*Escrita en conjunto con Nicolás Romero (Movimiento Autonomista)

La grave crisis por la que atraviesan los partidos neoliberales y la irrupción del Frente Amplio como un tercer actor en la política nacional han marcado lo que va del 2017. Nunca antes desde el retorno a la democracia se había configurado un bloque de organizaciones con capacidad de redibujar los estrechos márgenes de la política heredada.

El primer tiempo del Frente Amplio demostró las fortalezas y debilidades de este naciente esfuerzo. Fortaleza representada en una apuesta que busca ser alternativa y no se subsidia en alianzas con fuerzas que han reproducido el actual sistema y debilidades vinculadas a una limitada vinculación con los territorios del país y a una orientación ideológica que no logra cautivar a una mayoría social. Dentro de un variado arco de actores, la orientación progresista impulsada por la directiva de Revolución Democrática fue la que marcó el paso al resto del FA y prontamente demostró sus debilidades. Debilidad al momento de articular las problemáticas más sentidas por la población con propuestas alternativas, creíbles y que no sucumbiera a los límites de lo “tolerable” por el debate oficial. De allí la crítica de izquierdas a las limitaciones con las que se encaró la narrativa que acompañó la candidatura de Beatriz Sánchez. Debilidad al constatarse que dicha orientación no se tradujo en masividad (los resultados obtenidos en las primarias siendo una buena base de inicio, pero se explican principalmente por los desempeños electorales previos de las fuerzas del FA).

El agotamiento de esta orientación ha dado paso para nuevos intentos de agrupamientos internos (de izquierdas, ciudadanos, entre otros), que si bien han aportado en ciertas dimensiones, aún carecen de una propuesta política integral. De allí que el debate siga estando centrado en tal o cual dimensión coyuntural, (fortalecimiento de despliegues territoriales o de las listas parlamentarias) sin dibujarse aún una vía clara para enfrentar y superar el proyecto neoliberal.

En este segundo tiempo, iniciado tras las elecciones primarias, se resolverá la principal disyuntiva del Frente Amplio, integración al sistema político en alguna variante (coaptación hacia la Nueva Mayoría o tolerancia para una fuerza con participación parlamentaria pero incapaz de encarnar una alternativa real) o formación de un proyecto político popular. De manera similar al derrotero de los procesos de resistencia al neoliberalismo en nuestro continente, hoy existe la posibilidad de dar los primeros pasos en la formación del pueblo chileno como un actor colectivo a partir del despliegue de una hipótesis populista de izquierda. Cuando hablamos de pueblo hacemos referencia a la formación de una amplia y abigarrada red de solidaridades de quienes desde diversos espacios sociales (estudiantes, pobladores, profesores, trabajadores, pueblos indígenas, organizaciones feministas, comunidades en conflictos eco territoriales, entre otras), hemos estado resistiendo y construyendo alternativas al neoliberalismo. El pueblo vuelve a aparecer como actor de cambio al calor de la articulación en un proyecto político nacional en oposición a la elite o el anti pueblo. Para eso se articula desde el presente una relación con la historia vivida por el pueblo chileno, desde donde se proyecta una sociedad alternativa (en construcción) y una vía que establece de manera clara y convocante pasos para conseguir una salida al neoliberalismo en nuestro país. De allí que la centralidad estratégica para el periodo debe estar dada por la configuración de esta red de solidaridades en torno a un proyecto de cambio compartido. Tanto la narrativa que acompañe la política electoral como la lógica que organice el trabajo a nivel de los territorios y de los movimientos sociales, deberá articularse en torno a la configuración de lo popular como sujeto protagónico. A diferencia de la orientación progresista, creemos que es desde una identidad popular amplia que se debe convocar a los ciudadanos y no al revés.

A su vez y teniendo en consideración que la forma que asuma el sujeto pueblo se vincula estrechamente a la forma que asuma la disputa política, la apuesta frenteamplista debe desde el comienzo desarrollar una estrategia para fortalecer el protagonismo de los movimientos sociales y desarrollar mecanismos para que colectivamente – y desde abajo- definamos a nuestros representantes y orientemos el proceso. Como dice el Subcomandante Marcos, se trata de mandar pero obedeciendo. Si bien los populismos de izquierdas en Latinoamérica, como en el caso boliviano y venezolano han traído avances significativos en procesos de democratización de las sociedades, también se encuentran atravesados por tendencias que limitan el protagonismo popular y fortalecen el tutelaje de las elites dirigentes de los procesos. De allí la urgencia de fortalecer procesos de dirección colectiva que integrando a los partidos políticos, coloque como protagonista a las organizaciones populares.

Estas orientaciones de una u otra forma, se han levantado de manera transversal en las principales organizaciones que conforman el FA. El siguiente paso está dado porque se comience a expresar en la configuración de una política en clave popular, que articule de manera virtuosa la disputa institucional y la construcción territorial. De configurarse lo anterior, podremos enfrentar en un muy buen pie al futuro gobierno neoliberal, el que sin lugar a dudas será el más débil desde el retorno de la democracia. Porque “somos pueblo” cuando, retomando la posta que nos dejó Allende y los luchadores de los ’80, construimos proyecto para transformar Chile. Este 2017 vamos por más.


Candidata a diputada por el distrito 12