Paulina tenía 23 años cuando fue por primera vez a pedir un procedimiento de esterilización. Hace años le habían diagnosticado una extraña enfermedad -llamada Síndrome de Ehlers Danlos- que la llevó a decidir que no quería ser madre, ya que el proceso sería muy complicado y no deseaba traspasarle dicha condición a su bebé. “No quiero correr el riesgo porque encuentro que es una irresponsabilidad terrible”, explica.

Sin embargo, su decisión recibió un portazo. Y no solo uno: Paulina acudió a un total de seis ginecólogos del sector privado para solicitarles ser esterilizada. Probó en la capital y en la V Región y todos le dijeron lo mismo: que no. Pese a que se trataba de un paso que había definido hace tiempo, con el apoyo de su marido, los especialistas se opusieron rotundamente a brindarle el procedimiento.

“No, es que tú eres muy joven, es que igual no sabes lo que puede pasar, es que cómo sabes si en algún momento la medicina avanza y le encuentran cura a tu enfermedad”, le decían los médicos, decidiendo en todo momento por ella. Uno de los comentarios que más se repitió en las consultas fue “¿qué pasa si tu marido más adelante quiere ser papá?”. Paulina cree que a ninguno de ellos le importó su opinión. A los tres primeros les insistió, pero con el resto simplemente se limitó a recibir la negativa y a retirarse. El tema terminó por agotarla.

-Iba, les decía que quería hacer la esterilización, me decían que no, les preguntaba por qué y luego ya, bueno, listo, muchas gracias y me iba.

Finalmente no pudo esterilizarse. Por su enfermedad, la joven tampoco puedo tomar anticonceptivos ni usar un dispositivo como la T de cobre y solo debía cuidarse con preservativos. Más tarde tuvo dos embarazos que terminaron en abortos espontáneos: “He quedado embarazada dos veces y los he perdido. Es súper fuerte tener que estar pasando por esto”, reconoce.

Lo más impactante ocurrió cuando fue su marido el que decidió practicarse una vasectomía para terminar con los problemas. Aunque Paulina no estuvo de acuerdo en un comienzo, él acudió a su primera cita con un especialista al que nunca había visto para pedir el procedimiento y recibió un sí de inmediato.

“Le entregó unos papeles, le dijo que tenía la obligación de informarle algunas cosas y le dio la orden médica. Es insólito. Él ni siquiera tuvo que explicar las razones por las cuales quería operarse. Y yo teniendo razones de peso, un riesgo real, nunca me dieron la posibilidad”, reflexiona Paulina, a quien le parece que esta es una expresión de violencia de género.

La joven asegura que, pese que en el 2000 se derogó la ley que exigía requisitos a las mujeres para esterilizarse (como un mínimo de cuatro hijos vivos, 32 años y consentimiento del marido), los médicos siguen decidiendo por las mujeres en la actualidad: “Te están infantilizando, no te dan la posibilidad de decidir qué hacer con tu cuerpo. Para mí esto es tremendamente violento. ¿Por qué el trato que recibió mi marido no es el mismo que recibí yo?”, se pregunta. Y agrega: “Yo nunca pude optar si quiera a tener los exámenes para agendar el procedimiento”.

Foto: iStock.

“No me arrepiento de nada”

En 2016, el 12º Informe de Derechos Humanos de la U. Diego Portales reveló la serie de obstáculos que los médicos chilenos ponen a las mujeres que solicitan la esterilización voluntaria por diversas razones. El estudio estableció que “las creencias personales de los y las prestadoras de salud también pueden constituir una barrera en la disponibilidad de los servicios, siendo las mujeres más jóvenes las más afectadas, ya que se evidencia una resistencia a dar curso a la solicitud por el temor a que esas personas puedan arrepentirse en el futuro”.

En 1975, la Resolución Exenta Nº 3 del Minsal estableció requisitos para la esterilización: las mujeres podían acceder al procedimiento solo teniendo cuatro hijos vivos, una edad mínima de 32 años y la autorización expresa de sus maridos. Sin embargo, a través de la Resolución Exenta Nº 2326 del año 2000, se reafirmó la condición de voluntariedad y del consentimiento informado, derogando todo requisito.

“La decisión de someterse a esterilización es personal y emanará de la voluntad libre manifestada por quien la solicita, sin que ello quede supeditado a la aprobación de terceras personas, respecto de mayores de edad en posesión de sus facultades mentales”, consigna la resolución. Lo complejo es que, en la práctica, algunos especialistas siguen exigiendo condiciones a las mujeres, como si todavía operara en ellos la creencia de que están en mejores condiciones que las mujeres para decidir.

Hace seis años, Fabiola Cheix (29) decidió cortarse las trompas tras su tercer parto. Optó por un procedimiento más definitivo en el sector privado y tuvo suerte: le pedían ser mayor de 30 años y un hijo vivo, mínimo, pero ella tenía 24 y ya contaba con tres. Al mirar hacia atrás, la joven asegura que no se arrepiente de nada.

“Yo me separé, tengo una nueva pareja y jamás me he arrepentido. Y no porque no me gusten los niños, pero a mis 30 es difícil conocer a una pareja que no tenga los suyos. En mi caso él tiene 2 y yo tengo tres. Sí me dieron un tremendo discurso”, reconoce Cheix, quien pudo cambiar su plan de Isapre tras el procedimiento y logró un importante descuento, al dejar de ser una mujer con capacidad de engendrar, algo que el sistema castiga. “Ahora salgo lo mismo que un hombre”, apunta.

Fabiola cuenta que tiene amigas que se han ligado las trompas “y se arrepienten porque una queda embarazada. Yo me las corté y cero arrepentimiento”. Hoy existen diversos métodos y procedimientos para esterilizar a una mujer: las trompas de falopio se ligan, cortan, queman u obstruyen, con el objetivo de impedir que cumplan su función de trasladar el óvulo desde los ovarios al útero, así como de nutrir y guiar a los espermatozoides para facilitar la concepción. Aunque es atípico, también existen casos en que los extremos de las trompas se vuelven a juntar, reconstruyéndose y dando lugar a un embarazo no deseado, por lo que muchas optan por cortarlas.

“Los cuestionamientos son ridículos porque una tiene que ver, entre muchas cosas, sus posibilidades económicas, entonces que te pongan tanta traba y te obliguen a seguir teniendo tantos niños es una estupidez”, opina Cheix.

Existen antecedentes judiciales que evidencian que la voluntad de las mujeres a la hora de esterilizarse sigue sin ser respetada. En 2015, la Corte de Apelaciones de Coronel estableció que una paciente recibió el procedimiento sin haberlo consentido en el Hospital San José, luego de que le practicaran una cesárea.

Un año después, la Corte Suprema condenó al Hospital de Ancud a indemnizar a una mujer que exigió la esterilización al equipo médico tras el parto, debido a su precaria situación económica. Meses después comenzó a tener síntomas de embarazo y a través de una ecografía confirmaron que el procedimiento nunca se realizó. Hoy, su tercer hijo padece de hidrocefalia, una enfermedad que requiere tratamiento de por vida. La justicia confirmó el daño moral cometido contra la mujer y ordenó una indemnización de 35 millones de pesos.

Foto: Getty Images.

“Es casi como que les tienes que pedir permiso”

María Cecilia Lovera aún no estaba del todo preparada para su segundo parto. El primer embarazo había sido complejo, la obligó a pasar meses en reposo y su primer hijo nació prematuro y con un grado de autismo.  En ese escenario, en medio de un control durante el cuarto mes de gestación de su segundo hijo, le comunicó a su ginecólogo que quería esterilizarse. Entonces tenía 31 años y el especialista le aseguró que era muy joven.

“Siempre que le decía, pateaba el tema. Entonces cuando lo puse en el área, me dijo que no, que después lo íbamos a conversar”, recuerda, aunque ella estaba convencida: “Mi hijo tenía 9 años, con grado de autismo, y yo no me podía dar el lujo de pasar otro embarazo acostada”. Un día notó que el mismo médico de la Clínica Dávila había programado su cesárea para un día, aún haciendo caso omiso de su petición de esterilizarse y tiempo de parto. Así que decidió cambiarlo en tiempo récord y parir en otro lugar.

María Cecilia Lovera recuerda que el especialista “tenía esa cosa paternalista, de que ellos saben más que tú, que una es casi como una tontita interdicta que no sabe lo que le conviene, pero no, porque una sabe con qué recursos cuenta. Es casi como que les tienes que pedir permiso. Si no quieres tener más hijos es decisión tuya y si una se arrepiente, es problema de una”, zanja.

“Me dediqué ese día a buscar ginecólogo y era una locura, pero me atendió un médico en Clínica Arauco, le dije que quería esterilizarme y él no se hizo ningún problema. Tuve a mi hija en la Clínica Santa María y me operaron”, señaló la mujer, quien añade que le parece “muy violento que le digas a un médico que te quieres operar y una semana antes de parir él te responda que lo vamos a conversar después. Él te está prestando servicio, no te está haciendo un favor. Si es así en el sistema privado, no quiero imaginar en el sistema público”, cierra.

Patricia Bobadilla (54), vivió una experiencia diferente. A pesar de que se ligó las trompas, tras el parto de su tercer hijo, cuando el pequeño cumplió 7 años, comenzó a experimentar síntomas de embarazo. Más tarde el ginecólogo le confirmó que estaba embarazada. “Yo le pregunté cómo pudo pasar y me dijo que con el tiempo a veces se regeneran los tejidos, que quizás nosotros éramos muy empeñosos”, explica.

Bobadilla no cree que haya habido una mala intención de su médico, pese a que en un comienzo estaba muy enojada con él. En algunos casos de mujeres que han realizado ligadura de trompas, los médicos advierten que los tejidos pueden cicatrizar al cabo de unos años. Es una posibilidad mínima, pero existe. Así como también se realizan procesos -con relativo éxito, dependiendo del caso- para revertirlo.

Tras el parto de su cuarta hija, el especialista le recomendó cortar las trompas para una solución definitiva. Desde entonces, Patricia cree que nadie externo a la mujer, menos un médico, tiene derecho a intervenir en una decisión así: “Pueden comentarte por si quieres reflexionar en algo, pero nada más. Ellos no deben tener ninguna injerencia, porque después no son ellos que van a criar, los que van a gastar plata, los que se van a preocupar. Y tampoco es obligación que las mujeres tengan hijos”, señaló.

Foto: Getty Images.

“Tenemos demasiado asumido que una es la que se tiene que sacrificar”

Eran las 10:30 de la mañana del 20 de abril cuando Claudio llegó hasta el departamento indicado, en Vitacura, y llamó al timbre. Acompañado de su pareja, Paola, acudió tranquilo a esa pequeña clínica ambulatoria: un piso acondicionado que contaba con una especie de box de atención y una sala quirúrgica básica. Estaba decidido a practicarse la vasectomía.

Claudio González tiene 38 años, es psicólogo y tiene dos hijas, de 10 y 5 años. Lleva 19 años junto a su esposa y ambos tienen claro que no tendrán otro hijo. Al menos juntos. Lo decidieron después del nacimiento de Violeta, la segunda. Desde entonces, Paola retomó su tratamiento con unas pastillas anticonceptivas que, por complicaciones en su embarazo anterior, tenían que ser libres de estrógenos.

Pero este requisito imprescindible les trajo complicaciones: “Me afectó mucho a la libido, no tenía ganas y cada vez fue peor y más problemático”, explica. Los efectos de la desmotivación llegaron al punto de tener que buscar otro método que les permitiera recuperar su vida sexo-afectiva. Cuando apareció la alternativa de la esterilización, por primera vez la cancha quedaba igualada: ambos podían practicársela. Y la pareja optó por él. “Hacer pasar a la Paola por una nueva intervención, luego de dos cesáreas… Consideré que era mejor que lo hiciera yo para llevarme algo de ese peso”, relata Claudio. Cerca de los 40, no ve posibilidades de arrepentirse.

Buscaron opciones en servicios de salud privados -“en lo público no hay nada”, lamenta Claudio- y encontraron un aviso: “Vasectomía sin bisturí”. La practicaban sin anestesia total, sólo en un día y sin hospitalización. Costaba $600.000, la mitad de lo que habían cotizado en una clínica privada convencional. Llamó y concertó la cita. No hubo ni un requisito, ni una traba, ni un impedimento.

Claudio entró a la pequeña sala, acondicionada para la intervención. El médico le explicó que la vasectomía consiste en realizar un pequeño corte a los conductos que transportan el semen para evitar que el esperma eyaculado contenga espermatozoides. Tras la disertación, tampoco hubo cuestionamientos, ni juicios ni preguntas sobre su decisión. 10 minutos de espera y empezó la intervención: “Te vas a quedar dormido con la música clásica que te voy a poner”. Pensando en estas palabras que momentos antes le había dicho el doctor, el hombre se tranquilizó. “Me aplicó la anestesia con un espray, y de ahí bisturí y un cautín quirúrgico”. A Claudio le dolió. Dice que la anestesia no le hizo efecto y que fue media hora de “tortura china”.

“Cuando salió y le vi la cara de dolor, ahí me arrepentí un poco y pensé que debería de habérmelo hecho yo”, cuenta Paola, que en un primer momento sintió culpabilidad. “Una está más acostumbrada a hacer esas cosas: una es la que tiene la guagua, se mama el parto, las cesáreas… Estaba preocupada porque es una zona complicada, donde iba a sentir dolor. El hombre no está acostumbrado a eso”, dice que pensó. Pero el calvario duró sólo ese rato. “En la casa ya se le pasó y al otro día estaba sin dolor. A la semana y media ya trotaba de nuevo”, recuerda. Ambos confirman que el resultado de la intervención ha sido muy satisfactorio. Para ella ha significado “dejar las pastillas y las hormonas” y recuperar el apetito sexual definitivamente: “Ha sido como volver a la juventud”, reconoce.

Sin embargo, acostumbrada hacerse cargo siempre de los cuidados reproductivos de la pareja, Paola tuvo vergüenza de contar la experiencia de su marido: “Quizás podrían pensar que yo era la penca, que lo estaba obligando. Nadie pensaría que yo estuve muchos años tomando esas pastillas y nadie le dijo a él ‘¡que penca lo que has hecho con ella!”. Una reflexión a la que ella misma se contesta: “Tenemos demasiado asumido que una es la que se tiene que sacrificar”.

A Paola le ayudó ver que a su marido no le importaba nada y que lo comentaba con su círculo más cercano. “Apoderados de curso y compañeros de pega me preguntaron y se interesaron, nadie con mala onda, todo lo contrario: incluso siento que lo han sobrevalorado, porque para mi no fue ni un sacrificio, me lo tomé con mucha naturalidad”, dice. Paola, de a poco también. Lo contó a sus amigas y se sorprendió de cuántas mujeres quisieran que sus maridos se hicieran una vasectomía.

vasectomia2

“Nunca sentí que me juzgaba”

“El mes pasado me hice una vasectomía. Ayer llegó un correo que dice: ‘copago $0. Dado lo anterior, la cuenta está 100% pagada’. La isapre, considerando esta corporalidad masculina, cubrió todo. No duele y sólo no me subí a la bici una semana. Si alguien necesita el dato, DM”.

El mensaje que Cristian Vergara publicó en su cuenta de Twitter tiene 1.700 likes, 900 retuits y más de 150 comentarios. Su experiencia parte de una decisión que para él ha sido política, motivada por muchas conversaciones con amigas y compañeras feministas. “Quería resolver en mi cuerpo por primera vez el tema de la anticoncepción”, declara.

Es periodista, tiene 35 años y está soltero y sin hijos, pero optó por esterilizarse porque -dice- para él “es más sencillo lidiar con la fertilidad” que para sus compañeras, que han tomado anticonceptivos y hormonas desde muy pequeñas y por mucho tiempo, o someterse a tratamientos muy invasivos. “Nosotros siempre hemos estado en la posición cómoda. Con suerte los hombres usan condones y muchas veces se dejan estar en la toma de pastillas de sus compañeras”, reflexiona.

Empezó a averiguar y le recomendaron un urólogo. Buscó, a ciegas, un especialista que pudiera operar en una clínica privada. Llamó y pidió una hora. “Me preguntó si tenía hijos, pero nunca sentí que me juzgaba”. No le interrogaron sobre una eventual paternidad, ni sobre las posibilidades que aún tenía de procrear.

Con un dibujo, el doctor le detalló todo el proceso: por dónde cortaría, que su organismo continuará generando espermatozoides, pero que en vez de salir al exterior se disolverán dentro de su cuerpo. Conversaron sobre la reversibilidad: pese a que la reconexión es posible, no se garantiza al 100%. Las posibilidades son, entonces, congelar espermatozoides o extraerlos para inseminar artificialmente. Luego le entregó el presupuesto: un poco menos de dos millones.

Cristian pasó luego por la isapre. “Usted es hombre, tiene buen plan…”. La persona que lo atendió sacó una calculadora: “Le va a salir por cero pesos”, le dijo. Él se asombró. La decisión de Cristian de pasar por el quirófano tiene que ver con una “situación privilegiada de tener un buen plan de salud privado y ser hombre”. Él mismo lo reconoce. A partir de ese momento todo fue tan rápido que en 15 días estaba vasectomizado.

No sintió dolor, ni siquiera se dio cuenta de nada. “Te puse un copete súper fuerte”, le dijo el anestesista el día de la operación. Mientras se reía de la talla, se durmió. “Desperté y no sentía nada de dolor. Llevaba un parche y me habían depilado”, recuerda. Tenía un corte muy pequeño en la piel y la sensación de que le hubieran tocado los testículos, pero no sentía dolor. La misma tarde, y con nada más que paracetamol en su pauta médica, regresó a casa. Era un jueves y el siguiente lunes volvió a trabajar.

Todavía hoy se sorprende de “lo rápido, lo sencillo y lo gratis que fue”. Aunque le consta que no todos los hombres han tenido la misma suerte. “En la misma clínica, otros médicos han puesto dificultades a los pacientes que se querían operar, pidiéndoles un permiso notarial firmado u otros papeles”, explica.

Sin complejos ni vergüenzas, Cristian publicó el popular tuit apenas un mes después de la intervención. Se dio cuenta de que es un tema que interesa a mucha gente, aunque sigue siendo muy desconocido. En una de las respuestas que recibió en su red social, un hombre por chat interno le pidió los datos del médico y la clínica. “Me escribió luego y me dijo que le sale también por cero y que se la va a hacer. Al menos, he sumado a uno”, concluye.

*Algunos nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las personas entrevistadas.