El día 15 de Agosto en el diario El Mercurio, se publicó un reportaje donde se señala que los niños menores de seis años en Chile sufren la peor salud mental del mundo. Apoyados en un estudio, plantean que los mayores trastornos están en relación a cuadros de ansiedad, depresión, hiperactividad y conductas agresivas. A partir de esta publicación, nos parece necesario abordar la pregunta por cómo se está entendiendo la infancia y los sufrimientos asociados a esta hoy en Chile.

Actualmente, el énfasis en las expresiones de la violencia en la infancia nos dificulta enfocarnos en las condiciones sociales y las conceptualizaciones políticas de la niñez que existen detrás de estas expresiones y que de alguna manera los posibilitan. ¿Deberíamos, entonces, no intervenir ni investigar la violencia en absoluto? ¿Acaso este enfoque representa una distracción, alejando la mirada de las desigualdades subyacentes e injusticias? O, alternativamente, ¿Ayuda la atención a la violencia a poner en relieve estas injusticias al iluminar algunas de sus visibles manifestaciones?

Desde los 90 y el retorno a la democracia, gran parte del trabajo en infancia y prevención de la violencia se ha centrado en revelar los tipos y el alcance de la violencia que experimentan los niños en sus familias, escuelas y comunidades. Usualmente dentro de una tradición positivista, la investigación considera actos de violencia, causas de la perpetración y efectos en víctimas individuales y testigos, transformando la violencia en una realidad medible. Sin embargo, este enfoque ignora las condiciones sociales que producen violencia, las relaciones sociales detrás de esos actos y los complejos procesos de interpretación por la cual las personas dan sentido a la violencia dentro de sus relaciones.

Por otra parte, cada vez se han desarrollado más estándares internacionales y normas sobre el maltrato infantil, estándares que han permeado la legislación nacional. Así, el énfasis en las violaciones del derecho a la integridad corporal y la “vulneración de derechos” desestabiliza la división público/ privado, ya que los estados son responsables del escrutinio de estas violaciones en ambos ámbitos. Sin embargo, lo que hace que la violencia sea un fenómeno del orden de la injusticia social y no simplemente una moral individual más, es su carácter sistémico, su existencia como una práctica estructural que se entrecruzan con otras dimensiones como raza, clase, cultura y nivel socioeconómico, y en último término, se encarna en las prácticas cotidianas y las personas individuales.

En artículos como el publicado por El Mercurio, lo anterior parece desconocerse. No parece haber un entendimiento profundo de los efectos que ciertas afirmaciones pueden tener para la opinión pública: el foco se sigue poniendo en los fenómenos aislados, el cuestionamiento se dirige a los padres como primeros y últimos responsables de la crianza, y la explicación genética o de los malos hábitos, parece la más obvia.

Pudiéramos pensar en un primer momento, que las diversas crisis en materia de infancia que hoy viven los niños y niñas en Chile, son verdaderas conductas estereotipadas de una concepción des-subjetivizante de la infancia. Así, cabe realizar la pregunta: ¿Dónde detectar los síntomas? ¿En los niños? ¿En las familias? Pareciera que las diversas conductas que traen un sufrimiento y malestar tanto en los niños y niñas como también en sus familias, están siendo entendidas desde lógicas individualistas y morales en su concepción que terminan por privatizar la infancia cuando esta es, ante todo, un asunto social y por lo tanto político que no puede desconocer la trama histórica en la cual se ha venido desenvolviendo.

De este modo: ¿Cuál es el marco que permite que estos fenómenos de malestar y sufrimiento aparezcan? En primer lugar, naturalizar las problemáticas en la infancia en asuntos genéticos, es por un lado desconocer no sólo el lugar de la subjetividad, sino que también el rol que debe adoptar el Estado para favorecer condiciones sociales en que niños y adultos puedan establecer vínculos sin que este sea regulado en un marco moral y juzgador que desconozca su historia y les imponga un modo de hacer ante las inquietudes cotidianas de la crianza a las familias. En un segundo lugar, los diversos sufrimientos que llevan los niños y niñas nos conducen a pensar cuál es la situación de las familias en Chile para que puedan llevar la crianza más allá de la vida privada del hogar para que el cotidiano que se comparta no quede en el agobio de la soledad, sino que también se pueda confiar en el intercambio con otros y también con las instituciones. ¿Qué ha ocurrido que familias e instituciones desconfían mutuamente? Por un lado, hay quienes intentan hablar y ser escuchados, y por otro lado hay otros que deben categorizar y protocolizar las temáticas de la infancia por mandato institucional donde muchas veces los profesionales encarnan y repiten de forma estereotipada, un discurso institucional acerca de la infancia que no les es propio ni que tampoco les hace sentido.

De este modo ¿Qué significa escuchar la infancia? ¿Qué vamos a entender por prevención? ¿Estará en relación en cómo acelerar los procesos de separación temprana? ¿La capacidad de autonomía? ¿De evitar los conflictos?  En breve, a lo que nos llevan estar preguntas, es básicamente cómo tener un niño perfecto, saludable y de buenos comportamientos, y que a la vez tengan padres que sepan educar y hacer frente a los problemas de sus hijos.

La posición ética que creemos debiera asumirse entonces nos lleva a pensar la violencia como estructural, simbólica, situada y producida por las relaciones históricas y sociales. No desconocemos en absoluto que estas relaciones sociales más amplias se incorporan dentro de las emociones, creencias y prácticas de los individuos y las familias, en sus cotidianos. Sí creemos que las familias, en todas sus formas, tienen un rol fundamental que cumplir en torno a la crianza, pero es imposible que puedan realizarlo y generar las condiciones que un niño o niña necesita para su desarrollo emocional, intelectual y afectivo, sin un Estado que garantice y se esfuerce un acompañamiento no violento ni persecutorio de esta tarea.

Con esto, podemos suponer que las intervenciones para lograr cambios pueden tener como foco la comunidad y lo local, orientándose en los colectivos y las miradas individuales descritas anteriormente, descartando una mirada moralista sobre los padres, y sin olvidarnos del marco contextual y cultural en que las prácticas de crianza se despliegan. La intervención debería centrarse entonces, en poder transformar el marco político en que se piensa la infancia, dando apoyo y permitiendo la escucha de las luchas y los problemas cotidianos de la crianza.

Se necesitan espacios donde las personas puedan hablar para ser escuchados, espacios donde la crianza y los temores propios de este tiempo, puedan ser compartidos y no queden ahogados ni con temor a decir lo que se piensa.

Ahí donde se termina por administrar la infancia y sus sufrimientos asociados en categorías genéticas e individuales, se desconoce por un lado a un destinatario invisible pero clave para su alivio: lo social, lugar de intercambio para un cotidiano compartido.


Trinidad Avaria M. Directora Ejecutiva Casa del Encuentro de FSA. Mg. en Psicología Clínica y Psicoanálisis. U. de Chile y Diego Blanco Díaz es Director Clínico Casa del Encuentro de FSA. Psicoanalista, Mg. en Teoría y Clínica Psicoanalítica UDP. Miembro Grupo Plus.