distintos barrios, el diario vivir de distintas clases sociales, las ideologías predominantes, las visiones políticas, la actividad periodística, la diversión en las “casas de remolienda”, la actividad de la policía política. La novela en ese sentido es contundente, uno comienza a leerla y de pronto ya está en medio del Santiago de la época. El asesinato de Mesa Bell, de alguna forma, actúa como una pequeña partícula que permite mirar ese mundo que era la sociedad santiaguina de esos años.

Otro rasgo importante de la novela es el esfuerzo por considerar en ella la forma de redactar y de hablar de los personajes de la época. Se nota en ese sentido el trabajo de investigación del autor, tratando de dotar a cada uno de los personajes de su “habla” correspondiente y, aunque esto es parte de la ficción, uno se deja llevar (desde la lectura) por ese camino hacia la verosimilitud. Por eso a ratos la novela parece un diario de vida, un reporte policial, un relato o un artículo periodístico. El autor da vida a prostitutas de la época y también a encopetados personajes, todos ligados directa o de forma tangencial a la historia de Mesa Bell.

Todos los personajes de la novela se refieren a Mesa Bell de forma más o menos directa, eso ya lo he dicho. Pienso en ello, ya que uno está programado para que en alguna parte de la historia le muestren de cuerpo entero al personaje y se le defina en todos los ámbitos posibles. En la novela eso no ocurre. Cada personaje muestra un aspecto, un detalle, una anécdota, a veces es solo el nombre del periodista. Creo que la figura del personaje se torna más huidiza y mítica. “Carrascal boca abajo”, como construcción de un mito, no suena mal.

Como me dejé llevar tanto por el libro, busqué información acerca de Alberto Rencoret, hombre a cargo de la represión en la época y que se sindicó como cerebro en el asesinato de Luis Mesa Bell. Lo que encontré acerca de él creo que daría para una nueva novela.

Rencoret, un tipo que muy joven se hace cargo de la represión en Valparaíso, fue acusado por Mesa Bell como responsable de la desaparición del profesor Anabalón y posteriormente de organizar el asesinato del propio periodista. Fue detenido, después liberado y, mientras estaba en juicio, se integró a la Iglesia, que lo defendió y logró que no pudiera ser juzgado. El tipo en cuestión llegó a ser obispo de Puerto Montt a fines de la década del 50 y entre otras cosas fue mentor de varios sacerdotes considerados “rojos”.   Finalmente dejaría la iglesia a principios de los 70 y se iría a vivir a Constitución, desde donde aplaudiría el Golpe de Estado de Pinochet. Eso de que la realidad supera a la ficción podría estar escrito en su lápida.

Vuelvo a Mesa Bell y a ese pequeño trozo de la historia olvidada de 1932 y me doy cuenta, una vez más, que la historia sigue girando. “Carrascal boca abajo” tiene el mérito de abrir una ventana en ese espacio cerrado que  a veces pensamos que es el pasado.