Chile se ha convertido en un país “piñerocéntrico”. Sea para bien o para mal, en positivo o en negativo, la figura de Piñera está virtualmente presente en todos los debates políticos. Frente a una Nueva Mayoría muda sin visibilidad de su candidato desgarrada de la Democracia Cristiana que lleva una candidata solitaria y exento de todo porcentaje electoral relevante, y a un Frente Amplio que se desgasta en rencillas internas y que aún sigue siendo de peso político minoritario, Piñera parece volver como la figura presidencial mejor aspectada. Piñera sabe que si dice o hace cualquier cosa, sea racional o no, sea estúpida o no, será abiertamente comentada por los demás.

Y ese es precisamente el problema. Aunque los demás rechacen sus dichos, confirman su presencia. Él lleva la agenda y la mantiene vigente. Frente a esto, la pregunta que habría que formular es ¿por qué?

Digamos que la época transicional llegó con un “banquete” en el que los hijos de Pinochet devoraron poco a poco al dictador. Le llamaron “alegría”, porque desató la manía entre sus hijos de un Padre que comenzaba su largo periplo de muerte. En el “banquete”, algunos comieron sus genitales (la derecha política) y mantuvieron intacto al fascismo militar en el nuevo campo económico-gestional, otros comieron sus pies (la ex Concertación de Partidos por la democracia) y mantuvieron la humillación propinada por el dictador asegurando una justicia “en la medida de lo posible”. Los hijos de primera categoría (la derecha) y los de segunda (la concertación) compartieron un mismo banquete que renovó el “pacto oligárquico” de Chile bajo el nombre teológico-pastoral de “reconciliación”. En ella, no sólo los militares y el mundo civil se daban las manos a expensas de toda justicia, sino también, los hijos de primera y segunda clase o, como se decía antes,  los hijos “legítimos” que venían directamente de un Padre y los “ilegítimos” que fueron adoptados por el pinochetismo y que, tuvieron que reafirmar con más fuerza, su derrota, renovándose ideológicamente. Los que comieron los genitales y los que comieron sus piernas ocupan diversas funciones en la renovación del pacto oligárquico denominado “democracia”.

Piñera es un hijo intersticial. Está entre los de primera y los de segunda. Hace honor a su pasado familiar demócrata-cristiano, pero sobre todo, ha sido la figura capaz de legar la doble articulación heredada por el pinochetismo: por un lado un cuerpo político-estatal que debe quedar sometido a un cuerpo económico-gestional. Ni Gullier, ni Goic, ni Sánchez tienen esa filiación. Sólo Piñera. Por eso, él puede recibir apoyos de personajes como Sebastián Edwards y dialogar, por sobre las pequeñeces mundanas de las otras candidaturas, directamente con Ricardo Lagos inscribiéndose directamente en el “ideal” de la figura del Presidente de la República. Piñera ha articulado su campaña en reafirmar su filiación no en negarla. Ello le distingue de todos los demás candidatos y es precisamente este rasgo, el que le mantiene en la otrora posición por la que circuló Pinochet y Lagos, justamente de quien ejecutó el golpe de Estado de 1973 consolidándolo en la vía civil con su Constitucón de 1980, y quien sustituyó la firma del dictador en esa misma Constitución.

Pero esta filiación no es cualquiera. Se trata de la filiación de los ganadores (de los winners como los conocemos en Chile). De los vencedores de la historia. Aquella que renueva al fascismo pinochetista en la forma neoliberal del éxito económico. Piñera es un ganador como de otro modo lo fue Pinochet. Un “ganador” que, para serlo, debe saltarse todas las vías legales y sociales de la normalidad viviendo permanentemente bajo el límite de la ley. Ser “ganador” significa atropellar todo lo que impida su triunfo. Pero sobre todo, “ganar” significa aferrar el doblez del poder tanto en su esfera político-estatal como en aquella económico-gestional. Piñera mantiene ese doblez en sus manos. Doblez que tomó Pinochet sirviéndose a la oligarquía a la que él mismo no pertenecía y que hoy, Piñera –Sebastián– sabe que debe mantener si no quiere hacer sucumbir a la oligarquía pequeño-buguesa a la que el mismo pertenece. Si hoy, Chile es piñerocéntrico es porque sigue siendo pinochocentrista, es decir, porque la democracia no fue la despedida de Pinochet, sino el gran banquete de su devoración. Sacrificio del General por sus hijos, e identificación de los hijos con el malogrado General que, viviendo en un nuevo orden político, reproducen democráticamente su violencia.

Piñera es uno de los más astutos hijos. Fue quien, dentro de la derecha, ejerció la mayor violencia contra su Padre votando que NO y entendiendo que no sólo podía devorar los genitales, sino también, de los pies para así agrandar su legado y vestirse de demócrata. Aquél que entendió que debía ir más allá de los hijos de primera y de segunda para convertirse en hermano mayor de todos y cuidarlos: ¿es casualidad que el enemigo número uno del ex presidente sea su hermano José, cuyo rol en la dictadura fue mucho más determinante que el de él? Para nada, es precisamente el síntoma. Sebastián tuvo que desplazar a su hermano y en una lucha sin cuartel quedarse con el botín servido por la dictadura. Se odian porque el hermano mayor terminó trabajando para su hermano menor y porque frente al dogmático de José, este último, fue más astuto. Sebastián entendió que había que ser un político y no un simple “pastor” como José. Entendió que el dogma lleva a servir y no a ser servido.

Todos los demás candidatos rechazan la filiación oligárquica. Guillier menos, pero él mismo se declara “independiente”, como si estuviera fuera de la filiación que articuló a la fuerza militar con la fuerza empresarial en una misma mano y que hoy, en plena agonía del pacto oligárquico de Chile, Piñera se apresta a defender. Por eso, la coyuntura actual no consiste en “cómo derrotamos a Piñera” (como si el problema fuera un asunto personal), sino cómo desarticulamos la fuerza de esta filiación.


Académico, Universidad de Chile