Hay algunos que tienen la habilidad de aprovechar la aparición de la fortuna a su favor manteniéndola a su lado por un largo periodo. Es el caso del cineasta chileno Sebastián Lelio que, tras haber sido reconocido con innumerables galardones por su filme Una mujer fantástica (2017), logró asociarse con gigantes extranjeros consiguiendo codearse con los actores y las actrices que cualquier estudiante de cine sueña con poder algún día dirigir. Fruto de esta estrategia nace su nueva entrega, Desobediencia (2017), que se destaca por situarse en un contexto absolutamente ajeno en su especificidad a cualquier fenómeno chileno; no sólo se adentra en una localidad inglesa habitada por una comunidad judía ortodoxa sino que los personajes son en su totalidad angloparlantes.

El filme se inicia mostrando la prédica de un rabino rodeada por un velo de santidad que da la sensación de poder cortarse con un cuchillo. La comunidad que la escucha atentamente se encuentra dividida entre hombres y mujeres. Los primeros rodean al rabino sentados en su mismo nivel en círculos sucesivos según la importancia del cargo que ocupan, y las segundas sentadas en un nivel superior a los hombres ocupando la perspectiva unidireccional de un mero espectador. El objetivo de la prédica es problematizar en torno a la obediencia utilizando como marco el relato del Génesis. Yahveh habría tardado seis días en crear a tres de sus creaturas más preciadas; a los ángeles, a las bestias y a los humanos, las cuales se distinguiría unas de otras en relación a la forma de comunicación que el Creador entabla con cada una de ellas. Es así como tanto los ángeles como las bestias obedecen a su palabra pura, pero si los primeros lo hacen inmediatamente, los segundos lo hacen siguiendo sus instintos. En cambio, los humanos son las únicas que, creados a partir de la tierra, son libres de desobedecer la palabra divina. La prédica funciona como la matriz dentro de la cual la relación de tres amigos de infancia, Roni, Esti y Dovid, se desarrolla en su adultez tras reencontrarse con motivo de una desgracia.

Los tres crecieron siguiendo los dictámenes de una comunidad liderada por un rabino cuya labor servía como el más eficiente aglutinador. Sin embargo, fue ese mismo gobierno espiritual el que terminó por separarlos. Ronit dejó atrás la pequeña localidad inglesa y se transformó en una exitosa fotógrafa residente de Nueva York que captura con su lente cuerpos desnudos de viejos tatuados; Esti y Dovid en cambio, siguieron el destino que el líder carismático había trazado para ellos y se convirtieron en uno de los pilares más respetados de la comunidad judía. La distancia física que expresa esta estereotipada diferencia entre quien desobedece y quienes obedecen es relativizada por la reinserción fortuita de Ronit a la localidad que había abandonado, constituyéndose como aquel elemento que desestabiliza las prácticas de estos creyentes tranquilos y devotos. Y las desestabiliza por la vía de activar el deseo que específicamente Esti había suprimido tras su partida, convenciéndose de que su ausencia perseguía el fin superior de cumplir con las reglas de un matrimonio entre fervientes seguidores de la palabra de Yahveh.

La relación que retoman ocultamente Ronit y Esti gatilla un sinnúmero de cuestionamientos a la forma en la que la comunidad judía piensa una serie de asuntos. Una de las más destacables es el vínculo que Dovid establece con su propias responsabilidades como líder espiritual al caer en cuenta que el lugar que le tenía asignado a su cónyuge, Esti, contravenía el principio básico que su maestro, antes de morir, tan efusivamente había intentado trasmitir en la prédica antes aludida; el de la libertad. A partir de ahí, y en contra de los que muchos podrían leer -sobretodo considerando el camino que forzadamente ha tomado Lelio con sus últimas obras como Una mujer fantástica– se puede decir que este filme no es feminista por poner en escena a dos mujeres que, besándose, se revelan contra un reparto desigual de roles, o por enfatizar la división espacial de hombres y mujeres en la sinagoga. Es feminista en la medida en que intenta preguntarse por la libertad en el seno de una comunidad judía, individualizándola, entre otras, en la pregunta por la libertad con la que circula el deseo con independencia de la diferencia de género y sin contraponerse necesariamente a la creencia religiosa. A pesar de que este filme termina por identificar deseo con amor toda vez que Esti no ha deseado a mujer alguna distinta de Ronit de la que está profundamente enamorada, logra instalar que de lo que se trata es de desobedecer a aquella interpretación de las palabras que impide que cada cual actualice su fe por la vía de experimentar libremente que es lo que, finalmente, distingue a los humanos de los ángeles y de las bestias.


La mirada de los comunes