Las elecciones legislativas del pasado 15 de octubre en Austria dejaron un escenario del todo excéntrico y paradójico.

La extrema derecha y la derecha consiguieron el 57,7 por ciento de los votos, lo que prácticamente asegura que el líder de los conservadores del ÖVP, Sebastian Kurz, se convierta en los próximos días en el primer ministro del país. Eso, pese a que aún no está claro si el acuerdo de gobierno será de la mano de la ultraderecha (FPÖ) o de los socialdemócratas (SPÖ).

Con sólo 31 años, el discurso xenófobo y racista de Kurz ha arraigado en la sociedad austríaca, atacando al islam y en contra de la llegada de refugiados.

Los más perjudicados de la pasada contienda electoral fueron los Verdes, quienes perdieron sus feudos tradicionales en una fuga de votos hacia los socialdemócratas para evitar la victoria de la derecha apelando al voto útil, y también hacia la “Lista Plitz”, una nueva formación escindida de los ecologistas y encabezada por uno de sus ex líderes. Los de Peter Plitz consiguieron un 4,3 por ciento de los votos y ocho diputados. En cambio, los Verdes se quedaron con un 3,8 por ciento, sin alcanzar el 4, perdiendo -así- la opción de tener representación en la Cámara.

La gran contradicción es que el presidente austríaco, Alexander Van der Bellen, es antiguo líder de los Verdes. Pese a que se presentó a las elecciones de mayo de 2016 como independiente -en una ajustadísima contienda contra el ultraderechista Norbert Hofer (FPÖ)-,  y que durante su primer año se ha esforzado en subrayar esta idea, sus postulados quedan muy lejos de los que defiende el nuevo primer ministro del país.

Ahora, un año y medio después, compartirá el poder con Kurz y, si finalmente éste pacta con el FPÖ, también tendrá que hacerlo con un vicecanciller de ultraderecha.