Cuando se pronuncia la palabra “totalitarismo” las personas suelen pensar en el régimen nazi o la ex Unión Soviética, otros seguramente pensarán en algunos gobiernos actuales a los que más bien se atreven a llamar dictaduras. Se les viene a la mente las deportaciones, los guetos, los campos de concentración y los gulag. Evidentemente resultaría increíble siquiera imaginar que algo así pudiera ocurrir en nuestro país, aunque en realidad ocurrió hace muy poco durante la dictadura. Sin ser un totalitarismo, la dictadura replicó ciertas dinámicas y prácticas totalitarias. El problema, más allá  de las prácticas creo, es uno de los fundamentos que hoy perfectamente podemos atestiguar en las triste y dramáticamente llamadas “zonas de sacrificio ambiental”.

De acuerdo a la definición que entrega la Fundación Terram, las “zonas de sacrificio” son “aquellos territorios de asentamiento humano devastados ambientalmente por causa del desarrollo industrial. Esta devastación tiene implicancias directas en el ejercicio pleno de los derechos fundamentales de las personas; derecho a la vida, a la salud, a la educación, al trabajo, a la alimentación, a la vivienda, etc. En estos territorios el daño ambiental ha significado la situación de vulnerabilidad y empobrecimiento de las comunidades.”

Se diría entonces que son territorios en los cuales una serie de derechos fundamentales se encuentran suspendidos, y que quienes se ven afectados por esa suspensión comienzan a experimentar niveles de superfluidad aún cuando su persona jurídica, es decir su condición de ciudadano, no parecería verse disminuida. No se trata de personas en potencial situación apátrida, como lo estuvieron quienes fueron exterminados en los campos o expulsados del país, se trata de personas que por existir de manera contigua a ciertas actividades industriales, pasan a formar parte de lo que ha sido o se está sacrificando.

Esa es la cruda realidad. En Petorca, por ejemplo, se vive una escases hídrica de la cual las comunidades que allí habitan, no tenían memoria desde antes de la expansión de la agroindustria de la palta (véase testimonios del documental Secos). Como ya han advertido organizaciones en defensa de esas comunidades, así como notas aparecidas en la prensa, en esta situación confluyen diversos factores, entre los más importantes el tipo de explotación agrícola que allí se hace y el sobre otorgamiento de derechos de agua (¡?). Como en otras zonas, varios actores compiten por un mismo recurso, pero en desigualdad de condiciones evidentemente, y ya sabemos quienes están perdiendo la carrera, o más bien quienes están siendo sacrificados a favor de otros (los empresarios de la palta).

Quiero detenerme en esta palabra que resulta impactante: Sacrificio. No tanto para darle muchas vueltas filosóficas, porque en nuestra matriz cristiana sabemos que el sacrificio conduce a algo positivo, alguien muere para que otros puedan vivir, por ejemplo. Generalmente el sacrificado era alguien considerado valioso, pero en la lógica de las zonas de sacrificio es justo lo contrario. Para la agroindustria y también para quien debía cautelar que no hubiese un sobre otorgamiento de derechos de agua (el Estado) con las consecuencias que estamos presenciando, esas poblaciones que hoy sufren la vulneración de sus derechos son poblaciones “superfluas”, en comparación a las ganancias de la industria, “valen menos”, es posible “dispensarse” de ellas, son “innecesarias” y porque “sobran” pueden (deben) ser sacrificadas.

Este es el modelo de “desarrollo económico” que la editorial del El Mercurio del día sábado 31 de marzo reivindica cuando ataca a quienes se oponen a ese camino, y que acusa de cuasi complicidad con la “competencia comercial” de los productores a los que se cuestiona. Según dice, quienes defienden la posibilidad de vida de los habitantes de Petorca estarían financiados por la competencia (¡!), da igual que esas personas mueran, lo que importa es reivindicar las condiciones, ilusorias por cierto, de la libre competencia. Ya lo he dicho en otras columnas, ello además expresa la imagen especular de los grupos a los que ese medio representa, piensan que todo el resto se comporta como ellos.

Estas situaciones representan el neototalitarismo que estamos presenciando, rasgos totalitarios en nuestro cotidiano, la supresión de derechos en un Estado de derecho, la conformación de poblaciones superfluas a las cuales el Estado contribuye a aniquilar administrativa o burocráticamente por la vía del sobre otorgamiento de derechos de agua. En algún momento quienes se enriquecen gracias a la muerte de otros tendrán que decirlo con todas sus palabras: “mueran”, y allí ya no habrá ninguna lectura torcida posible como las que ofrece El Mercurio con su adoctrinamiento editorial del pensamiento único. Allí se mostrará, una vez más, la radicalidad ideológica y fáctica a la que somete ese pensamiento que no admite otras vidas, otros caminos, otras alternativas, a las que sólo soporta por la vía del exterminio sea físico, político o ideológico.