“Quizás, sin percibirlo aún, aquellos jóvenes militantes se encontraban aún inmunes a la infección cultural del neoliberalismo en gestación, aquello que marcó una mutación significativa en la cultura de izquierda a partir de los años noventa: la configuración de vanidosas voluntades y la promoción de militancias selfies”.
-Capítulo 7: En la memoria de la multitud

Las crónicas del libro remiten a un pasado donde los pobladores eran sujetos activos en la lucha contra la dictadura, pero esa capacidad de acción se ha diluído con los años. ¿Existe hoy un relato propio de los pobladores o el neoliberalismo también desintegró esa épica?

Fíjate en un detalle: el gobierno ha perdido dos juicios contra los mapuche. Veo una mutación en estos dos reveses jurídicos. Desde el año ’90 en adelante, el mundo popular fue criminalizado e invisibilizado. Hay una indiferencia, desde las esferas políticas, con lo que ocurre en esos sectores. Así, el mundo popular pierde el relato épico que lo caracterizó durante la década de los ’80. ¿Quién agarra esa épica? El mundo mapuche. Mi sospecha es que el aparato estatal está buscando restaurar dicha épica al mundo popular precisamente en desmedro del vuelo que está cobrando la lucha mapuche. Esto es evidente en las artes visuales: en 1988, “Cien niños esperando un tren”; 1990, “Caluga o menta”; 1993, “Johnny cien pesos”; 2001, “Taxi para tres”; 2004, “Mala leche”. Todas ellas son películas donde el retrato del sujeto popular está construido a partir de un componente delictivo. Sin embargo, ¿Por qué hoy, 2017, aparece la película “Cabros de mierda”, que vuelve a poner el foco en ese sujeto con un lente más amable? Y no sólo eso. La serie de televisión “Ramona”, transmitida por TVN, está dirigida al mismo objetivo: narra una toma de terreno, protagonizada por mujeres, reivindicando ese acto en vez de condenarlo. Lo que creo yo, siguiendo mi olfato político, es que aquí hay un afán institucional por no cederle este heroísmo al conflicto chileno-mapuche.

Frente a este abandono, simbólico y material del Estado, la respuesta del mundo popular ha sido aferrarse a otras instituciones que garanticen cierto orden y brinden estabilidad. Me refiero a las iglesias protestantes, que cada día son más y ello no sólo se refleja en la calle misma, sino también a la luz de los resultados de las elecciones. Dos diputados evangélicos tienen voz y voto en la cámara. ¿Qué puedes comentar sobre este hecho?

Un caso emblemático es la población La Victoria. Entre 1990 y el 2017, la tasa de iglesias evangélicas creció en un 200%. La calle principal, 30 de octubre, tiene más iglesias que sedes vecinales. Refiero a La Victoria porque, en su génesis, fue construida por sujetos desproletarizados, es decir, aquellos que quedaron marginados del proyecto industrializador de los gobiernos radicales. La toma de terrenos bordeando el Zanjón de la Aguada fue realizada por comerciantes ambulantes y emprendedores. Ese voto popular, ajeno a la politización, fue clave para el triunfo de Allende en el ’70. Hablamos de gente pobre. No explotada, sólo oprimida, citando a Carlos Pérez Soto.

La relación entre ciudadano y militante en los ’80 era mucho más estrecha. Ese es el objetivo de estas crónicas: mostrar que el límite entre estas dos esferas era difuso, junto con quitarle la carga dolorosa y sufriente a lo segundo. En esa época también hubo risas, espacio para el juego y la distensión, en medio de las protestas, las detenciones y la tortura. Alegría y tristeza compartían el mismo espacio. Si tú revisas los estudios, las militancias representan el 0,01% de la población general del país, pero ese pequeño porcentaje incide de manera importante en la construcción de sentido político en sus territorios.

La encarnación de un enemigo común, la dictadura y su dictador, ¿fue el único factor para aunar estas voluntades?

No. Es relevante, por supuesto, pero también la marginación funcionó como un aglutinante poderoso. Reconocerse en la pobreza. El mundo popular entendía que un cambio a nivel político no tendría mayor impacto en su vida cotidiana. La lucha contra la dictadura le inyectó mucha épica a este mundo, azotado por las carencias económicas y sociales. En esta dirección, posicionarse antagónicamente frente a Pinochet sí les otorgaba estatuto político. Al interior de los partidos políticos, en los ’80, siempre se escuchaba primero a los dirigentes poblacionales, lo que les restituía agencia y, en términos simples, los hacía sentirse importantes. Hoy, en cambio, los partidos sólo se acuerdan de estos actores para las elecciones. Las comunas más pobres funcionan como bodega de votos, como ocurrió en San Ramón. Al terminar la dictadura, la operación política fue levantar la ciudadanía como la única forma en la que los sujetos podían ser actores en este nuevo escenario. Así, se pierde el componente romántico de la militancia y, con ello, la presencia política. Las crónicas apuntan a mostrar una realidad, que puede ser un poco nostálgica, sí, pero que hoy casi ni existe.

Los ’90 provocan una desarticulación de dos actores fundamentales en la década anterior: la religión y las organizaciones no gubernamentales. Sobre lo primero, el mundo evangélico no estuvo siempre situado en el bando de los conservadores. El FASIC (Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas) fundado por el pastor luterano Helmut Frez, fue clave en la articulación del mundo social contra la dictadura. De lo segundo, hemos visto cómo las ONG pasaron de ser organizaciones profundamente involucradas en las luchas de los más desfavorecidos, a meros aparatos burocráticos que administran ayudas económicas desde el extranjero. Es cosa de ver a Techo y su componente de turismo social, que finalmente sirve para que los hijos de la élite se sientan cómodos juntando un par de tablas y no para devolverles la dignidad a los pobladores.

“No se olviden, compañeros, que nos van a convertir en presa fácil de las máquinas electorales y sólo nos vendrán a visitar cuando se vuelva a recrear la farsa del voto. Ahí, estos maestros de la política práctica van a ser como Testigos de Jehová, entregando trípticos de puerta en puerta, y se sacarán fotos con una sonrisa forzada en las ferias libres”.
-Capítulo 10: Un porvenir a la deriva

La UDI, partido que nació para disputar la hegemonía política a la izquierda marxista en las poblaciones y que por décadas tuvo éxito en ello. Pablo Longueira, icono de esa colectividad, es quien popularizó el lugar común de “meter los pies en el barro”. Al leer las crónicas, una pregunta que emerge es: ¿hacia dónde se fue toda esta fuerza que solía ser propia del sujeto popular? ¿Fue cooptada por este fascismo social?

El proyecto de neoliberalización de las capas populares comenzó con dos operaciones: la descentralización y la municipalización de la escuela. La UDI, desde 1986, se mete con todo en los territorios para consolidar estos movimientos. El decantamiento de las militancias de izquierda, quiero insistir, también tiene responsabilidad en ello. El Partido Comunista se refugia para reflexionar en torno a su propia crisis, a la manera de la reclusión monacal. El Partido Socialista y el PPD se ponen al servicio de los aparatos del estado y se pliegan a la burocratización del mismo. Las ONG pierden gradualmente su relevancia hasta desaparecer. Ante la falta de fondos, se vieron obligadas a solicitar financiamiento al estado, el que ya no necesitaba, iniciada la transición, de la presencia constante de actores políticos en las poblaciones, sino a un tecnócrata que arreglara los problemas contingentes y se fuera. Se pierde, entonces, el lazo afectivo entre el poblador y el militante. Así es cómo se descompone el tejido social en este sector.

Las críticas al Frente Amplio (FA), por lo mismo, me parecen exageradas. ¡Vienen de parte de los que dejaron botados a los pobres! Y tienen el desparpajo de pedirle a este nuevo movimiento que arreglen la escoba que ellos dejaron. Tuvieron más de 20 años para fortalecer a las capas populares y no hicieron nada. Vuelvo al caso de San Ramón: los partidos de la Concertación no se preocuparon de construir militancias, sino de asegurar adhesiones políticas y ahí ves el resultado. ¿Por qué lo que ocurrió en esa comuna no lo hemos visto, por ejemplo, en Recoleta? ¿O El Bosque? El Frente Amplio, por el contrario, tiene buena construcción militante, pero le falta reforzar sus adherencias. Al descomponerse la cohesión social emanada desde la militancia, entra el relato salvífico de las religiones protestantes, ofreciendo felicidad después de esta vida. ¿Dónde está el Estado para prometer esa misma felicidad, pero en la tierra?

¿Por qué elegir la crónica para contar estas historias?

Fue producto del azar. Sergio Villalobos-Ruminot, quien escribió el prólogo, detectó bien la idea del recuerdo fragmentado del militante. Yo tenía estas memorias y quería plasmarlas en la lógica narrativa para relevar este mundo olvidado. Darle permanencia, si quiere verse así, de este modo. Se habla del movimiento estudiantil, de la confederación de trabajadores, de los frentistas, pero no de las bases. Pretendo, con esta publicación, visibilizar a estos actores que no gozaban de la misma atención que los grandes grupos organizados contra Pinochet. La democracia la recuperamos con mucho más que esa reducción al “papel y lápiz” o con el cuento de la película “No” sobre cómo fue una estrategia publicitaria la que hizo caer la dictadura. No. Hubo mucho más y eso intento mostrar en las “Crónicas militantes populares”. Sin las redes de solidaridad tejidas entre el ’83 y el ’88, sin el activismo comunitario y sin la voluntad del poblador a entregarlo todo, no estaríamos acá.