La teoría de economías de escala presentada por Adam Smith, planteaba que mientras más y más rápido producimos, menor es el costo unitario. Es decir: a mayor productividad, menor costo. El caso más emblemático de la aplicación de esta teoría es la de Henry Ford, quien revolucionó la industria automovilística. Esta consigna ha llevado a empresas y países, como el nuestro, a planificar su sistema de producción utilizando esta teoría. Y a pesar de que ha conseguido grandes beneficios económicos, hoy podemos ver los efectos de la sobreproducción en nuestra tierra y en la población.

El modelo extractivista chileno tiene su base justamente en este concepto de la “economía de escala” ya que tiene territorialmente concentradas sus actividades económicas como la minería, la fruticultura y horticultura, la ganadería, forestal o la pesca. Esta distribución de grandes áreas destinadas a priorizar un sector productivo, ha contribuido sin duda a generar riqueza debido a las condiciones favorables para estas actividades, pero así también ha generado importantes condiciones de vulnerabilidad.

Las grandes plantaciones frutícolas son un claro ejemplo de las economías de escala. Ésta ha tenido un efecto devastador sobre los ecosistemas locales, impactando a la flora y fauna nativa y recursos naturales, donde ya vemos consecuencias en la vida de las personas como el caso del conflicto en torno a la disponibilidad de agua de Petorca acentuado por las plantaciones de palta. Sumado a esto, al necesitar grandes áreas de tierra, ha reducido el espacio de autoproducción de alimentos de los campesinos de algunos sectores, viéndose obligados a comprar en los grandes centros de abastecimiento de las capitales provinciales/regionales productos que pueden venir desde el otro extremo del país.

El impacto sobre los ecosistemas es quizás el más grave, ya que los que perciben los impactos son distintos a los que perciben los beneficios, dificultando la concientización de esta problemática. Según el instituto nacional de derechos humanos (INDH) hasta el 2015 aproximadamente el  94% de los conflictos medio ambientales declarados en Chile ocurren fuera de Santiago, sin embargo el 76,5% de los impuestos de primera categoría se pagan en la capital ya que las matrices de las empresas se encuentran en ésta.

Siguiendo con el ejemplo de las plantaciones frutícolas, éstas tienen un ciclo productivo que genera oferta de trabajo temporal, por lo que para las personas que trabajan en este sector significa un ingreso importante durante una época específica, pero que debe durar para todo el resto del año debido a la poca oferta laboral en otros sectores, que se relaciona justamente a esta estrategia económica poco diversificada en un territorio.

Otro aspecto importante en las economías de escala, es que para lograr eficiencia en los procesos, muchas veces se necesita de tecnologías y procedimientos que son caros, lo que hace que éstas solo sean accesibles por grandes empresas o personas con un alto capital. Esto genera, además de una nueva acumulación de capital, que los pequeños productores vean limitados sus márgenes de producción, donde ante mínimas variaciones externas (que son cada vez más seguidas) pueden perder la producción anual. Por ejemplo, si llueve o hiela en una época inesperada en un campo frutícola que no está preparado para esto, puede ver comprometida toda su producción de fruta anual en apenas unas horas.

La desesperación por producir más a menor costo ha degradado el suelo y su capacidad de hacer frente a pestes de forma natural, por lo que esto ha incentivado malas prácticas de producción que afectan directamente en la salud de las personas que trabajan en la tierra o en sus cercanías, donde podemos ver ejemplos como lo que  ocurre en Talca y San Clemente donde se encuentran restos de pesticidas prohibidos en orina de niños.

Sin duda este es un tema que debe ser abordado a nivel nacional pero descentralizadamente, donde por ejemplo deben mejorar los mecanismos de participación a la hora de presentar grandes proyectos, facilitar la creación de empresas que diversifiquen la matriz productiva regional, facilitar los mecanismos de asociación entre pequeños productores que les permitan acceder a mayores tecnologías e impulsar los movimientos de la Economía del Bien común y del Comercio Justo en los municipios.

¿Y nosotros podemos hacer algo para mejorar esta situación? Si tiene la posibilidad, cultive parte de su propio alimento y haga trueque con sus vecinos, si no puede, compre a pequeños productores locales, si no puede, prefiera productos con alguna certificación que le asegure que existe por ejemplo Comercio Justo o “rainforest-alliance” o a empresas que certifiquen su accionar como Empresas B o empresas de la Economía del Bien Común; Si tiene la posibilidad de emprender, emprenda en regiones y ayude a diversificar la matriz productiva  regional.

Y recuerde que si un producto es demasiado barato, es probable que se deba a que hay una economía de escala y que alguien o algo esté pagando el precio “oculto” de ello.


Ingeniero civil industrial UTFSM