Sra. Directora:

En relación a la discusión respecto a la eutanasia, que se está comenzando a dar en el Congreso, me parece que resulta de interés recordar la decisión tomada al respecto por Sigmund Freud, y las condiciones circundantes.

Freud escribió sobre la muerte en distintos textos, en su texto De guerra y muerte (1915) comentó como los seres humanos por un lado saben de la finitud de la existencia, pero por otro lado prefieren no considerar este hecho señalando “la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida”. En Tótem y Tabú analizó el tabú de matar, como un impulso que debía ser prohibido, ese impulso a asesinar al padre totémico. Freud proponía que nadie creía en su propia muerte y que en el inconsciente cada uno está convencido de su inmortalidad. Sin embargo existirían formas sociales para adaptar esta fantasía, como la religión y una vida eterna, o la reencarnación, o que la vida continúa a través de hijos, obras, o de la humanidad. Sin embargo, estas últimas implican un dejar que el constructo de la representación de si mismo deje de existir en esta fantasía.

Paralelamente a estos escritos, Freud tuvo que estar en contacto con su muerte a través de su enfermedad. Freud fue diagnosticado con un cáncer de paladar el año 1922, y desde ese momento hasta su muerte sufrió 33 cirugías, debió usar doloras prótesis para poder continuar su labor cotidiana. Sin embargo, su enfermedad fue paulatinamente deteriorando su calidad de vida. Freud reusaba el uso de analgésicos, ya que estos le impedían concentrarse bien en su trabajo. En el último periodo de su vida, Freud se aislaba para comer debido a las dificultades que tenía para deglutir y morder. Paulatinamente, sus dolores fueron aumentando, y fue generándose un olor pestilente de su cáncer.

Estando en este estado de situación, Freud le dice a su médico Max Schur, “mi querido Schur, se acuerda usted de nuestra primera conversación (10 años antes). Usted me prometió ayudarme cuando yo ya no pueda más. Hoy en día, ya no es más que una tortura, y eso ya no tiene sentido” (Jones), con estas palabras, Freud le recordó a Schur el compromiso de este para que le ayudara a morir si su condición se hacía intolerable. Así fue cómo en 1939, Schur, a petición de Freud, le dio altas dosis de morfina, siendo entonces una eutanasia activa indirecta.

Freud, de 83 años, con una enfermedad que lo acompañó durante 16 años, habiendo sufrido 33 operaciones, prótesis, y múltiples inconvenientes que le fueron paulatinamente menoscabando su calidad de vida y que le impedian su vida social, su trabajo, decidió su muerte. Fue apoyado en esta decisión por su hija Anna, y por su médico Max Schur.

Me pregunto si en una decisión así, también no jugará la capacidad de desprenderse de uno, como en un duelo en el que sea posible desprenderse del si mismo por respeto a lo que se ha sido, por amor a la vida llevada y a los seres queridos.

Dr. Pablo Santander

Psicoanalista APCh-IPA