El título de este artículo parece tautológico, pero no lo es. Pensar las clases sociales en el Chile de hoy, bajo la bruma desinformante de los medios de comunicación, el neoliberalismo y la sociedad de consumo, resulta tan difícil como necesario. Pues, sinceramente, ¿a quiénes llamamos ahora clase obrera? ¿A quiénes nombramos clase media o burguesía en lo que va de siglo XXI? ¿En qué están las clases altas y empresariales, esas selectas familias acumuladoras de capital y poder político? ¿A quién le habla Piñera cuando dice “clase media” y a qué sectores representa? Creo que urge responder a estas preguntas y esbozaré algunas respuestas para ello.

Hoy en día las clases sociales están siendo definidas a través del lenguaje técnico del neoliberalismo: cifras, quintiles y estadísticas. Así se distribuyen las miserables políticas públicas del Estado según las actuales condiciones socioeconómicas de las familias chilenas. Esto es un hecho, pero: ¿son las clases sociales hallazgos meramente económicos? Por supuesto que no. Tampoco creo que sean meros hallazgos territoriales. Porque hoy, por ejemplo, en el caso de la Región Metropolitana, cuando decimos “soy de Puente Alto”, “vengo de La Florida“ o “nací en San Bernardo” no estamos diciendo lo mismo que se referenciaba en los años 70 u 80. Ni mucho menos lo que significó en décadas anteriores a la dictadura. Hoy tal hallazgo territorial dice lo mismo –o incluso menos– que el hallazgo económico de los números gubernamentales. Es decir, nada claro.

En contraposición a ello, creo que las clases sociales son acumulaciones culturales y tradiciones familiares variables, asentadas en territorios preestablecidos –de una forma u otra– por relaciones de poder y obviamente condicionadas por los recursos materiales con que subsisten. Me parece importante partir desde esa base. A partir de allí, se vuelven mucho más nítidas las críticas a la democracia (neo)liberal y a su fachada de representatividad; se vuelve mucho más fácil desmontar la engañosa noción de clase media que se maneja actualmente, cada vez más validada por una sociedad que no sabe distinguir entre clases sin decir vaguedades que, en pleno siglo XXI, ya no significan lo mismo.

Me parece fundamental volver a definir así lo que es la clase obrera y territorializar nuestros saberes, conocimientos y experiencias desde nuestros propios barrios, ya sea disputando hegemonías culturales, posibilitando la articulación de comunidades de resistencia o redefiniendo el rol del Estado y de la democracia. Posicionarnos desde allí contra el enemigo: ya sean las clases explotadoras, el machismo, la neocolonización o todo junto (que es como realmente funciona). Creo que esa es la única forma viable de volver a hacer política real, en contra de la falsa representatividad de personas elegidas por menos de la mitad del país, que nunca han usado los consultorios, los colegios municipales y los fondos de pensiones que nos designan según nuestra condición socioeconómica y nuestras escasas posibilidades.

Sobre esto último, creo que vale la pena ahondar en algunos puntos. El primero está estrictamente relacionado con lo anterior: Sebastián Piñera ganó la presidencia con el voto del 27% del padrón electoral y con menos del 50% de la participación total. Dice que lo eligió la mayoría y que gobernará para la clase media, pero sabemos que ambas sentencias son falsas. ¿Quién es la “mayoría” y quiénes son la “clase media” en su discurso? La mayoría viene siendo menos de la mitad del país, es decir, la gente que vota; y la clase media, ese enigma sin parámetros culturales claros, vendría siendo la vieja clase obrera que ahora gana más del mínimo, pero 10, 20 o 30 veces menos que el dueño de la empresa, y aun así es capaz de votar por la clase empresarial.

Otro punto. Hace algunos semanas, Rafael Gumucio señaló que el movimiento feminista sólo estaba compuesto por mujeres provenientes de la burguesía, ya que –en su opinión– sólo se trataba de universitarias que no piensan en la mayoría de mujeres chilenas verdaderamente afectadas por la violencia de género. Más allá de la estupidez que implica oír tal “crítica” de un hombre blanco, privilegiado y más burgués que cualquier feminista de la actualidad, hay otro problema que interesa aquí: ¿son realmente mujeres burguesas y de clase media las que participan en las tomas feministas? Si las describimos desde el lenguaje técnico del neoliberalismo, quizás, y sólo quizás, sí. Pero si consideramos el sistema universitario chileno, donde las personas de clases populares, para acceder a becas, gratuidad o beneficios semejantes, debemos pasar pruebas para definir nuestra condición socioeconómica según los parámetros impuestos por la lógica neoliberal, claramente no. Si consideramos lo anterior, sólo veo –en su mayoría– jóvenes de familias populares, endeudadas y aburridas de ser violentadas, perjudicadas y ninguneadas por una acumulación de poder masculino representado hoy en una figura presidencial ideal: un hombre blanco, machista y millonario. Tomando en cuenta eso, también resulta obvio que Gumucio otra vez no está entendiendo nada. Al igual que todos esos hombres privilegiados que critican desde redes sociales al movimiento feminista por sus formas de acción, haciendo gárgaras con una ensoñación burguesa y clasemediera que ostentan pero que –en la gran mayoría de los casos– no representan.

Porque ganar más del sueldo mínimo y menos de un millón no nos transformará mágicamente en clase media. Sólo nos volverá unos pobres algo más privilegiados considerando la miseria desde la cual muchas veces venimos, medidos y clasificados bajo estándares neoliberales, siempre en un desfavorable contraste con políticos que ganan 10 o hasta 20 veces más o con familias que pueden llegar a embolsarse utilidades anuales contadas en billones. Y sí, puede que también eso nos vuelva individualistas, consumistas y aspiracionales. Es decir, que nos sitúe dentro de esa ficción de clase media que Piñera ha intentado significar en sus discursos, la cual se está cristalizando históricamente en contra de su propia clase, y no en oposición a los políticos y empresarios responsables de la dramática desigualdad chilena.

Contra todo esto, es clave remarcar la importancia de la territorialización de saberes, conocimientos y experiencias. Y la redefinición de las propias clases populares, como una forma de reapropiarnos de nuestra cultura, disputando desde allí el sentido común, los espacios públicos o lo que creamos necesario. Porque el desclasamiento favorecido por las nuevas condiciones económicas del neoliberalismo y el descuido de los territorios por parte de la izquierda partidista, desde los 90 en adelante, sólo ha originado el ascenso de iglesias evangélicas y de varios tipos de charlatanes en poblaciones y villas de todo Chile, lo cual ha acelerado la descomposición de un tejido político y social que ni siquiera en dictadura pudo ser desarticulado por completo. Finalmente, fue el relajo –y acaso la intención– de la mal llamada “transición” la que lo logró, y hoy, en condiciones deplorables, resulta urgente recomponerlo.

Por lo mismo, creo que toda ideología de transformación que se precie de tal debe tomar en cuenta este nuevo escenario y actuar frente a él, disputando otra vez esos territorios que, alguna vez, en términos ideológicos, nos pertenecieron, como dignidad y orgullo de nuestra clase. Sólo desde allí puede surgir una solución a ese sometimiento diario que hoy mal llamamos democracia.


Poeta y editor