Solían abrirse sólo cuando una persona escogía la tenida que iba a utilizar. Dentro se podía guardar cualquier estilo de ropa. Existían de todo tipo, forma y tamaño. Hasta se pueden encontrar unos exclusivos para zapatos o carteras.  Ese clóset – o armario en el extranjero –, está en casi todos los hogares del mundo. Las puertas que vamos a abrir, son de uno muy diferente.

Descubrir tu sexualidad es de un nivel de intimidad insospechado. Algunas lesbianas lo supieron de toda la vida; otras lo tuvimos que descubrir en el camino. Puede pasar a cualquier edad o etapa de tu vida.  Es el primer acercamiento al clóset.

Abriendo puertas

Para salir del clóset, hay que entrar en él. Tienes dudas, a veces lo sabes, “te gustan las mujeres”. No eres lesbiana, ni pensarlo. Llegado el momento; por miedo al entorno, rechazo y vergüenza propia, o hasta sin darte cuenta; lo reprimes, lo ignoras o lo escondes. Entraste.

Queramos o no, el encierro empieza a afectar. Eso del Orgullo tiene relación con el amor propio; una parte de él se pierde en ese oscuro rincón. En pareja esconderse es más complejo. Y perdidamente enamorada, es triste no compartir esa felicidad con tu gente.

Te sientas y dices – ahora sí – que eres lesbiana. La primera puerta se abre. Te sacas una pesada mochila de la espalda. Y empieza el desfile de confesión; algunos amigos, otros familiares, ¿algún colega? Nuevamente la decisión es personal y cada historia es distinta.

Más de alguien se enojó conmigo, “por no haberle contado antes”. No nos juzguen. Sentarte frente a todos para contarles lo que haces o quieres hacer en la cama, es una situación extraña. Imagínenla.

Cada salida del clóset es diferente, igual que cada respuesta que recibes. Pero en la mayoría de los casos – cada uno con sus tiempos – los que te quieren, te quieren y punto. Y la gente que no está dispuesta a aceptarte, se lo pierde.

Algunas lesbianas salen del armario de un salto, abren las puertas de par en par. Otras nos damos más tiempo. Una puerta a la vez. Yo demoré varios años. También están las que nunca dan este segundo paso.

Mucha gente que te quiere y “acepta” cambia su actitud frente a tu orientación sexual en este punto de la historia. Una cosa es que lo seas y otra que se note tanto o que lo estés publicando. Todos sabemos que es tu polola, ¿será necesario verlas besándose? ¿Tienes que ir de la mano en la calle? No es fácil para nosotras, para ellos tampoco.

La puerta se abre cuando normalizas tu vida; sientes, por fin, orgullo de ser quien eres. Te comportas igual que si tu pareja fuese un hombre. Ahora sí. Estás fuera del clóset. Donde nunca debiste entrar.

Hay que educarlos a todos

Para que nunca más una lesbiana viva dentro de un armario habría que educarlos a todos. Enseñarle a todas las niñas desde pequeñas que enamorarse es una de las cosas más bellas del mundo y que nunca deben juzgar su propio corazón. Imposible, lo entiendo. Romanticismo y utopía pura.

Lo que es completamente aterrizado y realista es que la única manera de nunca entrar al clóset es en un entorno que no esté tan heteronormado; en el que no se asuma que todas las niñas son heterosexuales y se les permita crecer amándose libremente, sin que sientan la necesidad de esconderse. De encerrarse en el clóset.