Salgo del barrio bonaerense de San Telmo y camino acelerada recorriendo la calle Defensa que se inicia en la famosa Plaza de Mayo: “antesala” de la igualmente famosa Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo de la República Argentina. Son las 16:10 del 8 de agosto de 2018. Los miembros (¿miembras?, ¿miembres?, ¿miembrxs?) de la Cámara Alta, el Senado argentino, están en la sesión más polémica de lo que va de año de legislatura. Y esto considerando que estamos en Argentina, país donde, como me explicó un amigo porteño, ocurren anualmente el mismo número de cataclismos políticos que los países más tranquilos viven en 150 años.

A unas cuadras de llegar a la plaza, empieza la lluviecita insistente que, poco a poco, va mojando todo e impregnando el aire de (aún) más humedad. Delante de La Rosada, y ya mojada de pies a cabeza, me sorprendo al ver que la Avenida de Mayo está despejada. Pienso conmigo que esto no quedará así por mucho rato. Sigo caminando por esta vía en dirección a la Avenida 9 de Julio. Emergiendo de las puertas del metro –que por estos lares se conoce como subte–, veo salir grupos y más grupos de mujeres de varias edades, algunos hombres también, pero siempre cercados de las protagonistas del día.

Ellas avanzan decididas, llevando en los bolsos, puños, cuello o en el pelo, los famosos pañuelos verdes donde se lee: “Campaña nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito”.

Las sigo decidida yo también, cruzando con ellas la Avenida 9 de Julio en dirección a la Avenida Rivadavia, en cuya cabecera está el Congreso de la Nación. Ya desde el cruce se ve la aglomeración. Un enorme escenario está dispuesto en la esquina izquierda de la Avenida Rivadavia.

Diversas fuerzas políticas, movimientos estudiantiles, artísticos, barriales, comunitarios ocupan la calle con sus insignias. Pero lo que predomina es el color verde (de la campaña a favor del aborto legal) y el morado (símbolo internacional del feminismo). Con cámara en manos, me acerco a un grupo de jóvenes que se dejan fotografiar felices y me piden datos para tener estos registros: son de los movimientos estudiantiles secundaristas y terciarios.

En el escenario, la oradora, micrófono en manos y pañuelo verde en el cuello, convoca a no enemistarse con “la gente de los pañuelos celestes”, a quienes habría que dejar pasar en paz y que se fueran a sus lugares, a las calles y al escenario que tenían asignados. Su referencia era clara: se refería a los adherentes del autodenominado “Movimiento Provida” que, usando como su símbolo el color de la bandera argentina, se posicionan en contra de la legalización del aborto. Su presencia en la calle da cuenta del espíritu democrático de esta velada, pero hay que reconocer que son una minoría: las encuestas recientes dicen que 70% de la población argentina está a favor del aborto legal.

Resuenan los cánticos que avisan que “el patriarcado se va a caer, se va a caer”. Bailes, coreografías, consignas. En los costados de la avenida, florece el comercio informal que caracteriza todas las manifestaciones públicas en la Argentina: pañuelos, comidas, bebidas, todo a precios módicos. A tres cuadras del congreso, aún sobre la Avenida Rivadavia la multitud se hace definitivamente presente: avanzar solo a pasos de hormiga, cuerpo a cuerpo con una marea de mujeres en verde. La pancarta del Movimiento “Ni Una Menos” avisa, frente al perfil del Congreso: “es responsabilidad del Estado”. Mientras tanto, con el megáfono, una líder avisa que más una mujer falleció a consecuencia del aborto clandestino este día: se llamaba Liliana Herrera y vivía en la ciudad de Santiago del Estero.

Son las 18:30. Veo la plaza del Congreso y, en ella, una pantalla que transmite en directo los debates que, en aquél mismo momento, hacían los senadores de la República. Además de cobijar a la Cámara Alta, el congreso también es la “casa institucional” de la Cámara Baja, el cuerpo de diputados de la nación. Fue precisamente en las salas del Congreso, el pasado 14 de junio y tras toda una madrugada de debates, que los diputados dispusieron su aprobación (por 129 votos a favor, 125 en contra y 1 abstención) del proyecto de Ley por la Interrupción Voluntaria del Embarazo. La iniciativa, resultado de años y más años de lucha organizada de un sinfín de movimientos feministas argentinos, propone legalizar el aborto haciéndolo un derecho universal: provisto por el Estado, gratis y accesible en los hospitales públicos. La propuesta contempla que las mujeres puedan abortar, independientemente de la razón, hasta las 14 semanas de gestación y no permite que instituciones, gremios o profesionales se manifiestan como objetores de consciencia de la medida.

La reñida aprobación de los diputados encaminó el proyecto a la cámara de los Senadores que, hoy, mientras llueve afuera, están reunidos discutiendo su voto. Cada uno tiene 10 minutos para intervenir; los líderes de los bloques políticos gozan de 15 minutos para proferir sus discursos. Los debates y turno de voz seguirán noche adentro. La votación está prevista para iniciarse a las 21:30 y no debe terminar antes del alba, se pronostica. Los conteos hablan de 37 votos en contra de la propuesta de ley y 31 a favor. Una rápida mirada a los grupos políticos que cohesionan los votos nos permite entender varios elementos del ajedrez político argentino. Aunque estas definiciones resultan inexactas en el actual escenario rioplatense, la mayor parte de los bloques con muchos votos contrarios corresponden a partidos de “centroderecha”: 9 son del Partido Radical, 4 del PRO-Cambiemos (del presidente, Mauricio Macri), 10 son del Bloque Justicialista (peronista). El Frente para la Vitória (de Cristina Fernández de Kirchner) presenta 1 voto
en contra y 8 a favor.

En términos electorales, si el proyecto fuera vetado por los Senadores, el partido de Macri saldría fortalecido. El cálculo es maquiavélico, pero no por esto difícil de entender. Todos esperan que los Radicales voten en contra, por su histórica posición conservadora. Pero los 10 votos en contra del sector de los Justicialistas será, seguramente, nefasto para los peronistas. Lo anterior porque las marchas por la Interrupción Voluntaria del Embarazo se han vuelto una causa política transversal en la Argentina: heterogénea como pocas, esta movilización congrega gentes de diversos cortes socioeconómicos, filiaciones políticas, identitarias y culturales. Basta con recordar que, en la votación de junio, millones de personas, provenientes de diversas regiones del país, permanecieron toda la madrugada en las calles que colindan el congreso en una velada verde en pro de la legalización del aborto. El posicionamiento contrario de los Justicialistas expone el peronismo al descontento popular. Y este descontentamiento aparece con enorme nitidez en las frases estampadas delante del congreso. En ellas, los movimientos sociales expresan, con total
claridad discursiva, la correlación entre el avance neoliberal en las políticas, la ausencia del Estado y las muertes de más y más mujeres en la Argentina. La pancarta del movimiento “La Poderosa”, en el costado derecho del congreso, dice mordazmente: “Somos las sobrevivientes del Estado ausente”.

Persistente en mi desafío, sigo luchando por llegar a las puertas del congreso: son las 20:00. Fueron dos horas para cuatro cuadras. Hay una multitud mojada en las puertas: barracas de camping y provisiones para pasar la madrugada ocupando la calle.

Desenredándome como pude, fui dejando de a poco las inmediaciones del Congreso. En el camino de vuelta, nadé contra las corrientes humanas que iban a marcar su presencia en las puertas de la votación de hoy. Termino de cuadrar mis relatos en este texto a las 24:00. Cierro el computador y me devuelvo a las puertas del Congreso. Entendí, bajo esta lluvia intensa de hoy, que hay tormentas que deben ser enfrentadas. Llevo conmigo mi pañuelo verde. Seré una más en la tormenta.