Todavía estamos digiriendo lo que pasó en las elecciones parlamentarias y primera vuelta de las presidenciales. Sin duda lo más llamativo y trascendente fue la alta votación que sacó el Frente Amplio con la candidatura de Beatriz Sánchez y su flamante bancada parlamentaria.

Al día siguiente de estas elecciones ya salieron decenas de columnas y programas de discusión a intentar explicar lo acontecido. Varios columnistas y opinólogos todavía no se recuperaban de la resaca de llevar meses prediciendo un resultado basado en errores de las encuestas y en errores de juicio propios (aunque esto último, salvo algunas contadas excepciones, se rehusaban a reconocer). De pronto, la historia política del último tiempo tenía que ser releída. Sin la certidumbre de las valoraciones que hegemonizaron el debate público y el coro que las reafirmaba, decisiones políticas que se tomaron, y supuestas derrotas y victorias que se decretaron, empezaban a tambalear.

Intentar entender ese desborde electoral apelando a la gramática política de los noventa es un ejercicio fútil. A pesar de la resistencia de algunos, necesitamos una nueva gramática para entender estos fenómenos. Sólo así se evitarán errores como, por ejemplo, el de plantear que la oposición a las reformas del gobierno se pudiera resolver “desplazando el discurso hacia el centro” mediante fórmulas como la del, a estas alturas desperfilado, “realismo sin renuncia”.

Se puede clasificar las tesis que han estado en disputa en dos grandes categorías. Por un lado, las que han centrado su mirada “desde arriba”. Vale decir, desde el mundo de la orgánica de la representación política. Por otro lado, las que han intentado explicar el escenario “desde abajo”, desde la conformación social y los cambios culturales.

En esta columna intentaré resumir las principales tesis en disputa, que marcaron la antesala de las elecciones “desde arriba”. En una próxima columna me referiré a las tesis “desde abajo”.

Son dos las explicaciones desde arriba que se han dado para explicar el debate de los últimos meses. En primer lugar, la explicación más sencilla y lineal ha sido la de la “renovación generacional”. Básicamente, aduce esta visión, estaríamos ante la presencia, ocasionada por el irrevocable paso del tiempo, de una nueva dirigencia política que ha venido a jubilar a los que han que han estado a la cabeza del debate político desde el fin de la dictadura. Saltándose a la generación que se formó en los 80´y 90´, un nuevo contingente de treintañeros ha salido a disputar el poder, tanto en la derecha como en la izquierda, con mayor o menor éxito. Así se explicaría que hoy tengamos un parlamento más joven, con nuevos partidos cuyos dirigentes principales no comparten la experiencia de vivir bajo la dictadura. En esta perspectiva, el surgimiento de Evopoli sería el equivalente del surgimiento del Frente Amplio: dos manifestaciones del mismo fenómeno de lucha de generaciones.

Sin duda algo de esto existe. Quién podría cuestionar la emergencia de nuevos liderazgos y un rejuvenecimiento de los principales voceros en el debate público. Sin embargo, sería difícil reducir el fenómeno a esa arista. Los candidatos más jóvenes de las fuerzas políticas tradicionales no tuvieron mejores resultados que sus contrapartes. Reducir el debate en términos generacionales tiene una gran ventaja para la generación anterior. Significa que no lo han hecho mal, que sus proyectos e ideas siguen siendo igual de adecuadas, solo que la sociedad está pidiendo un cambio de personal. La dirección es la correcta, pero se necesitaría un nuevo piloto. En este caso, los términos del debate se vuelven hacia la soberbia e impetuosa juventud, mirada con cierta condescendencia, quizás con un poco de ternura paternalista, por la experiencia sabia.

Una de las debilidades del análisis generacional es que no da cuenta de que el fenómeno en la izquierda y en la derecha, pese a las apariencias, son diametralmente distintos. Mientras que en la izquierda surge una nueva fuerza que empuja un cambio de rumbo para Chile, si algo terminó de consolidarse en estas elecciones es que, la “nueva derecha” efectivamente se consagra como un potente cambio generacional, pero sin una modificación de rumbo. Una nueva derecha que ya no carga con el peso de la historia y puede condenar con claridad los atropellos a los derechos humanos de dictadura, pero no pretende un cambio significativo en el rumbo ideológico y programático de sus predecesores. El liberalismo de derechas es uno de los grandes derrotados de estas elecciones. No por nada Felipe Kast casi no mencionó la palabra “liberal” en su campaña (en vez de esto se utilizaron términos como “una derecha moderna”, “una derecha diversa”, “una derecha social”, etc.), con la curiosa excepción de usar esa identidad para justificar una postura conservadora, argumentando una oposición total al aborto “por ser liberal”. Es más, la nueva senadora electa de Evopoli ya confirmó, en sus primeras declaraciones, que sus posiciones ideológicas en estos aspectos son conservadoras.

Por otra parte, en una variante de esta tesis de recambio generacional, algunos han visto la emergencia de nuevas fuerzas como un rechazo a las “malas prácticas” de la política tradicional. En esta visión, más que juventud, lo que la ciudadanía busca en estos nuevos rostros es la certeza de que no estén involucrados en los casos de corrupción o uso inadecuado del poder, o maleados ya por esas prácticas.  Esta sin duda es una argumentación que ha marcado el debate y las elecciones recientes. El magro resultado de la UDI y algunos partidos de la Nueva Mayoría, al igual que el de Sebastián Piñera, podría explicarse en parte por este elemento. Sin embargo, una campaña fallida, enfocada en la “decencia en la política”, como la de Carolina Goic, parece indicar que este factor, aunque relevante para bajar candidatos y apoyo a proyectos políticos, es menos potente para levantarlos. En definitiva, la gente castiga a quien considera corrupto, pero no se siente motivada por otro candidato, por el mero hecho de mostrarse libre de esas prácticas.

La segunda perspectiva “desde arriba”, consiste en plantear que uno de los aspectos que marcó esta elección es la caída de la coalición de centro izquierda. Una descomposición que se reflejó con claridad al ser esta la primera disputa electoral, desde el golpe de Estado, en que la DC y el resto de las fuerzas de la centroizquierda, llevaban candidaturas distintas.

La Concertación fue, qué duda cabe, una coalición electoralmente muy exitosa. La principal tesis que permitió consolidar esa coalición no es ningún misterio y se ha discutido hasta el cansancio: “la unidad del centro con la izquierda”. Básicamente, las cicatrices de persecución y exilio de la dictadura habrían llevado a reconocer una virtud en la capacidad de mantención del orden institucional, que pudiera tener una alianza como esa. A esa conclusión habrían llegado algunos, al considerar, con un poco de nostalgia avergonzada, las decepciones de sus juventudes impetuosas y revolucionarias. Asimismo, el proyecto de Allende y la Unidad Popular, según las tesis concertacionistas predominantes, habría fracasado debido a que le faltó amplitud, al aislarse en el tercio de la izquierda. Es decir, solo la amplitud, medida en el eje izquierda-derecha, podría alcanzar un espacio de mayoría suficiente para bien gobernar.

Desde esta mirada, en sectores de la DC se sostuvo con vehemencia que la incorporación del PC a la coalición de gobierno y el empuje reformista del primer año del gobierno de Bachelet había roto este virtuoso pacto, al “mover a la coalición hacia la izquierda”. En esta tesis, el centro político habría quedado huérfano, por cuanto la DC se habría visto arrastrada hacia la izquierda con el resto de la coalición. Los intentos de recuperar el rumbo (como el mencionado “realismo sin renuncia”) no habían sido suficientes. Sólo el camino propio permitiría a la DC recuperar ese centro, verse fortalecida y volver a encontrarse con sus socios históricos de la Concertación para reconfigurar una alianza en que el eje se encuentre más cerca de sus posiciones. Una apuesta que, a la luz de los resultados electorales, no funcionó. El “centro” no fue a votar a en masa por su autoproclamada representación política.

En efecto, tal como lo insinúa el fallido intento de la DC, y tal como lo muestran los resultados de la encuesta “Triangular” (y lo refrendan otros estudios), la mayor parte de la población no se identifica con una posición en el eje ‘izquierda/derecha’ (56%). Ello, sumado a la profunda desconexión de la mayoría de los partidos con la ciudadanía, debilita todo análisis y toda estrategia basados en una postura de alianzas entre algunas orgánicas partidarias, justificada con una gramática delineada sobre el eje tradicional izquierda-derecha. La incapacidad de aquilatar este hecho, que marca nuestros procesos sociales y políticos actuales, ha impedido también tomarles el peso completo a las implicancias del surgimiento de una nueva fuerza política que, en las recientes elecciones municipales en Valparaíso, derrotó a la centroizquierda y a la derecha tradicionales y, en la reciente primera vuelta presidencial, por muy poco no pasa a segunda vuelta desplazando a todas las orgánicas partidarias de la centroizquierda tradicional.


Licenciado en Letras Hispánicas e Ingeniero Comercial PUC. Militante de Revolución Democrática.