En el barrio que me cobija hoy, en pleno centro de la ciudad, son tan escasos los jardines que los conozco todos, y quienes disfrutamos su presencia somos testigos privilegiados de sus vidas, e incluso de sus muertes, cuando una empresa desnaturalizada se hace de alguna casa y transforma ese espacio en un vacío estacionamiento, dándole un poco más de poder al concreto.

Pero hoy hemos sido sorprendidos por un Rosal que vive entre Cardenales, y que al parecer en un esfuerzo primaveral, logró lanzar una de sus rosas fuera de su órbita.

Y lleva ahí varias horas, observando nuestro devenir, quizás alentando a sus compañeras a que salgan tras la reja, a reinar sus dominios.

No me pude resistir a la curiosidad y hablé con los Cardenales, que estaban muy alborotados y más rojos de lo acostumbrado y me dijeron que nada bueno le esperaba a esa atrevida, que nunca se había visto algo parecido en esa calle, aunque noté en sus palabras cierta envidia y resentimiento al no aceptar por ningún motivo que ella realmente se veía muy bella allá arriba.

Entonces decidí hablar con las demás rosas, pero fue muy difícil obtener más declaraciones que un triste reconocimiento de que su compañera había enloquecido. Estaban como avergonzadas y finalmente habló un viejo Hibisco que hace tiempo no escuchaba, y me dijo: “Cada cierto tiempo este rosal tiene hijas extraordinarias, muy valientes, trabajadoras y esforzadas, pero esta primavera fue inusual y surgió ella.”

Y la estuve observando un buen rato, e incluso intenté hablarle, pero ya estaba muy alto, sencillamente dominando su reino.