Marco Kremerman, economista de la Fundación SOL, rebatió, con la seriedad que lo caracteriza, el “Chile moderno” que defiende y promueve Bernardo Larraín Matte. Recientemente, el ahora Presidente de la Sofofa, en columna publicada en El Mostrador, vuelve a las andadas. Ahora, sale en defensa de las empresas extractivas, a las que califica de modernas, y que son determinantes de la matriz productiva chilena. .

A Larraín Matte le asusta cualquier cambio. Incluso ha calificado a las moderadas reformas de la Presidenta Bachelet, así como a la emergencia política del Frente Amplio como atentados a la modernidad, al progreso del país.

Así las cosas, en el plano económico (para no referirnos a los temas valóricos) defiende el extractivismo productivo Dice que las empresas chilenas que explotan recursos naturales compiten ventajosamente en el mercado internacional, gracias a su potente desarrollo tecnológico y capacidad de innovación. Eso es lo que les ha permitido la gran acumulación de capital que las caracteriza. Serían entonces expresión de modernidad.

Para rebatir el argumento de Larraín Matte existe una realidad insoslayable. La inversión en ciencia y tecnología en Chile no supera el 0,40 puntos del PIB. Y de éste sólo una tercera parte le corresponde a la empresa privada. Ello confirma que las ganancias de la gran empresa chilena, radicada en los recursos naturales, se explican por razones distintas a la inversión en ciencia y tecnología.

Hay dos argumentos poderosos que fundamentan la gran acumulación de capitales y la competitividad de las empresas. El primero ya lo ha dicho Kremerman: el  50% de los trabajadores en Chile gana menos de $350 mil; las personas que trabajan en las grandes empresas del sector privado, tiene una mediana salarial que solo llega a $480 mil; y, el salario mínimo es de $270 mil, valor que ni siquiera permite a un trabajador sacar a su familia de la “extrema pobreza”. En consecuencia, la explotación del trabajo es muy elevada en nuestro país, lo que explica que el 1% de la población se quede con el 33% del PIB.

El segundo argumento es que el Estado ha subsidiado a las empresas productoras de recursos naturales. Ello naturalmente facilita la competitividad y la captura de rentas extraordinarias de esas empresas.

En efecto, la extracción de cobre recién comienza a pagar royalty a partir del año 2000 con la legislación promovida por el Presidente Lagos. Y, un royalty muy modesto. Este es un subsidio que todos los chilenos (que somos dueños del subsuelo)  hemos entregado a los productores de cobre. La industria de la madera, celulosa y papel se ha beneficiado desde 1974 con el DF 701 de Fomento Forestal. Por su parte, el cultivo del salmón fue un invento de la Fundación Chile, luego entregado al sector privado; y, finalmente, los elevados beneficios de la pesca en el mar territorial son el vergonzoso resultado de las coimas que las siete familias han pagado a políticos inescrupulosos para instalar una leyes que los favorezcan.

Por otra parte, las empresas del retail, también destacadas inversoras en el exterior, han acumulado ganancias extraordinarias. Pero, gracias a políticas regulatorias muy flexibles del Estado, que les ha permitido expoliar a los consumidores, con tasas usureras de interés por los créditos, fuente principal de sus beneficios. Ello ha convertido a las empresas del retail  en virtuales prestamistas. En este plano efectivamente su capacidad de innovación ha sido notable. Pero se trata de una muy perversa innovación, que agrede sistemáticamente el bolsillo de los consumidores pobres.

El Presidente de la SOFOFA se olvida de esto y, en cambio, sostiene que el buen emprendimiento se debe a políticas públicas horizontales. Borrando de un plumazo los generosos subsidios estatales que sus negocios han recibido, defiende con convicción la matriz productiva existente en nuestro país, con el cobre sin refinar, la pesca extractiva y la industria forestal y, por cierto el retail y sus tarjetas de crédito fácil. En realidad, esos subsidios estatales no tienen nada de políticas horizontales y han servido para que se multipliquen las rentas extraordinarias de la gran empresa extractiva y del sector financiero.

Ricardo Hausmann, economista liberal de Harvard también rebate a Larraín Matte. Sostiene que las empresas chilenas que explotan recursos naturales revelan escasa modernidad y baja productividad. Ese tipo de empresas, nos dice, cierra las puertas al progreso tecnológico y bloquea el desarrollo del país. (Ciper, 20.10.2015)

Por su parte, el economista Ha-Joon Chang, de la Universidad Cambridge, destaca que no da lo mismo lo que producen los países. Aunque una industria de pescado puede ser tan rentable como una industria electrónica, la primera promueve menos habilidades productivas y organizativas que la última. Según Chang, la evidencia internacional muestra que la mayoría de los países mejoran sus habilidades a través de la industrialización y, especialmente, a través del desarrollo del sector manufacturero, el verdadero centro de “aprendizaje del capitalismo” (Ciper, 30.05.2016).

Felipe Larraín, junto a Sachs y Warner, sostienen una tesis similar en “A structural analysis of Chile’s long term growth: history, prospects and policy implications”, mimeo, Min. de Hacienda, Chile, Septiembre, 1999).

“Chile tiene que ir más allá de la explotación de recursos naturales (RN) y diversificar significativamente su canasta exportadora. La explotación persistente de RN genera un rezago en la incorporación de las modernas tecnologías de la información las cuales son fundamentales para favorecer un incremento de competitividad internacional en los sectores no vinculados a RN.”

En segundo lugar, Larraín Matte dice están equivocados aquellos que sostienen que la cultura empresarial chilena es cerrada y elitista. En cambio, tiene el convencimiento que se caracterizaría por la meritocracia, la diversidad e innovación. No sabemos si peca de ingenuo o quiere convencernos de lo indefendible.

Hausmann también lo rebate en este plano: los empresarios chilenos “vienen de los mismos tres o cuatro colegios, de dos universidades y de los mismos apellidos” y tienen dificultades para relacionarse con los que no pertenecen a su mundo.  Con esa cultura empresarial se cierran las puertas a la innovación y los chilenos talentosos con otro origen son excluidos. Así las cosas, Chile es un país que “no da oportunidad de movilidad a su propia gente y no se beneficia del talento que existe en el resto de los países” (Ciper, 20.10.2015).

El Presidente de la Sofofa se había olvidado de su propia historia: estudió en el colegio Tabancura, del Opus Dei, para luego pasar a la Universidad Católica y terminar con un posgrado en Londres.

Finalmente, según Larraín Matte, otra prueba de modernidad de la empresa chilena es que compite exitosamente en el mercado internacional. Y ello, según su entendimiento, ello no obedecería únicamente a la abundancia de recursos naturales. Tiene más bien relación con la estabilidad institucional y el proceso de modernización de organizaciones que invirtieron, desarrollaron tecnología e innovaron.

Nuevamente se equivoca el presidente de la Sofofa. Efectivamente una gran cantidad de empresas chilenas se han posicionado en el mercado internacional, en especial en los países de América Latina. Pero lo hacen porque el mercado chileno les queda estrecho considerando la alta acumulación de capitales que ya han obtenido. Y, muy especialmente, lo hacen porque la economía chilena no ofrece oportunidades de inversión en sectores muy diversos.

En suma, el crecimiento, sin dirección, con un Estado maniatado, ha conformado en Chile una economía rentista, depredadora de los recursos naturales, con empresarios sin interés por generar nuevas tecnologías. Una verdadera estrategia de desarrollo debe proponerse construir una economía diversificada, que termine con los rentistas e incorpore conocimiento a los bienes y servicios; debe también ofrecer oportunidades a los pequeños empresarios y empleos de calidad a los trabajadores, con relaciones equilibradas entre el capital y el trabajo.

Por otra parte, una empresa moderna no la que da sólo satisfacción a sus accionistas. Una empresa moderna es aquella dispuesta a arriesgarse en los más diversos sectores de actividad y que lo hace con respeto a su entorno: a los trabajadores, vecinos, proveedores, y clientes. Y eso no se logra con la colusión que engaña al cliente con el precio de los pañales; tampoco utilizando el FUT para eludir impuestos con  empresas zombis, ni pagando salarios miserables.

A diferencia de lo que piensa Larraín Matte, la matriz productora de recursos naturales no sirve para impulsar el desarrollo del país. Al mismo tiempo, a la empresa chilena le falta mucho camino por recorrer para convertirse en moderna.


Economista