En la primera página de La Délicatesse, la suave y hermosa novela de David Foenkinos, que llegó a mí gracias a la inspiración de una musa, hay una nota a pie de página. Dice algo así como que las Natalies son dadas a la nostalgia, lo que hace de la protagonista, Natalie, en ese momento, una especie de bicho raro. La historia sigue y uno se va metiendo de a poco en la vida perfecta-que-se-acaba-repentinamente. Pero, por muchos días, yo me quedé pegado en la nota, dándole vueltas a la nostalgia y a las Natalie. Y, claro, como un disparo se me vino a la memoria otra Natalia que recorría nostálgicamente las páginas de una breve novela, por allá a comienzos de los años 90 o fines de los 80.

Natalia de Pablo Azócar, como verá cualquiera que haga un google, se convirtió en una especie de novela de culto. Una novela escrita por un escritor joven, como muchos de los de esos años, que rompía con las formas y los contenidos que se habían instalado en las aulas de las escuelas y las otras. Todos quisimos a Natalia. Yo al menos la quise sin saber por qué ni cómo. El ejemplar que llegó a mis manos todavía lo guardo con el cariño que se les tiene a las estampillas de la Isla Tonga, o a la carta de amor que pudo haber cambiado todo si… en fin.

Natalia se imaginó como el necesario objeto de deseo en un campo que por mucho tiempo se discutió si fue producto de un estallido creativo a fines de la dictadura o un fenómeno de mercado, guiado por las hábiles manos de unas pocas editoriales—Planeta a la cabeza. Un poco de las dos cosas y de otras probablemente: a los pocos años, después de su obligado paso por cursos en las universidades, donde discutíamos si ahora cambiaba todo, ya se habían escrito suficientes epitafios de la efímera Nueva Narrativa chilena.

Recuerdo no tan al azar: Fuguet (Sobredosis, en el mismo formato que Natalia), Gómez (Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo), del Río (Siete días de la señora K), Contreras (la bella La ciudad anterior—y recuerdo que después a Contreras, y a otros, le dieron como caja, por haberse participado en tertulias literarias con agentes de la dictadura), Collyer (Gente al acecho, quizá los mejores cuentos de las últimas décadas), Eltit (que venía publicando de antes y para nosotros en ese entonces y ahora se ubicaba a otro nivel, Vaca sagrada—una novela que Jaime Blume consideraba magistral y que mi padre no logró digerir); un nuevo ministro de relaciones exteriores (con la novela que ganó el premio de la revista de libros del Mercurio—un premio que también obtuvo Contreras), ¿Quién mató a Cristián Kusterman?, o algo así); Darío Oses: José Leandro Urbina; y otros que la memoria me trae en libros de otros formatos, probablemente de otras editoriales: Antonio Ostornol y Los años de la serpiente; Cohen y El mercenario ad-honorem, De la Parra y su Secreta Guerra Santa de Santiago… Y tantos más, con tantos climas, en tantas tierras siempre son, si no pretextos de mis recuerdos, fantasmas en mi nostalgia… ¿Qué se fizo el rey don Juan, los infantes de Aragón, qué se fizieron?

Volver a plantear la pregunta qué fue, si es que algo, la Nueva Narrativa, ya no tiene mucho sentido. O sí, pero como si volviéramos a un espacio y a un tiempo que nunca verdaderamente fue. Ah, sí, la nostalgia. Alguna vez aprendí que, por griega que suene la palabra, es una creación relativamente reciente: unos 350 años, por el siglo 17, un suizo, en una tesis que estudiaba a los soldados que regresaban de la guerra—una de las tantas—, quiso describir el dolor, la agonía que producía el regreso al hogar, la nostalgia. No he leído el trabajo del suizo, pero seguro que el sentido de la palabra se ha disparado en mil direcciones que su precisión de reloj y chocolate no pudo prever.

¿Qué recordamos? Mejor dicho, ¿cómo recordamos? Svetlana Boym, tal vez por haber nacido en San Petersburgo cuando esta aún era Leningrado, escribe que hay dos tipos de nostalgia: Una que busca regresar y restaurar un pasado tal como fue; que sueña en recuperar el hogar perdido—ah, todo era mejor antes; La otra, que ella llama reflexiva, sabe que todo regreso es imposible, que no hay nada a lo que volver, asume todo lo contradictorio y problemático de pensar el pasado. No lo idealiza. Lo aprovecha, lo hace estallar para inventar un presente y soñar un futuro diferente. O algo así. Nostalgia reflexiva. Pensar el dolor del regreso al hogar, mirar hacia atrás, como se mira el final de una puesta de sol, para poder imaginar un hogar, un país, al que no nos duela regresar.

En los entusiastas años de la Nueva Narrativa, Jaime Collyer escribió una breve columna en la Revista Apsi: “Casus Belli. Todo el poder para nosotros”. Comenzaba así: “Ya estamos aquí, ha ocurrido al fin el anhelado despliegue. La llamada “nueva narrativa chilena” acaba de irrumpir en escena, para no abandonarla. Se acabaron las contemplaciones: no más tacitas de té en compañía de los viejos maestros, no más talleres literarios a su gusto y medida -ahora los maestros somos nosotros-”. Y concluía: “No seguiremos esperando a que “nuestros maestros de las generaciones precedentes” nos dejen su espacio o determinen a sus herederos: vamos a desalojarlos de la escena literaria a parrafadas y/o patadas, según sea el caso. Luego puede que les rindamos algún homenaje, como a los buenos boxeadores. Los que saben retirarse a tiempo.” Recuerdo que algunas olas, en ese tranquilo mar de la literatura, se rizaron por esos días. Jorge Edwards, uno de los viejos maestros, respondió con aburrida seriedad que nada que ver eso de las patadas. Otros volvieron a que la nueva narrativa era puro mercado. Unos pocos nos reímos y seguimos leyendo. O no. Leíamos a Parra. Él, viejo ya entonces, recitando el hombre imaginario en un Chile Crea, ¿qué año habrá sido, mi amor? Eso fue antes, eso fue antes…

Nostálgicamente, reflexivamente, radicalmente, quizá sea hora de construir un futuro en la literatura, y el país, que saque a las nuevas narrativas a patadas, a parrafadas o hasta a besos si fuere necesario; sacarlas para volver a quererlas, a atrevernos a la ingenuidad de que ahora sí se puede, atrevernos a contradecirnos en el país, y en la literatura, para construir ese futuro anterior, muy anterior, que nos cuesta tanto. Las nuevas escritoras y los nuevos escritores no tienen nombre aún—quizá sea mejor así, o les podríamos llamar generación de la nostalgia, no importa—lo que sí importa, y lo que se siente, es que cada vez en la literatura (y en el país) nos damos cuenta que el pasado es un hogar que nunca fue lo que quisimos, pero el futuro (en el país) sí puede llegar a ser lo que soñamos, Natalia.

Mi nostalgia a la Natalia de Azocar. Nueva Narrativa Chilena

Svetlana Boym, dos tipos de nostalgia: reflexiva y recuperativa, y una restauradora.

Cuando Collyer dice que a puñetadas los van a sacar.

Nostalgia es una palabra inventada por un doctor.