Era una mañana de verano en el litoral central y Alejandro Cicarelli ya gozaba de su gran fama como pintor. Teniendo ante sí la magnitud del horizonte, instaló su atril y se dispuso a retratar aquello que prontamente sería un atardecer. Dedicó toda la tarde a terminar ese pequeño trabajo, que seguramente tenía la simple pretensión de un ejercicio. Durante su jornada, una elegante señora de alta clase estuvo atentamente observando al pintor, al cual se le acercó una vez que este ordenaba sus cosas para retirarse junto con el sol.

La mujer saludó cordialmente al pintor, lo felicitó por su trabajo y lo halagó por su talento, para luego solicitarle si acaso podría retratarla al día siguiente, antes de su retorno a la capital. Cicarelli sonrió y le dijo en tono amable que eso sería imposible, que no alcanzaría. La mujer, con cierto grado de irritación, le reprocha que cómo no va a alcanzar si pudo pintar un paisaje entero en una sola tarde. Cicarelli señaló el cuadro que ya llevaba bajo el brazo y le contestó amable: «Se equivoca señora, tardé 60 años en pintar este cuadro».

Pareciera que los hermanos Dardenne filmaran siempre la misma película. Durante 20 años, desde La promesa (1996) hasta su más reciente estreno La chica desconocida (2016), Jean-Pierre y Luc Dardenne nos sitúan una y otra vez frente a un cuento urbano de la clase baja: un joven enfrenta a su padre que abusaba de los inmigrantes indocumentados; una joven dispuesta a lo que sea a fin de conseguir un trabajo decente; un padre que reprime su rencor ante el asesino de su hijo; un joven padre que vende a su propio hijo; una mujer que se casa con extranjeros a fin de venderles la nacionalidad; un niño abandonado que se refugia en el cariño por su bicicleta; una mujer que debe convencer a sus compañeros de trabajo para que renuncien a un bono a fin que ella no sea despedida; y, en esta última entrega, una joven doctora que se obliga a encontrar la causa de muerte de una inmigrante, a la que negó el auxilio en su último instante de vida. Retratos de la sociedad que han permitido una lectura superficial del cine de los hermanos belgas, comprendido como “cine social”. Pero como sostiene Luc Dardenne en sus memorias: «Decir que el nuestro es cine social, es como decir que Crimen y castigo se trata de la vida de los estudiantes rusos a fines del siglo XIX»

El cine de los Dardenne da cuenta de un pequeño mundo que repite ciudades, actores y maneras de mostrar los gestos que llevan a sus personajes a tomar una decisión. En ese sentido, los Dardenne nos muestran el momento en que se toma una decisión moral, que no es atravesada por ningún criterio de mercado. Podríamos decir que el cine de los Dardenne es una crítica al capitalismo, no en el sentido tradicional del cine que denuncia cómo es que los poderosos oprimen a los débiles, sino mostrando cómo es una vida que no depende del dinero ni el individualismo. Lo que nos muestra cada filme de los Dardenne es el fragmento en la vida de uno de sus personajes, un fragmento cuyo comienzo no es claro y cuyo final es abierto. Eso lo hacen una y otra vez, dejando como pistas una serie de asuntos recurrentes: el compromiso con los desconocidos, la renuncia a lo propio en favor de lo común, la responsabilidad por el prójimo, el desapego a lo material, son actitudes que dibujan la disposición política de los personajes.

En La chica desconocida nos muestran nuevamente esos valores que no dependen del capital y nos enseñan cómo podemos hacernos cargo del duelo ajeno, del duelo de una desconocida. No son simplemente dilemas ideales cuya resolución nos entrega una moraleja, al estilo de los cuentos morales de Éric Rohmer; pero tampoco son las reflexiones proletarias militantes de un cineasta como Rainer Werner Fassbinder; menos aún es el cine marxista de Patricio Guzmán o Miguel Littín. Los Dardenne nos muestran ese fragmento de vida, no con el fin de llegar a una resolución del conflicto, sino para construir el medio por el cual se llega a esa decisión: los personajes de los Dardenne experimentan un cambio que los lleva a incorporar todo lo que hacen en aquello que llegan a decidir, ya sea a prometer algo a un desconocido o a emprender la búsqueda de la verdad de una muerte ajena. El de los Dardenne es una especie de comunismo en que cualquiera se compromete con cualquier otro, sin la necesidad de un lazo económico, amoroso, laboral ni familiar anterior. Y esa relación entre dos desconocidos se da en un contexto histórico que la pareja de hermanos no pretende jamás eludir: la crisis de inmigración en la Europa de los 90; los problemas políticos entre Europa occidental y oriental; la crisis económica del 2008; y la nueva crisis de migración posterior al 2015, son los escenarios máximos en que este comunismo toma una forma mínima.

Si al paso nos fijamos en un solo filme de los Dardenne, fácilmente podemos decir que es  simplemente cine social, e incluso de denuncia. Pero si miramos su obra en extenso, podemos proyectar un sostenido compromiso con una determinada crítica al capitalismo como sistema que modela la vida en función del dinero. Lo que hacen los Dardenne es mostrarnos cómo es una vida más allá del capital, o incluso más: cómo es que en nuestra vida cotidiana ya hay destellos de esa vida que no depende del capital. Y mostrar eso no se hace de un momento a otro, sino que tarda una vida. Es por eso que esta reciente entrega de los Dardenne no se filmó de un año para otro, sino que lleva 20 años filmándose.


La mirada de los comunes