Asisto al lanzamiento del libro Camaleón, del periodista Javier Rebolledo. Una hermosa sala repleta de gente en el barrio Lastarria. Es posible reconocer algunas caras que no se ven muy a menudo. Hay un éxtasis especial en el ambiente. Como si algo fuera a pasar en breve.

El texto del Rebolledo apareció un par de días en los medios de comunicación por su referencia a una supuesta estafa cometida por dirigentes del PC, y que afectó a Mariano Jara, el protagonista de la historia.

Llego al lanzamiento con el libro casi leído por completo a la siga de entender de qué trata específicamente. Hasta donde voy en la lectura, no hay un caso adjudicable a la historia de un militante comunista que infiltra al enemigo.

La primera parte de la obra se refiere a lo que hoy entenderíamos como un emprendedor que no oculta su olfato comercial ni su talante audaz para los negocios. Así, logra construir una no despreciable fortuna.

Por razones que no son las propias de una orden partidaria o de una orientación en ese sentido, el protagonista se ve en medio de los círculos en los que son habituales personajes siniestros de la dictadura. Mientras tanto, en su empresa, un militante destacado en el ámbito de la seguridad, y con ciertos conocimientos del trabajo conspirativo, utiliza la confianza que le tiene el patrón, para los fines del trabajo clandestino. El patrón acepta y colabora gustoso. El partido le nutre una buena, leal y barata mano de obra.

Luego de leer más de medio libro, aún no se encuentra alguna hebra que nos conduzca a una historia de un espía que logra penetrar el férreo mundo del poder de la dictadura. Un mundo en que vive esa gente que lo controla y domina todo, incluidas la vida y la muerte de sus enemigos.

En rigor, una operación de penetración al enemigo, vista desde el punto de vista de una organización revolucionaria, siempre estará en un contexto estratégico y, por lo tanto, tendrá misiones muy precisas en términos de información, la que servirá para cuestiones de seguridad y/o para impulsar operaciones de castigo, recuperación o de propaganda.

Saber lo que hace y dice en enemigo y dónde y cómo lo hace, es el sueño de toda organización que conspire.

Pero el protagonista no entrega información. Haber hecho amistad con sujetos de esa calaña y por esa vía haber logrado granjerías económicas no lo hace una espía de la causa. Diría que, al contrario, constituía un peligro para los compañeros que sí conspiraban en sus cercanías.

Para ser espía hay que espiar. Y ese estatus, según los parámetros de toda organización revolucionaria, muy rara vez es producto de una casualidad. Lo que siempre es muy extraño y peligroso, es hacer amistades profundas y hermanables con sicarios y asesinos.

Este señor no tuvo una misión entregada y controlada por algún mando, ni tuvo un sistema de comunicaciones, ni tomó medidas de contra chequeo, ni entregó datos de objetivos sobre los cuales se podía haber operado.

Hubo otros muchos que sí tuvieron tareas de esa naturaleza durante la dictadura. En el libro aparecen algunos datos al respecto. De esa gente nunca se ha dicho nada. Pudor, lealtad compartimentación. Las razones para callar son muchas.

Y esta historia más parece un intento de un sujeto para blanquear una vida con muchos más grises que blancos. Creo que Rebolledo debió ahorrarse esos años de trabajo.

El mismo autor no le cree. Usa un tiempo valioso, muchas páginas, en tratar de comprobar o desnudar cada palabra que le escucha. Se da mañana para contrastar sus afirmaciones con testigos de la época y el protagonista, Camilo, casi siempre sale para atrás. Casi nada de lo que ha afirmado es cierto.

Vivo como él solo, el protagonista se alía con cierta falla en la memoria de testigos que podrían desnudarlo mejor.

Tanto o más que la historia de un camaleón, es una mala historia de un simulador. ¿Necesitó de ese estilo de vida para apoyar el trabajo de los camaradas?

Muchos en ese tiempo revuelto y complejo usaron las circunstancias por las que atravesaba el PC para su propio beneficio. La militancia de esa gente jamás fue un obstáculo para negociar cheques al partido. Y para muchos otros, como uno de los personajes del libro, quedarse con maquinarias, casas, parcelas, vehículos, dinero, armas, etc.

Por eso hay varias cosas que me resultan especialmente extrañas en este lanzamiento. Veo caras antiguas. Gente que tuvo responsabilidades clandestinas. Gente de los Equipos del PC y de la Jota de esos tiempos, gente del Frente, gente jugada y honesta que aplaude a rabiar a un sujeto que lo único que hizo fue negocios.

Y si en efecto, se utilizaron sus instalaciones para el trasiego de hombres y armas, fue bajo un peligro inminente que ningún jefe con algo de criterio, ¡ninguno!, habría aceptado.

Quienes trabajamos en la clandestinidad de aquella época dura muchas veces cometimos el error de irnos por el lado fácil: el mismo compañero buena onda, la casa archi repetida, las mismas vías, etc.

No hay una historia en este libro. Debió ahorrarse el tiempo Rebolledo, o quizás, haberle metido mano a varios temas interesantes y eventualmente heroicos que se alcanzan a vislumbrar en su libro. Tal es el caso de los míticos equipos de AD y de sus legendarios jefes. Rebolledo no sabía que eso existía. No era un aparato militar. Era el Equipo. Y ahí sí que hay historia.

Hace unos cuarenta años el Pelado Hernán, del Equipo del Oeste, nos contaba la historia de su abuelo Pedro, el que utilizó su pseudónimo hasta su muerte, que estuvo a cargo la seguridad de Luis Emilio Recabarren, llevando un choco debajo de su poncho.

Pero el que quiera hacer la historia de esa gente va a tener un problema. Esa gente no habla. Ya lo dijo uno de esos hombres en el libro. No. Por muy enojada que esté con el partido, esa gente no habla.

Sin querer me presentan al vejete que se quedó con la famosa parcela. Lo pensé, pero no fui capaz de preguntarle cuando iba a devolver lo que no era suyo. En fin. Siempre hubo gente que se quedó con los bienes que eran del partido. Recuérdese la larga pelea que se dio para recuperar la sede de San Pablo.

Casi me olvido.

El lanzamiento del libro de Rebolledo, ya decía, con un lujo de público que repletó el salón del MAVI, se aplazaba porque uno de los presentadores no llegaba. Una nerviosa niña avisaba de vez en cuando que el sociólogo y cientista político Alberto Mayol, estaba en un taco.

El candidato a diputado por el Distrito 10, llegó cuando ya le tocaba hablar. Y lo hizo.

A mi lado escuchaba con suma atención un muy querido compañero de esos tiempos. Terminó de hablar el sociólogo y nos miramos al borde de la risa. Yo lo dije primero.

– No lo leyó, ¿verdad?

– ¿El Libro? ¿Mayol? No, no lo leyó.

– Pero es una gracia igual haber metido la cuchara improvisando…

– Sí, es todo un arte…