A veces basta con abrir un diccionario para entender los sustentos más sutiles de algunas formas de interpretar la realidad. Un ejercicio sencillo es buscar las palabras “hombre” y “mujer” en el diccionario de la Real Academia Española (RAE). Además de tener el doble de posibles significados, “hombre” se define, en primer lugar, como “ser animado racional, varón o mujer”.

Entre la decena de acepciones de la palabra “mujer” – “mujer mundana”, “mujer objeto” y “mujer fatal”, entre otras – encontramos que “mujer pública” se define como una prostituta. Por el contrario, en este diccionario, “hombre público” significa alguien “que tiene presencia e influjo en la vida social”.

La institución española fundada en 1714 ha intentado hacer algunos cambios para desmarcarse de la Edad Media. Hasta el año 2017, la RAE definía “sexo débil” como “conjunto de mujeres”, hoy al menos se incluye una marca de uso que aclara que este significado tiene “intención despectiva o discriminatoria”.

Sin embargo, según las fuentes oficiales, o las que pretenden normar y unificar la lengua española, las mujeres seguimos siendo ajenas al espacio público, exceptuando a las trabajadoras sexuales. No es una teoría conspirativa ni una creencia explícita, pero sí es muy simbólico: para ocupar el espacio público, por definición, las mujeres debemos transar algo a cambio.

La calle no nos pertenece, parece que nos quisieran decir; aún tenemos que pedir permiso o dar explicaciones por ocupar un espacio fuera de la esfera doméstica. Si bien en el discurso público nadie jamás defendería esta idea, sí es posible reconocerla implícita en una de las prácticas que al fin ha sido cuestionada de forma colectiva: el acoso callejero.

De niñas nos advirtieron: tenemos que tener cuidado, la calle es peligrosa. Independiente de la experiencia personal al respecto, debemos reconocer que la mirada intimidadora del otro puede ser la primera expresión de una escalada de violencia que fácilmente puede convertirse en una agresión. Una mirada persistente o un piropo en la calle siguen la misma lógica de invalidar y no respetar, e incluso extrañarse, ante la presencia de las mujeres en el espacio público. Por lo tanto, una sociedad donde se siga aceptando el acoso callejero, en consecuencia, será más proclive a violentar a las mujeres de muchas maneras, públicas y privadas.

Rita Segato lo explica así: “La mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas, pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes”.

“¿Yo también?”

En este contexto, no debe sorprendernos la oleada de acusaciones y fenómenos como el #MeToo. Es la manifestación de un malestar que no sólo habla del presente, sino que rescata el eco de todas las que estuvieron antes y que no tuvieron las mismas oportunidades que nos ofrece esta época. Según Casilda Rodrigáñez, “la pre-potencia masculina no es una simple idea que está ahí; es un poder material que ha estado presidiendo la masculinidad, el concepto de hombre, la construcción de los géneros. No es una ley escrita sobre el papel sino grabada en el inconsciente colectivo, pertenece a un sistema con milenios de rodaje, elaboración y asentamiento”.

Quizás no fuimos nosotras, quizás hemos tenido “la suerte” de nunca habernos sentido agredidas, pero ¿y nuestras amigas, hermanas, madres, tías y abuelas? ¿De qué formas aún cargamos con heridas que surgieron antes incluso de nuestro nacimiento? Es importante también porque es un dolor que finalmente influye en nuestras formas de enfrentar el mundo y sus espacios públicos: seguras y empoderadas o temerosas y dependientes de la mirada del otro.

Es este dolor el que se está expresando y el que necesita, de forma urgente, que la mirada del otro se transforme y deje de ser jerárquica para comenzar a ser horizontal, impulsando también una nueva forma de actuar.

Además de lo que suceda a nivel de debate público, el primer paso es comenzar por casa. La reflexión y autocrítica es fundamental. Eduardo Galeano se preguntaba: “¿Cuántas veces he sido un dictador? ¿Cuántas veces un inquisidor, un censor, un carcelario? […] ¿No es la propiedad privada de las personas más repugnante que la propiedad de las cosas? ¿A cuánta gente usé, yo que me creía tan al margen de la sociedad de consumo? ¿No he deseado o celebrado, secretamente, la derrota de otros, yo que en voz alta me cagaba en el valor del éxito? ¿Quién no reproduce, dentro de sí, al mundo que lo genera?”.

Por nuestra parte podemos preguntarnos: ¿Cuántas situaciones de violencia han vivido las mujeres de nuestras familias? ¿Cuántas habrán callado nuestras abuelas y bisabuelas? ¿Cómo nos ha impactado esto? ¿Cuántas hemos vivido nosotras? ¿Cómo enfrentamos las situaciones de acoso? ¿Qué herramientas tenemos y cuáles podemos desarrollar?

Nuestra percepción sobre la mirada del otro también se configuró, casi inevitablemente, a partir de la relación con los hombres de nuestra familia: ¿Cómo son y cómo me relaciono con ellos? ¿Cómo es/era la relación con nuestros padres? ¿Cocinaban, planchaban, hacían tareas domésticas? ¿Participaban activamente en nuestra crianza y en la de nuestros hermanos y hermanas? ¿Cuál es la mirada sobre los hombres que nos entregaron nuestras madres y cómo influyó en nuestras propias relaciones?

De la conquista a la cooperación

La mirada del otro acostumbra a intimidar porque históricamente está acostumbrada a dominar: en la casa, en la calle, en una organización política, social o empresarial y también a su medio ambiente. La calle tiene nombre de hombre. Por eso, por un lado, necesitamos más mujeres públicas que ayuden a recordar que la ciudad y el mundo entero lo construimos y habitamos entre todos. Por otro lado, necesitamos superar la lógica de dominación hacia las mujeres y a todo el planeta. Una popular frase de Mujeres Creando lo interpreta en pocas palabras: “Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista”.

En el colegio nos enseñaron que las expediciones de Colón, cuando desembarcaron en este continente, en primer lugar, “lo descubrieron”, es decir, llegaron antes que otros (paradójicamente, antes incluso que quienes vivían aquí desde hace miles de años). Luego, lo conquistaron. Más de 500 años después aún se cree que el planeta es un territorio a conquistar y que la competencia es natural, incluso deseable, en desmedro de la colaboración y el respeto mutuo. En palabras de Humberto Maturana: “La conducta social está fundada en la cooperación, no en la competencia. La competencia es constitutivamente antisocial, porque como fenómeno consiste en la negación de otro. No existe la ‘sana competencia’”.

Por eso ya es hora de cambiar los lentes con los que la mirada del otro interpreta la realidad. Los verdaderos conquistadores del nuevo mundo son esos hombres que no acosan porque no necesitan dominar ni competir con nadie. Los verdaderos conquistadores del nuevo mundo son esos que valoran y respetan la presencia de las mujeres en el espacio público y están dispuestos a integrar nuestra mirada. Esos que, a su vez, se relacionan armónicamente con otras especies y no sólo las procesan como recursos naturales o ganaderos. Los verdaderos conquistadores del nuevo mundo reconocen que al mirarnos se ven también a sí mismos. Un conquistador del nuevo mundo sabe que realmente no es necesario conquistar ni competir.

*Ejercicio práctico:

Revisa las páginas de un diario lo más antiguo posible y cuenta cuántas mujeres aparecen en las imágenes. Identifica en qué roles: ¿cuántas apariciones en la publicidad y cuántas como autoridades públicas?, por ejemplo. Repite el ejercicio con el diario de hoy (preguntas similares respondió uno de los estudios de Portadas de tu Vida).

*Para escuchar:

BIFE – El Piropo

Rebeca Lane – Ni Una Menos

Miss Bolivia – Paren de Matarnos


Editora Revista Multiverso