Mi vida ha sido una sucesión de “súbete eso”, “tápate”, “bájate un poco” y “se te ve todo”, entre muchas otras frases que empecé a escuchar cada vez más seguido desde que llegué a la adolescencia. Ese es el momento exacto en el que aprendí (sin saber) que mi cuerpo no era mío.

Los ojos con los que el mundo mira a las mujeres son como si ellas fueran un espectáculo constante. Las mujeres mostramos y provocamos, porque así es como nos piensan, educan y tratan, como si nuestro cuerpo fuera un servicio para el otro. Un show que además debe asumir muchas reglas.

En este caso hablo del servicio al placer sexual, porque ese es el único espacio en el cual se nos permite mostrar el cuerpo. Las tetas las podemos mostrar si es para porno, para calentar, pero no para amamantar o manifestarnos con un tetazo en la plaza pública. Es tan triste que la única forma en la que se piense a las tetas sea de forma sexual, que si una mujer decide subir una foto a sus redes sociales o caminar por la calle con escote, la única interpretación posible, es que quiere excitar a los hombres que la puedan mirar. Digo triste (además de heteronormada), porque es una interpretación que he escuchado y leído de parte de hombres y mujeres sin mucha distinción. Siempre para los otros, jamás por o para ti.

Entender que tu cuerpo no es tuyo explica muchas cosas. Empiezas a entender, por ejemplo, por qué varios defienden el acoso callejero usando la expresión “¿por qué no tengo el derecho a decirle que la encuentro rica si quiero?”. La palabra clave es “derecho”, porque efectivamente la sociedad les ha entregado un derecho sobre nosotras, uno que parece invisible, pero que sus consecuencias las vivimos de una forma tan real, que el miedo se transforma casi en un estilo de vida para nosotras.

Creo que es importante hablar del miedo, porque cuando tu cuerpo no es tuyo y el derecho lo tiene otro, sabes que tampoco tienes el control y que en cualquier minuto alguien podría venir a “hacer uso de ese derecho”. Al final eso sucede con la cultura de la violación, esa parte podrida del sentido común que hace que culpemos a la falda o al alcohol. La faldita mostró tus piernas, porque eso eres finalmente, una vitrina a la cual se puede acceder.

Por eso existe este debate feminista -que ya tiene mucho tiempo- que dice que las mujeres en una sociedad machista somos objetos. A los objetos puedes acceder, se exhiben, no se necesita consentimiento, no necesitas preguntarle a una lámpara si la puedes tocar, simplemente lo haces o le preguntas al dueño(a) de la lámpara. Eso es exactamente lo que hoy sucede con muchas mujeres.

Es evidente que no todo el mundo nos ve de ese modo y que tampoco todos son potenciales violadores. Sin embargo, la cultura es poderosa y sin saberlo, varios pueden haber ejercido alguna práctica más o menos grave. Hay quienes nunca abusaron de una mujer, pero quizás sí hablaron de forma muy sexualizada cuando no era necesario o reenviaron una foto que no debían, ignorando el hecho que estaban ejerciendo violencia.

Ojalá todos renunciaran al privilegio que existe sobre el cuerpo de nosotras (gracias a quienes ya empezaron). Imaginen lo lindo que sería poder ir a la playa sin la parte de arriba del bikini, porque te sientes más cómoda así y que sea lo más normal del mundo. Que la falda corta sea una cosa de estilo y que no sientas miedo porque se hizo de noche y alguien piensa que estás provocando. Que el escote en la vida o en las fotos de lo mismo porque nadie te dirá que sólo quieres la atención de algunos hombres. Imagina que el cuerpo es tuyo, que por fin los recuperamos.


Fundadora OCAC Chile