—¿Cómo es que te interesa el ejercicio de novelizar personajes históricos y sus biografías? Considerando tu formación académica, quizás sería más sencillo realizar una recopilación de fuentes y narrarlo en un registro más formal. ¿Cuál es el provecho en ficcionalizar la historia?

—Cuando tú haces una ficción literaria, tú le agregas el componente y la dimensión emocional. La historia, entonces, tiene sentimientos y con ellos todos los hechos se vuelven mucho más interesantes, en cuanto a la identificación que el lector logra con la novela. Un trabajo de investigación de corte monográfico, como un paper u otras publicaciones en ese registro, es mucho más seco y deja fuera esos pequeños detalles. Los sentimientos no pueden ser tratados en un trabajo así porque pertenecen al dominio de la subjetividad. Con eso pierde mucho valor. Además, en este último tiempo estoy absolutamente dedicada a la literatura. Es lo único que escribo, y como me llaman la atención ambos personajes no podía no escribir una novela sobre ellos.

—Comparando literatura e historia, ¿cambia mucho el tratamiento de las fuentes en una y otra disciplina? Mencionas en otros lugares que te encontraste, casi por casualidad, con parte del material utilizado para reconstruir la historia de los hermanos Parra. ¿Cuáles son las diferencias entre una perspectiva histórica y una perspectiva narrativa?

—En mi opinión, la investigación que hace un escritor no es tan diferente a la que hace un historiador. La diferencia radica en el uso que le das a esa fuente, más que en su recopilación. En el caso del escritor, lo que hace con esa fuente es utilizarla como marco de referencia para ficionar a los personajes, para ponerlos a conversar, para que se comuniquen y se relacionen entre sí. Y es esa relación la que interesa. Particularmente en su dimensión emocional. A eso nunca llegará un historiador, pues él debe conservar cierta distancia en función de la objetividad que caracteriza, más o menos, su disciplina. Debe producir datos medibles, cuantificables y verificables. Eso no le interesa al escritor, quien se enfoca mucho más en las particularidades, las excepciones. Todo lo que no le concierne a la historia. Esta no es mi primera novela. Mestiza, por ejemplo, también es una ambientación. Yo creé personajes ficticios y los puse a moverse y comunicarse en un siglo dentro de un tiempo que realmente ocurrió.

—Hay un episodio en Violeta y Nicanor que da cuenta muy bien de la intensidad que siempre se suele atribuir al vínculo fraterno entre ellos: Nicanor le presenta a Violeta su novia sueca, Inga. Él detecta de inmediato que no se caen bien, a la vez que su polola tampoco tarda mucho en notar que la comunicación entre los hermanos Parra es de otro orden, uno que ella no comprende. ¿Cómo fue el proceso de caracterizar esa intensidad? ¿Cómo lo imaginaste? ¿Qué documento, de haberlo, fue crucial para tejer estas complejidades?

—Muy importante fue la conversación de Leonidas Morales con Nicanor Parra en los años ’70. Hay un momento en esa entrevista, muy largo, en el que el poeta habla exclusivamente de su relación con Violeta. Esa fuente es una de las más importantes para la escritura de este libro. Después, todas las otras veces que Nicanor Parra mencionaba a su hermana en las entrevistas (él nunca dejó de nombrarla) complementaba lo que conversó con Leonidas Morales. Lo que hice yo fue un trabajo de recopilación a la manera de armar un rompecabezas. Por otro lado, también hubo un intenso trabajo con los personajes. De conocimiento de estos personajes, casi como si estuviera escribiendo el guión de una película: saber sus temperamentos, personalidades, mentalidades. Así, pude inferir más tarde cuáles eran los putos de encuentro entre los hermanos, misma cosa con sus desencuentros.

—La historia de la familia Parra es un caso excepcional en Chile. Pocas son las veces en que los hijos de una familia campesina, en este lugar del mundo, logran tal nivel de reconocimiento a nivel mundial. El otro día salió publicada una entrevista a Barraco Parra, el menor de los hijos de Nicanor, en la que narraba cómo éste, en sus momentos de delirio, recordaba a Violeta atribuyéndose su creación: “De la Violeta hablaba todo el tiempo, y no solo hablaba, gritaba: ¡Yo la hice, con estas manos!”. También dice algo que se puede emparentar con lo último que dice el libro, “No existe Violeta sin Nicanor”, pero es indudable que este adagio corre para ambos lados. Mucho se ha dicho de la influencia de Nicanor sobre Violeta, pero ¿cuál es la influencia de Violeta en Nicanor?

—Yo creo que esa influencia está siempre, a través de la admiración que sentía él por ella. Nicanor siempre consideró que su hermana era genial. Nunca lo dijo en las entrevistas, pero sí se refirió a la mala suerte de Violeta, “de estar rodeada por pigmeos”. Eso le provocaba mucho sufrimiento. Nicanor sentía que era el único que la comprendía y la reconocía. El momento más simbiótico de esta relación es en el año 1958. Violeta llevaba cinco años recopilando el folclor del campo chileno y Nicanor publica el poemario “La Cueca Larga”. Este poemario es una consecuencia del trabajo hecho por Violeta. Así lo imaginé para la novela y así lo leí en una entrevista que dio Ángel Parra. Cada vez que Violeta Parra regresaba de sus expediciones al campo, con su grabadora o sin su grabadora, si es que no había luz, ella se encerraba con su hermano en La Reina a mostrarle lo que había reunido y contarle lo nuevo que había aprendido. Eran sesiones que duraban días completos. En “La Cueca Larga” se nota el aprecio que Violeta sentía, en sus primeros días, por la cueca y la tonada. Es tal la simbiosis que se muestra en ese poemario, que más tarde Violeta lo musicaliza y lo canta con la ironía de su hermano. Además, en “La Cueca Larga” aparece la “Defensa a Violeta Parra”. En 1958, Nicanor ya tiene clara la grandeza de su hermana y, al mismo tiempo, sufre la falta de reconocimiento que los otros no le dan.

—En la misma entrevista de Barraco Parra, él también alude a que fue idea de Nicanor, en primera instancia, que Violeta se fuera al campo a recopilar los cantos populares. Hay una escena en el libro donde se ilustra la sensibilidad de Violeta al comparar (estructura lógica por revisar) con lo que estaba leyendo su hermano en ese momento. ¿Qué puedes decir sobre esta afirmación?

—Eso ocurre cuando Nicanor regresa de Oxford, acompañado de Inga, su novia sueca. Un día, Violeta pasa a verlo a su departamento en calle Mac Iver, y él está leyendo un libro de Rudolf Lenz, el antropólogo y filólogo que trajo los estudios de antropología a Chile. El libro se llama “Cantos Populares de Chile”. Nicanor le lee pasajes de unas décimas que Lenz registra, un contrapunto que ocurrió en la realidad y que Lenz transcribió en su trabajo. Mientras Nicanor leía, Violeta le comenta que esos cantos son los mismos que sus vecinos en San Fabián de Alico, los cantores en el mercado de Chillán y así. Ese momento es muy importante en la vida de ambos porque se dan cuenta que comparten, en cierto modo, una búsqueda.

—Nicanor Parra, según lo que tú comentas y lo que se sabe a partir de sus entrevistas, siempre estuvo atormentado por la idea de ser la única persona capaz de entender a su hermana. La genialidad de Violeta Parra era incomprensible para su época. ¿Por qué es tan difícil de explicar la figura de esta artista?

—Esa pregunta también me la he hecho. ¿Qué había en ella que la hacía tan complicada? Lo que vio Nicanor Parra fue una corriente, una fuerza creativa y una intuición que había que encausar. Ahora, ¿cuál es esta creatividad? ¿En qué consiste esta intuición? Ahí radica, creo yo, la genialidad de Violeta. Una de las características de los genios es que tú no los puedes vere cuando eres contemporáneo a ellos. Se necesita distancia. Me gusta mucho la imagen que utiliza Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, sobre la genialidad: dice que es como una luz que está en el firmamento, a la manera de las estrellas. Y tal como la luz de las estrellas, no llega de inmediato a la Tierra. Es con el paso del tiempo que en la superficie se recibe esa luz y se puede dimensionar su grandeza. Eso creo que es lo que está pasando en Chile con Violeta Parra: ha empezado a llegar su luz. Hemos empezado a entenderla. En particular, la gente joven recoge con cariño su creación artística, pero también va más allá. Existe una reivindicación de su carácter, de las cosas que hizo, rompiendo todos los esquemas existentes de su época. Era absolutamente irreverente, demasiado adelantada a su tiempo.

—En el libro hay un diálogo entre Violeta y un amigo suyo donde éste le dice que lo que ella tiene no es un problema de falta de algo, sino de exceso de fuerza vital. Este ímpetu que sobrepasa su obra creativa, ¿A qué corresponde?

—Hay mucho misterio en torno al carácter de Violeta. La originalidad es misteriosa. Tiene componentes que han sido identificados por algunos autores, eso sí. Uno de ellos es la intuición. La intuición privilegiada del artista respecto de temas fundamentales de la existencia y la condición humana. Ese entendimiento lo tienen ambos hermanos. En el caso de Violeta Parra es una intuición irreverente, en el sentido de que a la vez que ella ve elementos de la cultura chilena, de nuestra tradición y siente compasión por ella, se identifica con ella, también siente un deseo que no es rabia ni resentimiento, sino una reivindicación de esta sensibilidad, que va más allá de lo político. Refiere a algo más trascendental. Hay una cita que leí en una carta escrita por Gabriela Mistral, donde dice que el estilo de un escritor es 100%, si se me permite la paráfrasis, su carácter. Cuando hablamos de genio aludimos a un carácter genial. De acuerdo a Schopenhauer, los componentes de la genialidad son la compasión y la intuición del Ser. De ese Ser metafísico que incuba cada uno de nosotros y nos trasciende por igual, y que los artistas expresan a través de su obra. Lo puedes ver en los poemas de Nicanor y también en las canciones de Violeta.

—En algunas entrevistas durante la década de los ’90, Nicanor comenta su interés por el taoísmo y se lamenta de no haber llegado a esta forma distinta de entender al sujeto, pues si lo hubiese hecho antes, quizás el destino de Violeta habría sido distinto.

—En la novela retomo una corriente de pensamiento española y chilena que divide a la población latinoamericana entre bárbaros y civilizados. Una de las tesis de esta novela es que tanto Violeta como Nicanor vinieron a barrer con esa diferencia. No hay bárbaros ni civilizados, sólo seres humanos. Ese es un pensamiento romántico, que nació en Alemania con Johann Gottfried Herder. Para él no había una distinción entre barbarie y civilización, sino cultura y civilización, donde la cultura es superior a la civilización pues este último es un ordenamiento ficticio de la sociedad. Lo que realmente cuenta es la cultura, de acuerdo a Herder, porque es orgánica y crece con el tiempo. Ahí están el imaginario, los mitos y el lenguaje del ser humano. El Volksgeist que describe Herder se expresa en Violeta y Nicanor. Sobre todo Violeta. Su trabajo está en las grandes corrientes del pensamiento universal. Ella hizo lo mismo que los Hermanos Grimm en Alemania. Con ella llega el romanticismo a Chile.

—En tu ficción también hay un espacio para retratar la amistad de los hermanos Parra con José María Arguedas, intelectual peruano cuyas inquietudes sobre la identidad indígena y campesina de su país eran similares a las de Violeta y Nicanor con el territorio chileno. Arguedas, tal como Violeta, también pone fin a su vida después de una larga depresión que también nacía de sentirse incomprendido. Tú, como historiadora, observando estas semejanzas entre ambas figuras, ¿Podrías decir que hay una mentalidad, que no es urbana y que va más allá de las fronteras políticas en Latinoamérica, que es intraducible?

—Sí, es correcto, pero hay una diferencia que no se puede obviar: José María Arguedas sí obtuvo el reconocimiento institucional y social que a Violeta Parra le fue negado. Fue director de museos, dio cátedras en universidades…

—Era hombre…

—Era hombre, eso es clave. También hay que decir que Violeta Parra era tan irreverente que nunca quiso aceptar cargos académicos. Ni siquiera quiso estudiar en la Escuela Normal cuando su hermano la matriculó. Ese contraste es interesante con su hermano, e intenté expresarlo en la novela: Nicanor hizo el camino académico, y sin duda se le hizo más fácil por su género.

—La irreverencia que Nicanor expresa en sus poemas, a Violeta no se la perdonaban. Todo lo que hacía atractivo el trabajo de Nicanor, su desparpajo e ironía, en Violeta era condenado.

—Para Violeta habría sido imposible recorrer la misma ruta en un tiempo donde casi no había mujeres en la universidad.

—Al utilizar la ficción para relatar la historia de los dos hermanos, ¿nunca te viste tentada por correr el cerco de la realidad e imaginar otros destinos posibles para cada uno de ellos? ¿Hay algún propósito en contar las cosas dentro de los hechos reales?

—Vivo hace 32 años en Alemania, y desde esa perspectiva veo un enorme déficit en Chile en cuanto al conocimiento de nuestra verdadera memoria cultural. Hay horribles lagunas históricas en la conciencia colectiva del país. Malamente quisiera seguir yo echando más lodo a esas lagunas. Mi intención es disipar esa ignorancia.

Violeta & Nicanor
Patricia Cerda
Editorial Planeta
448 páginas
Precio de referencia: $15.900