Como suele ocurrir con las cosas en la política real, la asunción parlamentaria del Frente Amplio no se produjo en las condiciones ideales para sus objetivos. De forma paralela a la obtención de un senador y  20 diputados/as frenteamplistas, la derecha tuvo una votación que rozó el máximo de votos históricos en una definición presidencial desde el fin de la dictadura, complementando esto con una bancada parlamentaria mayoritaria de 73 diputados y 19 senadores. Si a lo anterior le sumamos los 13 diputados y 6 senadores demócrata cristianos, las fuerzas conservadoras tienen una mayoría suficiente que les permite -siendo optimistas- mantener el statu quo, es decir, mantener el rumbo de modernización neoliberal que ha recorrido Chile durante las últimas décadas.

El Frente Amplio irrumpe con potencia pero aún lejos de ser una fuerza mayoritaria en términos electorales. El comportamiento electoral está determinado por una multiplicidad de factores (políticos, económicos, biográficos y culturales, por citar algunos) pero una lectura responsable de la realidad podría ser asumir que hoy Chile ha optado por un camino de continuidad neoliberal y no por una transformación de aquello. Dicho de otra forma, el Frente Amplio hoy es una minoría cultural, pero tiene mucho espacio para seguir creciendo.

Para que las ideas plasmadas en la candidatura presidencial de Beatriz Sánchez logren ser mayoría en cuatro años más, el Frente Amplio debe optar por una posición política frente al gobierno de Piñera que logre “romper la rueda” del juego oficialismo/oposición de los últimos años. En términos formales, la Concertación y la Derecha siempre han tenido acuerdos en todos los temas relevantes para el país. Estado subsidiario, capitalismo de servicio público, conservadurismo constitucional, criminalización del pueblo mapuche, coerción a la autonomía de las mujeres y alineamiento geopolítico regional con EEUU, entre otros puntos, son los grandes pilares que mantienen el acuerdo de la transición con inusitada vigencia.

Si lo que busca el Frente Amplio es transformarse en mayoría política y cultural con el fin de superar el neoliberalismo y asentar una sociedad de derechos sociales garantizados el camino debería ir por comprender lo parlamentario como una palanca necesaria de visibilización de los movimientos sociales, pero también por constituirse como oposición a la lógica de  “juego de salón” de este espacio.

Así, sí queremos ser mayoría electoral, debemos entender que el ciclo movilizatorio abierto el 2011 es una etapa y no el techo de los movimientos sociales. La necesidad es una intensa intervención en lo social, abriendo, masificando y amplificando las luchas antineoliberales de las que los partidos del Frente Amplio ya son parte  o  deberían serlo. Nueva Constitución, autonomía de las mujeres, vivienda digna, salud pública y crisis medioambiental, por citar algunos ejemplos, son espacios que deben ser considerados como fundamentales en el desarrollo del trabajo frenteamplista de los próximos años. También evitar que algunos engendros del último gobierno de Bachelet, como los servicios mínimos y los pactos de adaptibilidad, dificulten aún más la pequeña organización sindical.

En otras palabras, debemos cambiar la lógica de entender el abrir oficinas distritales en cada comuna para que los vecinos vayan a hacer sus quejas como un gran cambio. Es un gesto mínimo si se consideran las asignaciones dispuestas para ello. “Abrir oficinas para la comunidad” es algo que ha hecho por décadas el duopolio, formando usuarios del clientelismo político, no la fuerza social organizada y politizada que nos exigen nuestros objetivos.

Construir una oposición política pero también social posibilitará ser la mayoría cultural que exige un proyecto de esta envergadura. La historia reciente de Chile nos ha enseñado que es lo que pasa con los proyectos transformadores que, o no tienen mayoría electoral, o que no cuentan con una fuerza social que permita proponer, sostener y profundizar reformas estructurales.

El riesgo de la asimilación a la política transicional es permanente. Su superación no depende, solamente, de “mentes brillantes”, “jugadas audaces” o líderes carismáticos, ya que nuestros rivales también juegan y lo hacen sobre todo en esa dimensión de la “pequeña política”, con mucha más experiencia y recursos. Por todas estas razones, el Frente Amplio no debe plantear una mera oposición a Piñera, sino que debe ser una oposición al modelo en su conjunto que transforme la política de la transición de separación entre lo institucional y lucha social antineoliberal. Creemos que de esta forma podremos ser una mayoría consistente con nuestros objetivos, y no conformarnos con ser otra fuerza política que espere el giro de la rueda electoral cada cuatro años


Militante movimiento Socialismo y Libertad (SOL)