El pasado miércoles primero de noviembre Carlos Peña escribió en El Mercurio sobre los errores que algunas candidaturas políticas estarían cometiendo al no lograr caracterizar adecuadamente a una “nueva clase media” que, en su opinión, decidirá la próxima elección presidencial.

La mirada de Peña resulta interesante porque es un esfuerzo consciente por definir al sujeto social que buscó constituir la vieja Concertación y, en general, todos aquellos sectores liberales y progresistas que continúan confiando en un capitalismo humano como modelo de desarrollo y progreso.

Su argumentación se levanta desde dos supuestos: el primero, que la “clase obrera” ha disminuido en número a lo largo de las últimas décadas, a diferencia de lo que habría imaginado Marx en su momento; el segundo,  que esta “nueva clase media” se ha nutrido por el avance social de aquellos segmentos de la clase obrera que han podido acceder a mayores niveles de educación y nuevos bienes de consumo, hasta transformarse en mayoritario.

Esta visión es coherente con la postura tradicional de quienes ven en los actuales conflictos sociales de nuestro país el anhelo de estas capas medias por participar del modelo, en contraposición a una lectura todavía no articulada de manera totalmente coherente de quienes ven la necesidad de superar el neoliberalismo.

Desde nuestra óptica, el principal problema de lo planteado por Carlos Peña es conceptual: confunde a la clase trabajadora con ser pobre, y a las capas medias con quienes abandonaron la pobreza. Esta confusión puede deberse a que durante mucho tiempo se ha extendido una malinterpretación de los conceptos marxistas, de la mano de un marxismo superficial o vulgar, en el que pareciera caer Peña en su columna.

La verdad es que la clase trabajadora no sólo no significa ser pobre y ser de clase media no significa tener acceso a nuevos bienes de consumo. No es eso lo que determina la posición de clase. La clase obrera no ha disminuido, sólo se ha transformado a medida que se han desarrollado las fuerzas productivas, pero quienes se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para ganar un salario a cambio continúan siendo la mayoría de la estructura social en el capitalismo, y Chile no es una excepción.

Clase trabajadora y capas medias: una clarificación necesaria

¿Quiénes son esta clase media tan manoseada, a la que tantos políticos apelan, y que algunos incluso llegan a situar en cerca del 65% de la población? La verdad, las capas medias están constituidas, desde una perspectiva marxista contemporánea, por aquellos asalariados que poseen calificaciones de alto nivel –expertos, consultores, profesionales de mandos intermedios- y quienes poseen cargos investidos de autoridad en empresas o instancias estatales –supervisores y gerentes-.

Son precisamente estos altos niveles de cualificación, autoridad o nivel salarial los que diferencian a estas personas de la clase trabajadora, no sólo en su nivel de vida sino también en términos de sus intereses de clase, tendiendo a ser más conservadores al tener acceso a ciertos privilegios en relación a los trabajadores.

Entonces ¿quiénes son los trabajadores? Para ser parte de la clase trabajadora no es necesario ser pobre o vivir en un campamento o ser indigente. Por el contrario, está conformada por trabajadores calificados, profesionales que se encuentran trabajando en condiciones precarias -por ejemplo a honorarios-, y también por trabajadores no calificados, de todas las ramas de la producción y servicios.

Utilizando estas definiciones, y si nos remitimos a las cifras de la Encuesta de Movilidad Social en Chile del año 2001, y a la Encuesta Nacional de Empleo, Trabajo y Salud de 2010, podemos ver que quienes conforman la clase o capas medias disminuyeron en ese período desde el 23% al 16%, mientras que en la clase trabajadora las cifras aumentaron desde el 52% al 55%. A ellos se podría sumar el aumento de quienes trabajan como auto-empleados, o sea son dueños de medios de producción sin empleados, o trabajan para sí mismos, que aumentaron del 17% al 18%.

Es cierto que estos trabajadores son distintos a los que daban vida a la industria textil en los años 60 en Chile, y que quienes trabajan en áreas como la construcción o las industrias productoras de materias primas como la minería, el sector forestal o agropecuario, son una minoría ante el crecimiento del sector servicios.

Sin embargo ello dice relación con la transformación de la estructura productiva del país en las últimas décadas. Si esperamos que la clase trabajadora sea la misma que hace medio siglo, sin duda nos parecerá un concepto anacrónico, desgastado y que no representa la realidad nacional contemporánea. Pero los números no mienten, y la mayoría de la fuerza de trabajo del país está compuesta por asalariados con ocupaciones de calificación baja o media, con importantes niveles de subordinación en sus puestos de trabajo.

Si bien los trabajadores del país pueden desempeñarse en ocupaciones o ramas de actividad económica muy disímiles, están hermanados no sólo por la precariedad del trabajo actual, en donde estar más de 5 o 10 años en un mismo lugar es un sueño lejano para quienes no se desempeñan en el aparato estatal –excepto para las decenas de miles de trabajadores honorarios que realizan labores permanentes-, sino también porque el acceso a los bienes de consumo que menciona Peña, se logra en buena medida al endeudamiento.

El desafío para las fuerzas agrupadas en el Frente Amplio es precisamente hacerse cargo de esa transformación que ha sufrido la clase trabajadora en nuestro país, sistematizar políticamente sus demandas, entusiasmar y hacer parte de su proceso de constitución como alternativa política a esos miles de trabajadores y trabajadoras que actualmente no sólo no votan, sino que no tienen posibilidades de defender sus intereses ni en sus barrios, ni en sus lugares de trabajo.