El movimiento feminista que hoy está teniendo cabida en diversos establecimientos educacionales secundarios y de educación superior, ha puesto sobre la mesa temas fundamentales que apuntan a la igualdad de derechos con perspectiva de género. Los paros y tomas feministas se han tomado la agenda pública destacándose las protestas que estudiantes de liceos emblemáticos de mujeres han realizado afuera del Instituto Nacional. Los hitos puntuales relacionados particularmente al Instituto Nacional son: la recreación de estudiantes de la violación, conocida como “La Manada” y su viralización por redes sociales; el polerón del 4° L Matemático y la frase “Quien fuera bisectriz pa’ partirte en dos y altura para pasar por tu ortocentro”; el comunicado del departamento de inglés, en el cual dan cuenta y denuncian el sexismo y machismo existentes dentro del emblemático establecimiento; y la acusación de acoso sexual por parte de una funcionario inmigrante del personal de aseo. El punto cúlmine de estos hechos: la toma del Instituto Nacional de parte de estudiantes del Carmela Carvajal durante la jornada del 15 de mayo de 2018, acusando a institutanos sobre situaciones de acoso y violencia de género, sumado a la exigencia de una educación no sexista.

Lo que las estudiantes de liceos como el N°1 de Santiago Javiera Carrera y el Carmela Carvajal buscan poner en relieve no es su interés por ingresar al Instituto Nacional -discusión que el año pasado se instaló con la carta enviada por Marina Ascencio el 2017 (donde cuestionaba a las autoridades, desde la presidenta Michelle Bachelet hasta el rector del Nacional, Fernando Soto, por qué su sexo le impedía ingresar a este establecimiento)- sino que, por el contrario, denuncian la violencia de género que ejercen sus estudiantes, la cual es un cimiento importante de su cultura escolar.

Me detengo en este punto, a propósito de la declaración emitida por el Centro de Exalumnos del Instituto Nacional (CEAIN), en que señalan que “los ataques sexuales o sexistas no son parte de nuestra cultura. Ni los promovemos, ni los toleramos. Sean estos propios o ajenos. Sea que los protagonice alguno de nuestros integrantes, o que los suframos por mano o vociferación ajena. El ser Institutano respeta y promueve la dignidad humada, forjada en la integridad”. La inexistencia del sexismo dentro de la cultura institutana es una afirmación falsa, sobre todo si es una afirmación que proviene de sus exalumnos, ya que en tiempos pretéritos estas eran discusiones que no se habían abordado de forma sistemática dentro la comunidad educativa. Como posiblemente muchas y muchos hemos escuchado o leído estos días, su situación de privilegio les impide ver eso.

Durante los años 2016 y 2017 desarrollé mi tesis para obtener el grado de antropóloga social, teniendo la posibilidad de realizar entrevistas a integrantes de toda la comunidad, asistir como observadora a actos oficiales y eventos como el día del alumno, además de sentarme en la calle Arturo Prat a observar las dinámicas de la salida de clases, todo como parte de un ejercicio etnográfico. Los resultados de mi investigación vinieron a confirmar prejuicios que como mujer investigadora imaginaba eran propios de la cultura institutana: una cultura sexista y que reproduce los estereotipos de género.

Esto radica en la masculinidad hegemónica tradicional, que es parte medular de la formación de los institutanos. Esto lo pude observar en todas las instancias en que me desenvolví como investigadora, dentro de las cuales destaco los discursos de las autoridades, cuyo énfasis en la identificación del Instituto Nacional como «el primer foco de luz de la nación» daba cuenta de la alta autoestima de la que siempre había oído referencias. Desde ahí que en mi experiencia como investigadora viví algunas situaciones que me recordaban constantemente que soy mujer. Destaco dos en particular: 1) un estudiante se me acercó en tono de galantería durante el día del alumno; fecha caracterizada porque podían ingresar estudiantes mujeres de otros establecimientos a participar de la actividad; 2) la que considero más significativa, refiere a que en la mayoría de las entrevistas que hice a docentes hombres y estudiantes, había un cuidado particular en el uso del lenguaje que evitaba el uso de garabatos frente a mí; sin embargo, en casos en los que necesitaban hacer uso de garabatos para ilustrar una situación o ejemplo en particular, se disculpaban de antemano.

Más allá de mi experiencia personal como mujer investigadora en un contexto altamente masculinizado, en mi análisis identifiqué que para la cultura escolar institutana la mujer se reduce a su rol maternal y a ser objeto de deseo sexual. Incluso se dio en las diferentes entrevistas que realicé al plantear la hipótesis sobre la posibilidad del ingreso de mujeres a este establecimiento, que la argumentación de la comunidad educativa se reducía a los efectos que tendría en el rendimiento académico de la institución, que aseguraban bajaría. Bajo esa línea, un argumento era que las mujeres tienen peor rendimiento y les cuesta más obtener mejores resultados; el segundo, radicaba en que, ante la presencia de mujeres, los estudiantes se desconcentrarían en clases. Esta afirmación era inmediatamente refutada por la realidad docente del establecimiento, en la que la mayoría del cuerpo docente estaba constituido por mujeres, lo que, a su vez, tampoco era óbice para que prácticamente todos los cargos directivos fueran ejercidos por hombres. ¿Por qué?

En ese sentido, la experiencia subjetiva de los integrantes de la comunidad escolar institutana logra generar inclinaciones, actitudes y prácticas sobre el género que revelan la visión general fundada en su cultura escolar. El Instituto Nacional es un espacio cultural donde el sexismo se expresa e instala sin problemas en las prácticas cotidianas, posicionando a la mujer como individuo invisible o más exigido por la comunidad escolar. Con esto se manifiesta tácitamente una visión de ella como un ser inferior, relegado al rol que tradicionalmente la sociedad patriarcal y machista le ha asignado, como es el rol maternal -y las cualidades que la distinguen bajo ese comportamiento- o bien el rol sexual -ser objeto de deseo- pasando por alto sus capacidades intelectuales y/o profesionales, las cuales están por sobre lo que social e históricamente se ha entendido por «ser mujer».

Por lo tanto, el comunicado de CEAIN resulta poco atingente a la realidad del Instituto Nacional, haciendo caso omiso a situaciones de discriminación, en las cuales muchas veces se ejerce una violencia simbólica hacia las mujeres, así como también a quienes afirman una disidencia sexual, pues se les impone formas de ser y de actuar.

Desde ahí, quiero instalar un tema que he extrañado en las polémicas que han surgido alrededor del Instituto Nacional en los últimos días, que tiene que ver con las disidencias sexuales dentro del Nacional. Con esto quiero decir que los problemas de género no son sólo de mujeres en contraposición a los hombres, sino que radican en la violencia propia de la masculinidad hegemónica. Es un secreto a voces la discriminación a estudiantes homosexuales y/o transexuales dentro del espacio del Instituto Nacional, pero hasta ahora, ni el rector con el comunicado que emitió el 15 de mayo de 2018 se ha referido a este asunto. A la fecha, el único comunicado que lo aborda es el del departamento de Inglés.

Bajo este contexto resulta atingente el llamado de atención de las estudiantes de liceos emblemáticos, que acusan la incompetencia de esta institución para hacer frente a las situaciones de violencia, acoso y abuso que han sido denunciadas. Porque mientras el Instituto Nacional se siga aferrando fehacientemente a su tradición –que, por lo demás, se forja desde el proyecto republicano que en sus inicios se fundó en el rol del liderazgo masculino- seguirán ocurriendo actos como los denunciados hasta hoy. Si bien la responsabilidad no recae sólo en las instituciones educativas sino que también en la sociedad en su conjunto, es perentorio que los establecimientos educacionales se hagan cargo de su rol histórico de formadores y busquen erradicar la transmisión de inclinaciones, actitudes, percepciones, discursos y prácticas sexistas. En ello reside la construcción de una visión crítica relacionada con la masculinidad transmitida y reproducida en el espacio institutano. Lo mismo aplica para el Ministerio de Educación, quienes a la fecha no han sido capaces de instalar un programa de educación social y afectiva que esté a la altura de los requerimientos y necesidades de la sociedad contemporánea.

Dicho esto, es urgente resignificar lo femenino y a la mujer como sujeto que tiene las mismas capacidades y es igual de competente que el hombre para ejercer labores públicas, de liderazgo y todas aquellas que se les han asignado históricamente a los hombres; así también respecto a las masculinidades alternativas y las estudiantes transgénero institutanas. Pero aplicándolo en sentido inverso también es necesario resignificar lo masculino y al hombre como sujeto que puede realizar las mismas labores que tradicionalmente se le han asignado a la mujer. En otras palabras, la tarea consta de cuestionar los estereotipos de género desde un sentido en que la naturaleza, y en concreto el sexo, no establecen las capacidades y funciones que puede ejercer un individuo u otro dentro de la sociedad.

Hay un punto fuera de esta columna que me interesa abordar en una segunda oportunidad, respecto a la posibilidad de un Instituto Nacional que permita el ingreso de mujeres, tema que data de 2014 y que se ha instalado como solución a la violencia de género ejercida desde los institutanos. Posibilidad que en realidad viene a plantear una solución aparente mas no eficaz.


Antropóloga Social, Secretaria Técnica Proyecto Educación y Ciencias Sociales (FIDA), Facso U. de Chile