Este 8 de marzo, nos convocamos a acompañar, juntos, la Marcha del día de las Mujeres en esta ciudad que nos acoge. Haciéndole eco a nuestras (de)formaciones profesionales, salimos de casa con una cámara y el bloque de notas en manos. Nos dimos cita a las 17:00 en la Plaza de Mayo, a la que encontramos interrumpida por reformas.

Desde allí, avanzamos a través de la emblemática Av. de Mayo que, interceptada por la avenida “más larga del mundo”, la 9 de Julio, cambia su nombre a Av. Rivadavia y se extiende hasta la Plaza del Congreso. Apenas podíamos caminar: medio millón personas –movilizadas por más de un centenar de agrupaciones políticas, civiles, educacionales, gremiales y sindicales– se dieron cita para recurrir colectivamente, y en multitud, los dos kilómetros y medio que componen el principal eje del poder político argentino: las avenidas que conectan –o separan, según cómo se vea–, el poder ejecutivo (la Casa Rosada) y el poder legislativo (el Congreso Nacional).

Ya desde la salida de Plaza de Mayo, codo a codo con el histórico edificio del Cabildo, la voluminosa agrupación de Mujeres Jóvenes del Movimiento Socialista de los Trabajadores Argentinos desplegaba, sin miedos a censuras y sin remordimientos, una aguda crítica social: “Opus Dei/Que facho que sos/ Apoyás la dictadura/ Y pide mano dura en nombre de Dios”.

Militantes del Movimiento Socialista de Trabajadores Argentinos, en la Avenida de Mayo (al lado del Edificio del Cabildo), comandan los cánticos entonados por la multitud. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

La audacia de las canciones tenía su paralelo, además, en la puesta en escena de las militantes de las diversas agrupaciones: cuerpos pintados con frases en contra del patriarcado, a favor de la libertad de decisión de las mujeres sobre su cuerpo, salud sexual y sexualidad, junto de pancartas con frases que, perspicaces, ironizaban lugares comunes de la moral social argentina (y sudamericana, nos arriesgaríamos a afirmar).

Pancarta de la marcha afirmando que el enojo es inevitable si uno está atento a lo que sucede con las mujeres. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

Si bien escuchamos una enorme variedad de cánticos, desplegando críticas hacia una infinidad de asuntos polémicos, dos temas constituyeron el corazón semántico de la marcha. Por un lado, la enunciación de la persistencia de la violencia (física, psicológica, social y económica) hacia las mujeres y la necesidad de darle una respuesta política inmediata a la escalada de feminicidios.

Niña sostiene, en plena Av. Rivadavia, la pancarta en la que pide crecer sin miedo a la violencia de género. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

Liliana Daunes, periodista feminista argentina, fue quien leyó, en frente al edificio del Congreso, a las 20:00, el documento colectivo firmado por medio centenar de agrupaciones participantes de la marcha. Lado a lado de figuras emblemáticas, como algunas Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, vaticinó: “paramos para unirnos y decir basta a la violencia feminicida y a la violencia económica […] Nos declaramos movilizadas. Ya no nos callamos más”. Esta yuxtaposición –entre la violencia de género y las directrices económicas actuales en la Argentina– constituyó una crítica transversal.

Diversas agrupaciones coincidieron en denunciar que la defensa por un Estado mínimo –tal como lo pregonan ciertos lineamientos neoliberales– impulsa la reducción de las capacidades institucionales de actuar contra la violencia de género. Paralelamente, la alusión a las violencias económicas recuperaba el hecho de que la reducción de las ayudas y prestaciones sociales en la Argentina en los últimos dos años, sumadas al agravamiento de la inflación y del desempleo, vienen afectando más fuertemente a las mujeres (debido a su sobrecarga de responsabilidades en relación al cuidado y mantenimiento económico de las familias).

Las pancartas de la marcha insistían en que un Estado mínimo en términos de políticas sociales y económicas se convierte, desafortunadamente, en un Estado omiso a la explotación y muerte de mujeres.

Pancarta de la agrupación feminista “La Poderosa” en frente al Congreso de la Nación Argentina demanda la responsabilidad del Estado frente a la escalada de violencia en contra de las mujeres. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

Por otro lado, el segundo gran foco de la marcha estuvo puesto en la aprobación de la ley –ahora mismo en votación en el Congreso argentino– que garantiza el aborto “legal, seguro y gratuito”, como repitió Daunes al leer el manifiesto.

Pancarta (izquierda) demanda del Congreso argentino la aprobación de la Ley que legaliza el aborto. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones

Más allá de la adhesión a estos dos grandes temas de batalla, la marcha también estuvo caracterizada por la diversidad de grupos y de maneras de referirse y situarse frente a estas problemáticas. Los movimientos “trans”, las agrupaciones de mujeres afro, las trabajadoras sexuales, las mujeres de sectores populares del conurbano bonaerense.

Movimientos “trans” denuncian la violencia de género proponiendo distender la consigna “Ni Una Menos”. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 /Foto: Pablo Mardones.

Agrupaciones de mujeres afro-argentinas adhieren a la marcha y denuncian el acoso callejero. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

Trabajadoras sexuales juegan con el término “puta” aludiendo al paro nacional y demandando derechos laborales. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018. / Foto: Pablo Mardones.

Movimiento popular de mujeres feministas de barrios periféricos del conurbano bonaerense. Buenos Aires, marcha del 8 de marzo de 2018 / Foto: Pablo Mardones.

La marcha fue, y es emocionante verla así, un espacio democrático en el mejor sentido de la expresión. Ella dio lugar a que diferentes sectores económicos, diversos grupos generacionales y múltiples identidades manifestaran, a su forma, las consignas que convocaban a todas. Se trató, entonces, de una convergencia de diferentes trayectorias vitales y colectivas: dotadas de esta heterogeneidad que, a los antropólogos, nos fascina y desafía. ¿Acaso no sería esta capacidad colectiva de expresar de forma heterogénea y, aun así coordinada, las posiciones de los sujetos un requisito de las democracias? ¿Qué podemos aprender en América Latina de estas experiencias de coordinación política en las que, en nuestra diversidad, avanzamos hacia un sentido compartido? ¿Pueden acciones como estas representar una salida democrática y democratizante para el debate político internacional, en esta era de regresión mundial de los derechos?

Haciendo eco, una vez más, a nuestras (de)formaciones profesionales antropológicas, caminamos devuelta a casa reflexionando. Pensamos cuán políticamente potente puede ser la apropiación de espacios públicos como esta marcha, en la que diferentes trayectorias (sociales, económicas, políticas e identitarias) son puestas en valor y originan a una experiencia colectiva, heterogénea y coordinada.

Pensamos entonces en nuestras propias trayectorias. En el papel crucial de las mujeres de nuestras vidas: en cómo ellas vivieron cruces de fronteras tan o más potentes que los nuestros.

Guizardi pensó en su abuela María, luchando por tener dignidad económica mientras cocinaba, cocía, lavaba, limpiaba y cuidaba de una legión de hijos y nietos que le debemos años de trabajo no remunerado. Se acordó de todas las veces que la vio insubordinarse contra la autoridad de su marido quien, solo más mayor, se dio cuenta de que ella tenía derechos y de que habría que reconocerlos. Se acordó de su madre, Regina, luchando tal como le enseñó la abuela María, pero en otro ámbito. Primero, para tener el derecho de ir a la universidad y recibirse de médica. Luego, rebelándose ante todas las trabas profesionales habidas y por haber en este mundillo masculino de la medicina en su conservadora, patriarcal y provinciana ciudad de origen. Su revolución femenina pasaba por los pasillos de los hospitales desplegando alegría. A su forma, se negó a conquistar sus espacios con la pretenciosa seriedad del mundo de los hombres importantes. Así, insubordinada y pelirroja, atendió a miles de mujeres y las asistió en su salud reproductiva haciendo medicina comunitaria en hospitales públicos.

Mardones pensó en su abuela, Belela: mujer que con valentía indescriptible evitó la muerte de varios disidentes políticos en las dictaduras del Cono Sur en los años 70 y 80. Que de esposa de diplomático, se alzó a la esfera pública poniéndole el dedo a Estados y Ejércitos y enunciando –desde una inconmensurable integridad– los Derechos Humanos, políticos y sociales de los y las refugiadas. Se acordó de todas las veces que su abuela se había enfrentado a peligros para defender sus ideales y en su incansable energía de seguirlo haciendo en sus 90 años. Recordó con ternura a su tía Maca, a quién nadie nunca le pudo decir que callara lo que pensaba: dueña de una autenticidad irrepetible, militó, creó, cuidó, viajó y desafió. Tía Maca era la mujer que personificaba esos verbos. La mujer de la acción. Pensó con amor y cariño en su mamá, Belelita, dueña de una impresionante capacidad de navegar calmamente en mares revueltos. Así como de una forma lúcida de pensar la política, de ponerse en ella y de construir –incansablemente tal como su madre– nuevos proyectos de vida. Nuevos mundos posibles.

Y es así como la antropóloga y el antropólogo migrante –una mujer y un hombre– caminaron de la mano este 8 de marzo de 2018 en Buenos Aires: encarnando la yuxtaposición de las trayectorias de diversas mujeres que les antecedieron, cuidaron e inspiraron. Y de esta forma particular y transfronteriza, aportaron a la heterogeneidad colectiva de quienes hoy, una vez más y aquí, dijeron presente.