A las 20:00 el hotel Crowne Plaza, ubicado a pasos de Plaza Italia, recibía por goteo a los primeros simpatizantes de Sebastián Piñera que se acercaron al centro de la ciudad para celebrar su triunfo. Caminando desde Marcoleta hacia el este, cinco personas y sus banderas se enfrentan a gritos con gente que, desde los edificios del sector, les grita “¡fachos culiaos!” y otros calificativos del mismo orden.

—¡Resentidos! ¡Resentidos sociales! Eso es lo que son. Están más picados —dice Martín, 29 años, de La Cisterna—. Hoy ganamos en buena ley, pero estas personas insisten con el odio del pasado. Con mi presidente Piñera ganó el futuro.

Mientras sucede esta escena, tres autos —dos Kia Morning y un Chevrolet Spark— se estacionan al costado del parque San Borja. De ellos descienden, difícil saber cómo, más de quince personas en total. Todas ellas con la polera roja del nuevo presidente de Chile y con una enorme sonrisa en la cara. Se pliegan al grupo peleador y se abrazan con entusiasmo.

—¡Chile se salvó! ¡Nos salvamos!

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En el frontis del hotel, personas reclaman contra los carabineros detrás de una valla papal que resguarda el perímetro del lugar. Alegan que quieren ir a saludar a los políticos. A la distancia se ve a Cecilia Pérez, vocera del comando del ganador, intentando avanzar entre los abrazos y besos de los votantes. Se acerca José Manuel “Rojo” Edwards a dar apretones de mano y posar para las selfies—. Vuelve el sentido común a La Moneda —dice, sin soltar la sonrisa— Chile vuelve a crecer. La gente tendrá expectativas de mejorar su salario y su calidad de vida. Chile gana mucho con Piñera.

María asiente y aplaude al escuchar esas palabras. Tiene 83 años y es de Conchalí. Milita en la UDI y cuenta que estuvo el día entero dándolo todo de apoderada de mesa en su local de votación. Nombra sus principales motivos para apoyar a Sebastián Piñera: inversiones, trabajo y protección para el adulto mayor.

—Estoy a favor y en contra de la gratuidad en la educación porque pienso que los que pueden pagar, que paguen. Tengo nietos y bisnietos, y mi sueño es que ellos puedan estudiar mejor que yo —saca su celular y muestra un par de fotografías en las que aparece con sus niños mientras va nombrándolos, uno a uno. Esto, hasta que las cámaras rodean a Germán Codina y las atenciones se concentran en él, incluyendo la de María.

—Esta victoria de la segunda vuelta se debe a que pusimos todo de nuestra parte para acercar las demandas de la gente de a pie al presidente —comenta el alcalde de Puente Alto—. En la primera vuelta hubo mucha confusión debido a tanta papeleta y tanto candidato. En la segunda, nos desplegamos full para trabajar por Sebastián Piñera. En la calle, la gente sintió y agradeció este gesto.

El jingle de campaña suena una y otra vez en bucle. Inspirado en la melodía de la célebre canción del venezolano “Puma” Rodríguez, invita a los adherentes a tomarse de las manos y corear que se vienen tiempos mejores. Sara (61), de San Miguel, salta y ondea la bandera de la campaña mientras el animador del evento anuncia que se vienen cuatro años de buenas noticias.

—Vamos a tener más trabajo. Vamos a tener mejores pensiones porque este presidente se preocupa de verdad de nosotros, los adultos mayores. Se viene la mano dura contra la delincuencia, porque el gobierno de esta señora [Michelle Bachelet] ha sido muy indulgente con el narcotráfico y los ladrones. ¡No es posible que un niño de 15 años robe tres veces una bencinera y nadie haga nada! Con Piñera, vuelve la disciplina. Estoy feliz y dichosa por este triunfo.

Son las 20:30 y la demografía de los asistentes se divide así: ancianos, rucias y familias. Hay muchos coches de guagua. También personas con la bandera de Venezuela atada al cuello. Un niño levanta con dificultad el palo de una bandera de Piñera. Su nombre es Amaro, tiene doce años, es de Santiago Centro y comenta que está contento porque se va a acabar la delincuencia, mientras juega con uno de sus rulos rubios. Unos metros más allá está Israel, otro niño de la misma edad, dándole vueltas a un spinner. Viene de Renca y celebra porque, según cuenta, Piñera garantiza la educación gratuita para todos.

—Con el nuevo presidente, hay oportunidades iguales para todos los niños de Chile.

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El calor de la baja tarde vuelve pesado al ambiente. Una señora se queja de que quiere tomar Coca-Cola, pero la lata está a $1.000 y considera que tal precio es una estafa. Se acercan tres mujeres, altas y bronceadas, al lugar de la congregación.

—Mi nombre es Carmen Gloria, tengo 51 años y soy de Las Condes —comenta una de ellas, a modo de carta de presentación—. Hoy gana la economía y, teniendo mejor economía, vamos a poder ayudar en la parte social. La confianza que da Piñera es lo que determinó mi voto. A mí él no me cae bien, pero creo en su programa y en su equipo. La ambición de Piñera no es hacerse el pillo como los otros, sino que es una ambición de ayudar a la gente. Eso es lo que me gusta y por eso estoy acá.

La gente sigue ordenándose entre el tramo que va desde Ramón Corvalán Melgarejo hasta Namur, por la Alameda. Ocupan toda la calzada sur y la mitad de la norte. Cuando el reloj indica que son las nueve de la noche, se oyen gritos y se ven saltos desde un grupo que ingresa a la multitud frente a la tienda Audiomúsica. Uno de ellos lleva en andas un busto de Augusto Pinochet, ataviado con la banda presidencial. Los cantos de “Viva Chile ¡Pinochet!” se contagian a medida que el busto hace notar su presencia. La persona que lo sostiene viste una polera con el rostro del dictador estampado en la espalda. Pone caras para las fotos mientras acaricia la figura como quien sostiene un perrito.

—El verdadero voto de derecha votó por Piñera. Aquí estamos los verdaderos chilenos —insiste, golpeándose el pecho con el puño y levantando, de un lado a otro, la escultura de Pinochet—. A algunos no nos gusta, pero votamos por él porque somos patriotas. Este país ha crecido gracias a este sistema y no lo queremos cambiar. No quiero que el Estado me regale ni me quite nada. Los verdaderos chilenos, los que queremos a este país, los que amamos a nuestra patria, votamos por el sistema menos malo.

Dos jóvenes con dreadlocks castaños, con tres botellas de champaña en una hielera metálica, dicen estar felices y que no había razón para no votar por Piñera. Al lado, resalta un lienzo que reza “GRACIAS A DIOS”, en mayúscula. Lo porta Carlos, de La Cisterna, evangélico y admirador furioso.

—Soy cuarta generación de pentecostales. Para nosotros, los cristianos, el primer gobierno que importa es el de Cristo. En la tierra tenemos que votar por lo menos malo, y ese es Piñera. El otro, el Guillier, es masón y está aliado con los comunistas ateos. Ellos tienen una noción absolutamente materialista de la vida, negando la existencia de Dios. Piñera es católico, pero por lo menos respeta nuestra fe. Esta mujer inmunda, llamada Bachelet, combate con sus leyes y decretos todo lo que defiende la cristiandad.

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Sebastián Piñera comienza su discurso a eso de las 21:25. Cuesta oírlo debido al ruido de las vuvuzelas. En un kiosko cercano, su dueña discute con su sobrina sobre lo que está ocurriendo. La primera le dice a la segunda que no reclame tanto, que da lo mismo quien gane y que mejor la ayude a vender porque está buena la cosa. Mary y Napoleón se acercan para comprar bebidas. Llegaron a Chile hace un año y medio, desde Caracas. Comentan que les gusta mucho la estabilidad de acá, lo fácil que es conseguir empleo para los profesionales y lo bien catalogados que están ellos, como migrantes, en Chile. Están celebrando porque no querían saber más de izquierda ni comunismo.

—El peligro de que este país, tan bonito, se convirtiera en Venezuela era real —Afirma Mary—. En Venezuela vimos los cambios, año a año, donde el nivel de vida cada vez se hacía peor. Era difícil adquirir bienes y el sistema de salud empeoraba más y más. Aún no podemos votar acá, pero apoyamos desde nuestro depa y ahora estamos acá, felices.

Se escucha al presidente hablar de humildad, esperanza y fe. La gente grita eufórica, como en un capítulo de Cachureos. Se ve a Checho Hirane siendo invadido por personas pidiéndole selfies. Una señora reclama que le duelen los pies, por estar tanto rato parada sobre sus tacos. Al preguntarle por qué no vino con zapatillas, indica que lleva quince años usando tacos y que ya no conoce otra vida. Entre los comentarios, llama la atención el cariño con el que se habla de Cecilia Morel. Entre los cantos de “¡Ceci! ¡Ceci!”, una niña le pregunta a su mamá:

—¿Estamos en la Teletón?

—No, mamita. Ganó Piñera. Nos salvamos.