El día martes 8 de mayo aprendí que si en la noche un hombre desconocido me toma por sorpresa por la espalda, rodeando mi cuerpo con su brazo derecho mientras con su brazo y mano izquierda lo hace entre mis piernas, me toma desde la vulva y presiona, para el sistema judicial chileno es, primero, solo “tocaciones indebidas”. Y luego, ante la insistencia, y realizando las averiguaciones correspondientes con mi celular, y carabineros con el fiscal, es catalogada como “ultraje en la vía pública a las buenas costumbres”. Ningún carabinero supo reaccionar a lo que me había pasado ni mostro empatía, solo era un procedimiento más, lo que da cuenta de un sistema político social que desde su raíz está nutrida de misoginia. Leyes patriarcales que permiten la cosificación de nuestra cuerpa, en la exposición constante del imaginario que la sociedad y el patriarcado espera y necesita que cumplamos.

La denuncia “ultraje en la vía pública a las buenas costumbres” solo da cuenta de acciones que atentan contra la moral y aquellas consensuadas buenas costumbres, no dando sentido a denuncias de características sexuales, cualquiera sean estas, hasta antes de ser penetradas sin consentimiento, limite absurdo y descontextualizado que hoy nos deja a mujeres en las más completo desamparo. El intento de violación (detenido por mí) al no concretarse se diluye en el abismo del imaginario violación/penetración, y pasa a constituirse como una simple creencia para la justicia. Aún recuerdo las palabras de un carabinero cuando pedí denunciarlo por intento de violación: “eso usted no lo sabe, usted cree que pudo haber ocurrido, pero como no paso ‘nada más’ (¿nada más?), entiéndame, usted no puede saber y por esto no se puede denunciar por violación o intento de violación”.  A todo lo ocurrido debía culparme además por defenderme y conformarme con el concepto de tocaciones indebidas. Si mal no recuerdo, y ya en la comisaría, una o dos horas después, el fiscal comunicó la forma de proceder con mi denuncia: “ultraje en la vía pública a las buenas costumbres”.

Un completo desconocido, en plena calle en Santiago Centro, a cuadras de mi casa, se acercó a mí por la espalda de forma premeditada, pero al reaccionar y defenderme no puedo probar, menos sugerir, un intento de violación. Si no hubiese logrado sacármelo de encima podría haberme violado, me pudo haber penetrado (esto espera la justicia para poder hacer algo), pude haber muerto, pude haber sido asesinada como otras compañeras, pero aun así se me culpa y castiga por defenderme: histérica, loca, feminazi… ¿cuál es el límite? ¿Qué se les está permitido hacer sobre nuestras cuerpas a los hombres tanto en espacios privados como públicos?

Mi (nuestra) cuerpa pudo ser uno de los tantos casos de mujeres asesinadas por hombres, por aquella supremacía social con la cual inscriben su masculinidad, las que han gestado condiciones de desigualdad oprimiéndonos desde el imaginario deber-ser mujer. Cualquier indicio de libertad por nuestra parte es violentamente acallada por hombres. Generalizo, pues lo que me ocurrió no es un caso fortuito, son acciones que ocurren todos los días a todas las mujeres, seamos consientes o no de ellas. Femenias y Soza su texto “Poder y violencia sobre el cuerpo de las mujeres” mencionan que la violencia contra las mujeres es uno de los mecanismos sociales fundamentales mediante la cual se nos coloca en una posición de subordinación frente al varón. Tomar(nos), lastimar(nos), violar(nos) y asesinarnos(nos) son formas de ejemplificarnos, son el mensaje más claro de la misoginia social. Padecemos específicamente por ser mujeres, las relaciones históricas nos muestran la indiferencia y crueldad hacia nosotras, leyes misóginas, que hoy nos posicionan en espacios de vulnerabilidad y precariedad, normalizando la binariedad asimétrica hombre-mujer.

El potencial violador está libre. Por redes sociales averigüé dónde trabaja y es a cuadras de mi casa. Podría topármelo ahora, tú podrías encontrarlo cara a cara en la calle sin saber que días atrás me intento violar. Agradezco reaccioné, los casos de mujeres que han salido a la luz pública, y, mas angustiante aún, los que no son visibilizados mediáticamente, hacen que estemos atentas a cada instante, en una vida angustiante y precaria, sumidas en el terror y la desconfianza de nuestro sistema judicial, atentas nosotras y entre nosotras a quien está cerca; sí, a todos nos pueden asaltar, pero a nosotras nos violan y nos asesinan, el miedo no solo está en llegar a casa sin un celular o sin dinero, el miedo radica en no llegar. Para la justicia chilena lo que me sucedió, no es un delito, y hoy Ronald Iván Pomar Seminario está libre.

Por defenderme no estoy en las estadísticas de feminicidio (es menester reconocer que nos asesinan por ser mujeres, el femicidio ya no da cuenta de la intensión de nuestras muertes). Lo que nos pasa como mujeres en la cotidianidad está invisibilidado, inmerso en un sistema político y social que promueve la cultura de la violación, mensajes misóginos que han naturalizados la violencia hacia mujeres; me castigaron por defenderme y al potencial violador lo liberaron porque no permití me violara. El patriarcado es cultura de la violación, los hombres potencialmente violadores son dejados libres, los hijos sanos del patriarcado se vuelven victimas que cristalizan el lugar asimétrico en el cual las mujeres hemos sido posicionadas a costa de privilegios para otros.

Exponer lo que me sucedió me ubicó en un espacio donde el enjuiciamiento moral es contra mí y de justificación para él, potencial violador, por estar alcoholizado. Carabineros consideró irrelevante el soborno por $10.000 pues el victimario estaba ebrio y no podían tomarlo en serio. ¿Desde cuándo y por qué estar alcoholizado es una justificación para los hombres? ¿Cuándo se volvió un comodín para potenciales feminicidas y violadores en nuestro país?

Quiero ser libre, no valiente. Quiero caminar segura. No quiero angustia. No quiero crisis de pánico. Quiero dejar de pensar qué hubiese ocurrido de no haber reaccionado o él hubiese tenido un arma, o se hubiese vengado por defenderme. ¿Cómo reacciono si conozco los límites y barreras que como mujer tengo para denunciar a alguien por intento de violación? Decidir entre dejarnos penetrar para denunciar o defendernos y morir no debe ser una opción para las mujeres, no debió ser una opción para mí. No es justo.

Decidí dar mi testimonio pues no podemos seguir obviando la violencia hacia las mujeres. Hacerlo público gracias a que logré defenderme y sobrevivir. Antes de escribir desde la irracionalidad y la rabia, decidí escribir desde la racionalidad. Es necesario develar y deconstruir el modelo que hoy nos nutre como sociedad, se trata de vida de mujeres en manos de hombres que han sido educados para ejemplificar nuestras cuerpas, el patriarcado existe y está ahí arraigado en hombres y mujeres.