Es ya un lugar común decir que en las guerras la primera víctima es la verdad. Un aserto aplicable a propósito del innegable retorno de la Guerra Fría, supuestamente finalizada en 1989 con la caída del Muro de Berlín, y que ha vuelto en gloria y majestad. Si alguien tenía dudas, el ataque combinado de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra Siria, el sábado 14, demostró que el mundo está otra vez sumido en una disputa de súper potencias con conflictos localizados en áreas periféricas estratégicas, con el temor constante de enfrentamientos mayores en que resurge el ogro del holocausto nuclear.

¿Por qué Donald Trump, Emmanuel Macron y Theresa May ordenaron el ataque antes de arribo a Siria de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) de la ONU, que llegó finalmente a Duma el martes 17? ¿Por qué procedieron sin la autorización de sus respectivos parlamentos? ¿Con el involucramiento bélico en Siria, Macron busca desviar la crisis social interna provocada por sus políticas neoliberales? ¿Es posible suponer que Rusia esté manipulando pruebas para la OPAQ, al anunciar el descubrimiento de un laboratorio rebelde de armas químicas en Duma?

En el terreno estrictamente bélico hay una contradicción absoluta, con un triunfalismo de ambas partes, entre las versiones de “misión cumplida” de los atacantes, y los anuncios de “ataque fallido” del presidente sirio Bashar al Assad y la misión militar rusa.

Lo cierto es que hay más interrogantes que respuestas en torno a la masacre con armas químicas del 7 de abril en la ciudad siria de Duma, el posterior ataque con misiles de Estados Unidos y sus aliados, y los hechos posteriores. El inventario de acusaciones, desmentidos y contra acusaciones es muy vasto, y a esta altura resulta ingenuo suponer que se impondrá la verdad en el corto plazo. Se sucederán debates, propuestas abortadas de resoluciones y vetos en las Naciones Unidas, con la multiplicación, en tanto, de la crisis humanitaria que se abate sobre el pueblo sirio, con sus secuelas de víctimas civiles inocentes, masivas migraciones y fortalecimiento de nacionalismos radicales, fundamentalismos religiosos y amenazas de terrorismo.

Volviendo a la Guerra Fría y sus conflictos localizados, esta guerra informativa, o mejor dicho guerra de desinformación, hace recordar los partes del Pentágono durante la guerra de Vietnam, que día a día anunciaban la muerte de centenares de guerrilleros vietnamitas y ocultaban las bajas estadounidenses, que ascendieron a más de 50.000 en todo el conflicto. Algo similar a lo que hacía el mando soviético con “el Vietnam” de la URSS, como se conoce a la invasión a Afganistán entre 1979 y 1989.

La confrontación bipolar posterior a la segunda Guerra Mundial, se caracterizó por conflictos localizados de dudoso origen en cuanto a la intervención de las superpotencias. La propia guerra de Vietnam partió con el falso ataque a barcos estadounidenses en el golfo de Tonkín en 1964. Las sucesivas intervenciones de Estados Unidos en América Latina bajo el paraguas del Tratado de Río de Janeiro de “defensa hemisférica”, también tuvieron turbios pretextos en Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983) y Panamá (1989), para citar los casos más cercanos en la historia.

Del lado de la desaparecida Unión Soviética proliferaron también las intervenciones e invasiones dentro de su “área de influencia” con costos que a la postre agudizaron la crisis del socialismo real. No fue solo en Afganistán, donde la intervención armada contribuyó a gestar el fundamentalismo de los talibanes. Cuando el próximo 20 de agosto se conmemoren los 50 años de la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, que abortó el proyecto democratizador dentro del socialismo de Alexander Dubcek, se recordarán seguramente las falacias con que el régimen de Leonid Brezhnev justificó la entrada de los tanques soviéticos en Praga.

La Guerra Fría que retorna ahora ya no se puede identificar con el rótulo de la confrontación ideológica entre un Estados Unidos capitalista y una Unión Soviética socialista. No solo desapareció la URSS, sino que además el gobierno ruso de Vladimir Putin representa también una propuesta capitalista bajo un sistema autoritario respaldado por la mayoría de los votantes. No es casual que esta misma definición sea aplicable al gobierno de Donal Trump en los Estados Unidos.

Cabe entonces una reflexión: ¿fue realmente la Guerra Fría desde 1949 a 1989 una confrontación ideológica? La guerra de desinformación también distorsionó la evaluación política de este período. A la luz de los acontecimientos actuales, y con la vista puesta en el drama de Siria, se puede afirmar que tanto ayer como hoy el mundo asiste a una pugna de dos superpotencias autárquicas y nacionalistas con aspiraciones de hegemonía mundial.


Exdirector Escuela de Periodismo, Universidad de Chile