Comencé el año pasado con la primera y segunda parte de “Los diarios de Emilio renzi”, alter ego de Ricardo Piglia y en el medio se nos cruzó la muerte del autor de “Plata quemada” el mes de enero, antes de que el tercer volumen pudiera ver la luz. Publicados de manera póstuma, el tercer tomo de estas memorias profundizan en esos días terribles y aciagos que significó la dictadura Argentina, “Los años de la Peste”, para luego centrarse en lo que Piglia denomina “Un día en la Vida” (que le da el nombre al tercer volumen).

Este resumen es una síntesis en que se abandona el estilo del diario inicial, día por día, mes por mes y año tras año, que desde 1956 Piglia escribía tomando el nombre de su abuelo, que era también el propio: Emilio Renzi. Año tras año, en una aventura tomada de una decisión adolescente, nos va presentando la vida de este personaje semi real o semi ficticio, que aparece además en la mayoría de los relatos de Piglia.

Uno nunca sabe qué hay de realidad o que hay de ficción cuando Piglia escribe. Qué tanto del Piglia real tiene Emilio Renzi o qué tanto de lo que Piglia hubiera querido ser, o de la imagen que quería proyectar, o de la utopía en la que se quería convertir. En ese día en la vida, aparece quizás el Piglia más real, el de la consolidación en una larga jornada que atraviesa décadas y que nos aclara qué fue lo que pasó con este hombre que partió siendo un estudiante que quería vivir de la literatura y que conocimos ya cerca de su muerte convertido en todo un escritor. En un crítico literario, como presentador en programas de televisión sobre Borges y haciendo clases en los Estados Unidos.

Conociendo el final de la historia me intrigaba qué había sucedido con este hombre solitario, con sus manías y sus delirios de persecución acentuados en la dictadura. Bueno, el enigma se ha cerrado y también se ha abierto. Ahora que conocemos el medio, tendremos que volver a vivir el pasado y entender el presente que tiene Piglia y la importancia de sus diarios, no sólo del magnífico volumen tres. Y digo esto porque la tercera sección del libro, “Días sin fecha”, nos regresa al estilo clásico del diario, pero con una condición. Sabemos que el libro se está terminando, quedan ya pocas páginas y queremos morbosamente llegar a entender qué pasó por la cabeza de Piglia en esos últimos días en que ya estaba declarada su enfermedad, en que regresa a su querida Argentina y se hace lentamente consciente de su creciente incapacidad para moverse. Todo fuertemente relatado en las últimas dos páginas del libro y en su última sentencia: El genio es la invalidez.

Ya casi un año que estoy con los diarios. Los dos primeros los hubiera podido leer rápido y fugaz, y olvidado también con la misma velocidad. Pero entendí desde el inicio, desde la primera página de “Años de Formación”, que estaba frente a una posibilidad inédita en la lectura de un autor.

A lo largo de mis años he seguido a varios escritores, obsesivamente como también lo hacía Piglia, desde sus primeras obras hasta el fin. Los que están vivos todavía me pueden sorprender con alguna nueva novela o cuento, pero con muchos ya hice la tarea de conocerlos a través de sus escritos. Con Piglia se me presentó una oportunidad que no creo que se vuelva a repetir. Accedí al corazón creativo de un narrador que durante años fue tomando nota de sus procedimientos mentales, de sus ideas, de su forma de interactuar con el mundo y eso ha quedado plasmado en sus diarios. Así que decidí que el propio Ricardo Piglia debía orientar mi lectura de Piglia y cada vez que aparecía alguna mención a los textos que estaba componiendo, a las miles de ideas que tenía cuando leía y pensaba sobre literatura, me sentía obligado a saltar sobre sus obras ya publicadas.

Siguiendo los diarios, he podido conocer de manera íntima, en la trastienda del creador, tras las bambalinas de la expresión literaria, sus primeros libros de cuentos como La Invasión y Nombre Falso, Prisión Perpetua, Respiración Artificial (su gran novela), Ciudad Ausente y Crítica y Ficción. Y sé que todavía me falta mucho para conocer al autor y su obra, pero con la lectura de los diarios, acompañando la lectura de sus obras, se puede intentar comprender, diría en mi razón antropológica, etnográficamente, los complejos artefactos culturales que ha creado Ricardo Piglia a lo largo de su vida. La oportunidad única de ver a un pensador en su proceso creativo a lo largo de los años, captar el vínculo entre experiencia vivida y producto final, la relación con la vida, la sociedad, la cultura y el arte como productos de lo vivido.

Como ejercicio no deja de ser una fantástica y alucinante cruzada que me ha llevado por senderos insospechados y claramente infinitos. Entender antropológicamente a Piglia, tomar el sentido etnográfico de sus diarios para comprender y conocer a un autor, a una obra, una actividad, un país, un continente y finalmente al mundo entero. Piglia nos permite ver el mundo a través de sus ojos, de un ser normal, nacido en una ciudad pequeña, nieto de inmigrantes, con sus manías, deseos y desvaríos a lo largo de los años. Leer estos diarios ha permitido conocer también la misma literatura y a escritores para muchos de nosotros completamente desconocidos, como Roberto Arlt y Juan José Saer, como Macedonio Fernández, o entrar desde otro lado a Sarmiento, Silvina Ocampo, Borges y Cortázar. Pero también a los maestros rusos, los europeos, los norteamericanos, todos presentes asistiendo a esta gran fiesta que organizó Piglia durante años y que vino a llamar los Diarios de Emilio Renzi.

En este año de lectura he conocido más de Argentina que en toda mi vida y ahora entiendo mucho más lo que ha pasado en el cercano país, conozco a sus políticos, a su historia, sus figuras míticas y sus infinitas rutas del arte. Leer los diarios de Piglia es la gran oportunidad que tenemos de conocer la vida como ella fue, con la crudeza de un testimonio salvado de las aguas siglos después, como nos adelanta el mismo Emilio Renzi ya cerca del final del libro, en un futurista ejercicio al estilo de Philip K. Dick, en que todo un mundo pasado, presente y futuro, se despliega a través de un escritor:

“…El diario que escribe es para él un laboratorio de literatura potencial. La última obra gravitacional y extensa. Es un conjunto inórgánico y en movimiento; todos los materiales son reales, las palabras han sido previamente vividas por él, en este sentido es un documento antropológico sobre la vida de un terrícola que podría ser usado por un lector de otro planeta para entender los modos de vida de una comunidad humana específica y localizada y fechada con exactitud. La vida o las vidas de un particular que en su lejana juventud apostó todo a la palabra escrita…”


Doctor en Antropología, docente de la UAHC, licenciado en educación e investigador principal del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas (ICIIS)