El feminismo y la economía feminista han aportado durante los últimos años a la reflexión sobre las limitaciones resultantes de la atención casi exclusiva otorgada a la economía neoclásica en los mercados, a las actividades que se basan en la monetarizacion y a la acumulación del capital. Esto ha implicado, que las “otras” actividades situadas fuera de la “producción económica” queden invisibilizadas y aparentemente desconectadas de los procesos económicos estructurales.

Este enfoque más bien tradicional, ignora los vínculos entre la economía de mercado y el trabajo doméstico no remunerado, enfocado en el cuidado y la reproducción de la vida, por lo que estas actividades son vistas como fenómenos no económicos, enmarcándolas en el ámbito privado y del hogar. La actividad de reproducción social no asalariada, es necesaria para la existencia del trabajo asalariado, para la acumulación de plusvalor y para el funcionamiento del capitalismo como tal, sin el cuidado de la fuerza de trabajo simplemente el sistema económico actual no podría sostenerse.

Durante las últimas décadas, la invisibilización de las labores de cuidados como parte estructural de la reproducción de la vida se fue transformando en una situación cada vez más insostenible. La crisis de los cuidados vino a dejar de manifiesto la fragilidad de un análisis económico que no considera a los hogares y la reproducción de estos. La crisis de los cuidados, es la agudización de las dificultades de amplios sectores de la población para cuidarse, cuidar a otros o ser cuidados.

La crisis de los cuidados se produce por la inminente transformación de las estructuras tradicionales, basadas en que las mujeres se ocupaban de las tareas de cuidado dentro del hogar, de manera casi exclusiva. Esta crisis se comienza a agudizar cuando aumenta la presencia masiva de mujeres en el trabajo asalariado e incrementan las situaciones de dependencia vinculadas a la vejez y discapacidad. La respuesta de algunos hogares a las tensiones generadas por la necesidad de los cuidados ha sido la externalización de cuidados.

En América Latina y El Caribe, el 73,4% del total de trabajadores domésticos migrantes son mujeres (alrededor de 8,5 millones de personas). La contratación de otras mujeres, migrantes, generalmente racializadas en labores domésticas, nos ubica en un escenario global donde los flujos migratorios han generado una crisis mundial de los cuidados. Vale la pena señalar que sólo algunos hogares tienen el privilegio de externalizar las labores de cuidado, para que las realicen mujeres empobrecidas de las periferias económicas; sin embargo, la mayoría de los hogares no cuenta con los medios para costear la externalización de los cuidados, por tanto, deben asumir el vacío en las labores domésticas, solucionándolo a partir de la sobrecarga de tareas en las mujeres.

La desestabilización de este modelo tradicional responde a una crisis estructural propia del sistema capitalista financiarizado, el cual para maximizar los beneficios de los mercados financieros ha consolidado la acumulación por desposesión. Esto ha implicado recortes de derechos sociales (como la salud, educación y previsión social), atomización del poder sindical y ha dejado a la deuda como centro del sistema económico, utilizada como instrumento por las instituciones financieras globales para presionar a los Estados a que reduzcan el gasto social e impongan políticas de austeridad. Lo anterior, ha intensificado la carga de cuidado en los hogares que ya no cuentan con seguridad social ni poder de articulación comunitaria en pos de la defensa de derechos para la protección del buen vivir. En este contexto, donde los riesgos del capital se socializan y -al mismo tiempo- los beneficios se privatizan y se amontonan en pocas manos, las familias deben enfrentar un escenario de permanente precarización. La ilusión de la acumulación ilimitada no sólo ha desestabilizado la economía tradicional, sino también los procesos de reproducción de la vida.

El régimen de acumulación actual ha promovido la deslocalización de los procesos de producción, trasladándolos a regiones con escasos derechos sociales y bajos salarios, ha atraído a las mujeres a la fuerza de trabajo remunerada en precarias condiciones, sumado a la desinversión estatal permanente en el bienestar social. Estas condiciones se han agudizado en las últimas décadas, resquebrajando así los cimientos sobre los cuales la sociedad tradicional se había estructurado: la familia nuclear.

Las suposiciones históricas acerca del trabajo y la familia se han desintegrado, pocos empleos proporcionan salarios suficientes para sostener un hogar. De hecho, la mayoría de los empleos son parciales y desprotegidos, el empleo femenino va en ascenso, pero con importantes brechas salariales, las familias ya no se estructuran con un varón proveedor y una mujer cuidadora, las jefaturas de hogar femenina han aumentado y las familias homo y mono parentales son más comunes. Ha emergido un mundo productivo y reproductivo nuevo, con familias más diversas y empleos cada vez más inestables. Esto, ha resquebrajado la estructura en la que se asentaban las lógicas de reproducción de la vida, emergiendo un escenario nuevo al cual enfrentarse.

¿Qué pasa en Chile?

La crisis de cuidados en Chile, se ha manifestado durante las últimas décadas, a través de un patrón similar al del resto del globo, pero que ha tenido características propias dado el despojo de derechos sociales que ha intensificado la labor de cuidados en las familias chilenas.

El trabajo en Chile es precario y sin duda constituye un territorio hostil para los hogares. Según Fundación SOL, en los últimos casi 8 años, del casi millón y medio de empleos que se han creado, un 61,7% corresponde a empleos con alta probabilidad de ser precarios y desprotegidos. Son trabajadores por cuenta propia (33,3%), asalariados externos (27,3%) o familiares no remunerados (1,1%). La mala calidad del empleo se condice con los bajos salarios, el 50 % de los/as trabajadores/as en Chile gana menos de $350.000, un salario que escasamente logra sacar a un núcleo familiar de cuatro personas de lo que hoy el Estado considera como pobreza extrema.

Las paupérrimas condiciones económicas de las familias chilenas las han empujado a un estado de endeudamiento permanente para resolver sus necesidades básicas. Los hogares destinan casi un 60% de su presupuesto al pago de deudas no solo enfocadas a la reproducción del hogar, sino también al pago de lo que deberían ser derechos sociales, como salud y educación.

Un ejercicio interesante, es poder observar el trabajo de forma sistémica y ver como las diferentes crisis que ha experimentado el capitalismo han intensificado la labor de las mujeres en los hogares y en el trabajo asalariado. La masiva inclusión de las mujeres al trabajo remunerado ha venido a agudizar la crisis de los cuidados en las familias, pero esta integración ha sido precaria y en peores condiciones que la de los hombres. Del total de mujeres ocupadas, un el 51 % tiene algún grado de inserción endeble en muchos casos en condiciones de flexibilidad horaria o subempleo. La inserción laboral endeble de las mujeres debe conjugarse con una brecha salarial del 31,7% de diferencia entre el salario de hombres y mujeres.

Cuando abrimos el foco, observamos que según la encuesta CASEN 2015, en Chile había 5,45 millones de hogares. De ellos, el 39,4% declaró a una mujer como jefa (2,15 millones). De los hogares con jefatura femenina un 77,4% son monoparentales, por lo que sólo se mantiene con el salario femenino, sumado a ello, la jefatura de hogar femenina también es predominante en los hogares con menores ingresos, un 52,8% de los hogares del primer decil de ingreso tiene a una mujer como jefa de hogar.

Observando todos estos antecedentes, no sólo podemos constatar que en Chile existe una crisis del cuidado extendida, sino que también una precarización permanente de la vida. Las mujeres, debido a la división sexual del trabajo, están empobrecidas, sometidas a regímenes de trabajo precario en el hogar y fuera de él, con escasas posibilidades de escapar a esas condiciones. Hoy día son los diversos hogares y familias, los que están expuestos a un sistema que busca explotar a las mujeres por distintas vías. La emergencia de nuevas construcciones de familia, la precarización del trabajo asalariado y el despojo de los derechos sociales, nos ubica en un espacio donde el componente vital es la sobreexplotación del trabajo reproductivo realizado por las mujeres.

La falta de derechos básicos, como salud, educación y previsión social sobre exigen una labor de cuidados que cumplen casi exclusivamente las mujeres. Es por esto, que en la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras no podemos aislar la batalla de las mujeres, la lucha por seguridad social, por el derecho a la educación y salud de calidad, todas ellas están en el mismo camino de recuperación de una vida sin explotación; comprender el capital y el patriarcado como sistemas que se imbrican y potencian de manera histórica es fundamental para avanzar en nuevas tácticas y estrategias no sólo para el feminismo, sino para toda la izquierda.

“Quien es feminista y no es de izquierda, carece de estrategia. Quien es de izquierda y no es feminista, carece de profundidad” – Rosa Luxemburgo