El olvido no es un mal que sólo sufre la derecha chilena. También lo experimenta cierto “progresismo” neoliberal, aquél que se aunó por mucho tiempo bajo la figura de la Concertación de Partidos por la Democracia y, posteriormente, la Nueva Mayoría. Basta recordar tres momentos –sólo tres, entre tantos- de perpetuación y profundización de la impunidad:

1.- La fórmula “aylwiniana” que articuló la narrativa de la transición en la forma de la “justicia en la medida de lo posible” cuyas consecuencias fueron la separación de las víctimas de la historicidad del pueblo al que pertenecían, aislándolas como parias de una sociedad que pretendía dar vuelta la página, incluso, mientras Pinochet y los altos mandos del pinochetismo permanecían incólumes al interior de las FFAA. Nunca los próceres de la Concertación asumieron el carácter político de la memoria chilena, jamás su fuerza intempestiva cuya sola aparición hacía temblar la totalidad de la institucionalidad pactada. En este marco se inscribieron las posteriores  “mesas de diálogo”: ¿qué suponían? Ante todo, que el problema no concebido como de naturaleza “política”, sino “comunicativa” (aún está por hacer una arqueología de la “sociología de la comunicación” desplegada como dispositivo de la nueva gobernanza transicional). Se trataba de hacer dialogar a civiles con militares y, a través de una mediación (un psicólogo fue mediador de estas mesas) despejar los supuestos malos entendidos que hubieran para encontrar la “verdad”, pero no necesariamente la “justicia”. Los militares comprendieron que lo único que debían hacer era mentir. Dijeron que “nada sabían”, exactamente la misma fórmula que siguen repitiendo hasta el día de hoy. La consigna: “justicia en la medida de los posible” ni siquiera pudo dar verdad perpetuando así el campo de la impunidad. La transición aylwiniana, continuada por Frei Ruiz-Tagle quiso sustituir impunidad por mercado, justicia por el mall, como si se pudiera comprar la memoria, fomentó la ilusión de la “libertad de emprendimiento” gracias al discurso neoliberal a cambio de silencio sobre las violaciones de los DDHH: ¿Qué importaba la justicia si ahora podíamos ser los “jaguares” de América Latina?

2.- Hacia finales del gobierno de Frei Ruiz-Tagle y principios del gobierno de Ricardo Lagos tuvo lugar un acontecimiento que puso a prueba los pivotes de la transición: la detención de Pinochet en Londres. El dictador ya había naturalizado su presencia en la escena política chilena, al punto que no sólo terminó su ciclo de Comandante en Jefe, sino que también, pudo vestirse de terno y corbata para participar como Senador Designado en virtud de su cargo como ex presidente de la República. Con ese sólo hecho, la democracia reconocía legitimidad a la dictadura, consideraba a Pinochet un presidente más al interior de la “larga tradición democrática”. Su detención remeció las estructuras de la transición y enrostró a la oligarquía que, a pesar de los años que habían transcurrido, la grieta, la memoria, el clamor de los desaparecidos aún seguía vigente. Y, sin embargo, ese hecho pudo haber sido un momento para enmendar el curso de la transición. Pero bajo el mando de Frei Ruiz-Tagle primero y luego la presidencia de Ricardo Lagos –aquél que alguna vez apuntó con su dedo en televisión exigiendo cuentas al “sr. Pinochet”- el acuerdo cupular entre militares, la derecha y la Concertación fue traer de regreso al vetusto general abogando por la agotada “soberanía” nacional, es decir, aceptando la tesis de la derecha en contra del derecho internacional que exigía juicio al dictador. Después de un par de años, y en convergencia con los apoyos internacionales dados por Margaret Tatcher y las razones humanitarias por la que abogó la posición chilena, el tirano regresó sentado en una silla de ruedas para inmediatamente ponerse de pie y abrazar a los suyos.  Como si con su puesta en pie, el dispositivo transicional hubiese respirado tranquilo, como si toda esta nueva técnica de gobierno articulada bajo acuerdos cupulares (goverment by consent) dependiera necesariamente de la salud del General. Y, en efecto, ello no es casualidad: si la transitología fue articulada en función de la narrativa de una fábula fue precisamente porque ésta llevó consigo la espectralidad de los militares: siempre cabría la posibilidad de un retorno de los militares al poder cuya responsabilidad –dictaba el discurso dominante- cabría en los gobernantes (la Concertación). Poniéndose de pie desde una silla de ruedas al llegar a territorio nacional, Pinochet parecía poner a salvo a la transición y, a su vez, mostraba cómo la cúpula concertacionista que había dedicado sus esfuerzos a traer de regreso al General, se declaraba totalmente dependiente de su figura para continuar. ¿Cómo no, si la fábula que articuló implicaba el presupuesto de que los militares siempre estarían dispuestos a volver si las “circunstancias” lo ameritaran? Era la ficción de su presupuesto. La transición prácticamente compró a los militares garantizándoles pactos de impunidad y una total continuidad y secretismo presupuestario con la mantención de la Ley reservada del Cobre. Cualquier desviación en cualquiera de las dos materias podría gatillar –decía el espectro de la fábula- el retorno la dictadura. Fue la Concertación quien se la jugó para traer a Pinochet de regreso a Chile, porque sólo en virtud de dicho retorno, el dispositivo transitológico podía seguir funcionando.  Y aunque tal episodio marca el principio del fin de toda esta fábula, los actores involucrados pensaron que nada o muy poco había cambiado.

3.- En el año 2005 el presidente Ricardo Lagos Escobar, después de negociar varias reformas constitucionales al texto de 1980 con la derecha, termina por sustituir la firma del degradado dictador, por la suya: Hoy 17 de septiembre de 2005 –dijo el ex mandatario- firmamos solemnemente la Constitución Democrática de Chile” En ese gesto se juega la consolidación de toda la dictadura en y como transición política, en y como democracia. La matriz del texto constitucional permaneció incólume, no hubo ninguna “asamblea constituyente” que, por medio de una deliberación aceptara o no ciertos cambios fundamentales, sino tan sólo un acuerdo cupular con el que se pretendió despachar el problema: con la sola sustitución de la firma, ahora estábamos en plena democracia, con el simple cambio de nombre del tirano por el del presidente elegido democráticamente parecía que todos los espectros de la dictadura se difuminaban. Sin embargo, la sustitución de la firma no hace más que traer al presente lo que se pretendía haber dejado en el pasado. Nuevamente, con un Pinochet deslegitimado incluso en la derecha, el rumbo podía haber cambiado y el país podría perfectamente haberse abierto a una discusión de su Carta Magna. Pero el gobierno concertacionista eligió el camino conocido: los acuerdos cupulares y la mantención de la “matriz” instaurada en dictadura. Como si, sólo esa matriz pudiera sostener a la llamada democracia, como si la firma de Lagos no bastara, sino que debía inscribirse sobre el borramiento de la firma de Pinochet: ¿qué fue ese gesto de la firma? Ante todo, fue el instante en que la firma de Pinochet fue borrada y, a la vez, perpetuada en el texto Constitucional que le sobrevivió. Al igual que ocurrió con el dictador cuyo cuerpo físico se fue deteriorando día tras día, y su cuerpo institucional robusteciéndose en la forma de la legitimación de los grandes poderes fácticos  garantizados por los mecanismos de la propia Constitución, la firma física de Pinochet fue borrada para eternizarse en la sobrevivencia del texto constitucional. Con la sustitución de la firma no fue Lagos quien se impuso sobre Pinochet, sino Pinochet –en su cuerpo institucional una vez que el físico se debilitaba- quien terminó devorando enteramente a Lagos, convirtiéndo a nuestra virtual democracia en el terreno en el que se consolidaron los poderes triunfantes de la dictadura. Lagos podía firmar esa Constitución, mientras realizaba constitucionalmente la destrucción de cualquier proyecto democrático bajo la defensa de la democracia. Y este gesto fue unido a la liturgia –el espectáculo- articulada por la recitación de poemas con un supuesto “poeta oficial” que, alguna vez, escribió la “Vida Nueva” para cantarle a la ¿“transición”? Hoy ese poeta desgarra vestiduras contra las ominiosas declaraciones del ex ministro Mauricio Rojas sin posibilitar una reflexión en torno a las condiciones políticas e históricas, afincadas en la transición que fue glorificada por su propia performance realizada con Lagos. ¿Qué puede ser el olvido del progresismo sino el progresismo mismo como olvido?

Dejemos hasta acá los amargos recuerdos, a los que habría que agregar la incumplida promesa del reciente gobierno de Bachelet de cerrar Punta Peuco. Porque, a pesar de todo y aunque su voz siempre resonó en los fríos cementos, muros, y asfaltos de las calles de Chile, los oprimidos jamás ha dejado de lado su única y exclusiva proclama: “justicia”. Única capaz de inquietar al dispositivo transicional en la medida que enrostra la violencia constitutiva del pacto oligárquico instituido.

La Concertación fue una feliz prisionera de su fábula. Y al no tener el coraje crítico para atravesar su fantasma hundió al país con él. Cuando Piñera propone un “Museo de la Democracia” termina por consumar la racionalidad transitológica apegada a la otrora Concertación, haciendo de la democracia un museo y expresando así, la total devoración neoliberal de la República. El “Museo de la Democracia” la resume perfectamente: que la democracia sólo pueda contemplarse como museo, significa que no puede constituir experiencia, que ya no constituye el lugar posible para de una vida común.  Con su anuncio, Piñera confirma así que lo que ha estado en juego en los años de transición no ha sido otra cosa que la destrucción de una democracia posible.

Las transiciones no han sido mas que pactos oligárquicos en los que el poder político y el poder económico encontraron su anudamiento en una misma mano. Ponce-Lerou que prácticamente financió a la “democracia” para mantener sus “equilibrios” metaforiza ese nudo en su inicial matrimonio con la hija de Pinochet (poder económico unido con el poder político- literal y sexualmente).

La derecha no puede ejecutar la impunidad por si sola. Necesita empleados. Pudieron ser los militares en un momento, o los políticos que habiendo comprendido la “lección moral” de la historia, se convirtieron a los consensos exigidos por el mitologema de la fábula. Sólo así se establecieron los acuerdos cupulares de una democracia “ideológicamente falsa” que, incluso hoy intenta revitalizarse en una versión 2.0 por un seguidor fiel como Piñera, salido de las mismas huestes de la Democracia Cristiana, pero dejando de lado su tono “trágico” y poniendo en juego una transición en forma de “farsa”.


Académico, Universidad de Chile